ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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lunes, 11 de junio de 2012

ME QUEDO DESORIENTADO Y CONFUSO

Evangelio: Mt 10, 7-13 Id y predicad: «El Reino de los Cielos está...

Porque se me hace difícil entender el Evangelio de hoy, pero me pongo en tus Manos, Espíritu Santo, para que me ilumines y me asistas en fortaleza, sabiduría y paciencia a fin de ser capaz de vivirlo. Sé que la Verdad está en Ti, y solo en Ti la podré encontrar y vivir.

Experimento que en la medida que trato de vivir en la seguridad y prever todo aquello que pueda afectarme y causarme molestias o dificultades, la vida se me complica, y la seguridad nunca deja de moverse en la propia inseguridad.

Por otro lado, llevar todas esas preocupaciones y seguridades hacen lento el paso. La carga impide moverme con ligereza y prontitud. Me fija, me atenaza, me inmoviliza. Y me siento encadenado, no libre y con mucha dificultad para moverme. Diría que estoy esclavizado e incapaz de decidir por mí mismo. No me siento dueño para optar y decidir lo que quiero y deseo.

Experimento que muchas veces hago lo que no quiero hacer, y no hago lo que quiero. Y, por mucho que busque seguridad, nunca me siento seguro. ¿Qué me pasa? Siento impulsos de aligerarme, de tirar muchas cosas que he ido acumulando, guardando. Me doy cuenta que a medida que me desprendo de muchas cosas innecesarias, mi movilidad aumenta, y mi libertad cobra protagonismo.

Creo que Jesús tiene mucha razón, no necesitamos tantas cosas. Solo una es necesaria, el apoyo en el Señor. De Él nos vendrá todo lo que necesitemos. Sí, se hace difícil entenderlo, pero cuando empiezas a dejarlo todo en sus Manos, la propia vida te va enseñando que Jesús no habla en vano, y su Palabra es Palabra de Vida Eterna.

Él nunca falla, soy yo, que me opongo a sus proyectos. Y, ¡claro!, cuando mis proyectos no son los de Él, todo cambia y descubro que me faltan cosas, que tengo que asegurarme muchas necesidades, y que no puedo seguir el camino. Me siento atado y pesado de nuevo.

Perdona, Señor, mi osadía, mi desconfianza, mis apegos y seguridades, mis proyectos que no coinciden con los tuyos. Perdona mis necesidades creadas por mí afán de seguridad. Perdona mis preocupaciones por tener y acumular para no depender de nadie. Perdona mi fe en mí mismo, y no en Ti.

Llévame, Dios mío, contigo y, a pesar de mi rebeldía y mis egoísmos, condúceme por caminos que me enseñen a mirarte solo a Ti y a dejar todo lo demás. Amén.


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