ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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domingo, 1 de agosto de 2010

LA CODICIA NOS CIEGA LA REALIDAD


Vivimos sin sentido y de una forma muy irresponsable. Sin razones que justifiquen nada damos por hecho que la vida se termina con la muerte y no pensamos que eso no tiene mucho sentido, porque para muchos no merece la pena vivir. Sería injusto vivir rodeado de miserias, cuando no aquejado por una pertinaz enfermedad que no nos deja tranquilo, y si no es eso serán otro tipo de problemas familiares, económicos, de inseguridad, políticos...etc., que nos amargan la existencia y no nos dejan en paz.

Si hay algo seguro es el momento de nuestra muerte, y nuestra razón, apoyada por nuestra fe, nos revela que detrás de ella se esconde la verdadera vida que todos anhelamos desde la tierra y que esta será eterna y dependerá de nuestras actitudes y actos de amor que aquí hallamos hecho.
No le damos mucha importancia a esto y, ansiosos de tener premio inmediato a nuestra bús- queda de bienestar y placer optamos por responder a lo más efectivo y rentable según nuestros criterios terrenales, olvidándonos de lo que demanda más paciencia y sacrificio. Es lo que le ocurrió a este necio rico que creyéndose seguro y apoyado en su poder económico se preparó para pasar una vida placentera y dichosa, sin pensar que:

¡Necio! Esta misma noche morirás

Lucas 12, 13-21. Tiempo Ordinario. En las buenas y en las malas contemos con Dios, con Él todo se puede.
Autor: P. Luis Gralla | Fuente: Catholic.net
Lucas 12, 13-21

En aquel tiempo, dijo uno de la gente a Jesús: Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Él le respondió: ¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? Y les dijo: Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes. Les dijo una parábola: Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.

Reflexión


Cuentan que en una ocasión murió el señor más rico y conocido de todo el mundo, y al llegar al cielo vio una gran cantidad de castillos y palacios. Se preguntaba en cuál de ellos habitaría: “Quizá en aquel que tiene seis torres, o este otro que tiene techos de oro”. Al ver a su ángel le dijo: “ Sin duda que aquel que tiene seis torres es el mío, pues como yo fui el hombre más famoso y rico de la tierra, ese debe ser el lugar donde viviré, además con todo mi dinero lo podía haber construido”. Sin embargo, el ángel le dijo: “ Lamento defraudarte, pero su sitio es aquel del fondo, esa casita con cuatro palos a punto de caerse, pues eso fue lo único que le pudimos construir con las cosas que atesoró para el cielo”.

Pongámonos por un momento en el lugar de este señor. Cuántas veces nosotros también atesoramos para la tierra y no para el cielo. Nos confiamos en el éxito de un examen, de un negocio, en la compra o venta de algún objeto. Preguntémonos ¿Cuántas veces ante un bienestar humano, en lugar de acercarnos más a Dios nos hemos alejado? ¿Por qué en ocasiones nos sucede que cuantos más bienes materiales tenemos sentimos menos necesidad de acudir a Dios? Y al contrario, cuando todo nos falla, cuando los amigos nos traicionan, cuando en el estudio o en el trabajo las cosas marchan mal, cuando el dinero no alcanza para pagar el colegio de los hijos, -y cada cual ponga su situación personal-, es cuando parece que tenemos más necesidad de Dios.

Esta es la lección que Cristo nos quiere dejar hoy. Que en las buenas y en las malas contemos con Él. Con el que TODO lo puede. Con el que nos ha creado por amor, para hacernos felices en el amor a Él por encima de todo. El secreto del éxito en nuestra vida está en querer lo que Dios quiere de nosotros, pues Él sólo quiere para nosotros lo mejor.

Que nuestro propósito para este día sea estar invariablemente unido a Cristo, a Dios. Que ante los éxitos de hoy sigamos unidos y confiados en Cristo de la misma manera que si recibimos desilusiones y fracasos.


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