ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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domingo, 7 de agosto de 2011

¿DÓNDE ME HUNDO EN MI VIDA? (Mt 14, 22-23)


Nadie ignora que en por su vida han pasado tempestades, y que continúan pasando. Y que nunca dejaran de pasar. Nadie, es obvio, rechaza el consentimiento de que, ahora o más tarde, llegará el momento definitivo de la tempestad que apagará las luces de nuestra vida en la tierra, pero comenzará la verdadera y eterna para SIEMPRE.

La primera no tiene vuelta de hoja, pero la segunda está más inmadura y hay muchos que no lo tienen claro, otros muchos lo dudan, y otros lo rechazan. Pero nadie se atreven a negarlo rotundamente porque nadie sabe que pasará después. Sin embargo, hay razones para creer que la vida continúa porque en nuestro interior, nuestra conciencia, nos reclama un derecho de vivir eternamente. De hecho, todos buscamos ese derecho: "Ser felices y eternos".

Y antes las tempestades que invaden nuestra vida sentimos miedos y, en consecuencia, buscamos seguridades. Para muchos, el dinero representa la seguridad que nos abre todas las puertas para solucionar los problemas que nos afectan. Para otros, será, no sólo el dinero, sino las amistades, las influencias, la medicina, el conocimiento, el bienestar...

Pero, ¿qué nos dice la experiencia? A lo largo de nuestra vida experimentamos que por mucho que buscamos, no encontramos el elixir que nos llene y nos satisfaga plenamente. Corremos y corremos pero continuamos inquietos. Nos viene a la memoria las palabras de san Agustín: "Nos descansaremos hasta llegar a TI, SEÑOR".

Y eso fue lo que le ocurrió a Pedro en la Palabra de hoy. Sólo cuando puso su salvación en manos de JESÚS, emergió del agua y la tempestad se calmó en su vida. Todas sus dudas y hundimientos tomarón solidez y firmeza. Es en el SEÑOR donde encontraremos la plenitu y todas las respuestas que buscamos. Porque ÉL es el HIJO de DIOS, y ya ha pagado por nuestras vidas con su Muerte y Resurrección. Por lo tanto, sólo nos falta asir la mano para agarrarnos a ÉL y dejar que nos emerja y nos salve.

Calma, SEÑOR, todas las tempestades de mi vida,
 y haz que, afianzado en TI, surque las aguas
de mi camino seguro de que cogido de
tu Mano no correré ningún peligro
de hundirme. Amén.

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