ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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sábado, 17 de marzo de 2012

EL SEÑOR SOLO QUIERE QUE LE RECONOZCAMOS PADRE

Lc 18, 9-14: El publicano volvió a casa ...

Porque cuando dices Padre, estás reconociéndote hijo y si hijo, también reconoces que tu Padre te ha dado todo lo que eres, te perdona y ama con locura. Porque la Palabra Padre encierra en su significado literal protección, cuidados, gratuidad, regalos y todo aquello que necesitamos para vivir gozosos y eternamente felices.

No hay nada como una madre, ni tampoco como un padre, pues nuestro Padre Dios es Padre y Madre a la vez, es Espíritu y no tiene género. Hace, como lo representa Rembrandt en su cuadro, con una mano significando la ternura de una madre y otra, la fortaleza de un padre, las dos funciones que se comparten en la familia el padre y la madre. 

Observar la diferencia, mano derecha e izquierda


Por eso, creados a semejanza de Dios, el hombre y la mujer son complementarios y su unidad esponsal encarna la semejanza con Dios Padre. Por eso, en el matrimonio, la unidad es muy importante, porque rota esa unidad se resquebraja también esa semejanza que los esposos significaban con el Padre Dios. Cuando un matrimonio se mantiene fiel en el amor, están reflejando la imagen de Dios Padre. En caso contrario, la enturbian.

Y esa, en mi humilde opinión, es el significado que, a la luz del Espíritu Santo, hoy destaco en esta reflexión de la Palabra de Dios. El publicano salió justificado porque supo entender y reconocer la paternidad del Padre Dios, y se supo hijo, hijo pecador. Porque todos los hijos somos pecadores, necesitamos ser educados y guiados por nuestros padres para crecer en madurez, obediencia y estatura.

Así, nosotros, necesitamos dejarnos guiar por el Espíritu Santo, y, humildemente, arrojarnos en sus Manos para conducirnos, en Él, hacia la Casa del Padre. Y esa fue la diferencia del públicano y el fariseo. Mientras este se engreía de su conducta, y alababa su cumplimiento, su firmeza, su saber y suficiencia, el públicano caía de rodilla confesando su debilidad, sus limitaciones, sus apegos, sus egoísmos...

Significa que, a pesar de nuestros fracasos, en los que caemos, y que volveremos a caer, lo que importa es nuestra actitud de lucha, de esfuerzos en mejorar, en mantenernos limpios  en la voluntad del Señor, y en reconocer que, solo en el Él, con Él y por Él, conseguiremos vencernos y alcanzar su Gracia.

Por eso, en la actitud del publicano, reconozcamos nuestra fragilidad, nuestra esclavitud e inclinación a apegarnos a las cosas de este mundo, que nos tientan, nos limitan, nos vencen y nos superan, y con un corazón, como el publicano, pidámosle perdón y misericordia por todas nuestras faltas y pecados. Amén.

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