ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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miércoles, 18 de marzo de 2015

ENVIDIA Y SOBERBIA

(Jn 5,1-3.5-16)


Detrás de toda critica, sobre todo negativa, puede esconderse la envidia. Porque, es posible, que no resistamos las cualidades ni los talentos de aquel que, siendo de nuestra misma condición, se muestre superior a nosotros.

Es fácil entender que nadie es profeta en su tierra. Porque, también es fácil, descubrir que todo lo cercano y conocido nos resulta más difícil valorar. Jesús, el Hijo de Dios verdadero y hecho Hombre, no fue aceptado porque se presentó antes nosotros como eso, simplemente un hombre. Un hombre sencillo, nacido en una familia humilde, de padre carpintero y madre sencilla.

¿Cómo se atreve éste a proclamarse el Hijo de Dios? No cabe en ninguna cabeza humana. Y así lo entendían los contemporáneos de su época. No podían admitir ni cabía en sus cabezas tanta arrogancia y desfachatez. La envidia distorsiona la realidad para justificarla, porque Jesús nunca se mostró de esa forma. Fue siempre el servidor de todos y hablaba con la autoridad que le daba quien realmente lo había enviado. Enviado para amar y servir a los hombres proponiéndoles la salvación.

Jesús nos revela su filiación con el Padre, y nos descubre que el Padre le da a conocer todo lo que hace, y el Hijo hace lo que ve que el hace el Padre. Jesús se iguala al Padre al hacer lo mismo que el Padre, y como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Y quien no honra al Hijo tampoco honra al Padre que lo envió.

No estamos hablando de fantasía, ni de cosas irreales. Hoy ocurre lo mismo. Hay mucha gente que se indigna cuando oyen hablar de Jesús, y cambian de color cuando escuchan sus Palabras a través del Evangelio. Muchos se dicen quién es ese Señor y que autoridad tiene. Han pasado unos dos mil años, pero no ha cambiado para nada el pensamiento de muchos que continúan indiferentes y negando la divinidad de Jesús.

La envidia y la soberbia hacen estragos en los hombres que no aceptan la Voluntad del Padre. De un Padre que Jesús nos presenta como el Padre amoroso que, a pesar de nuestras ofensas e indiferencias, nos espera para colmarnos de besos y abrazos.

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