ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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sábado, 11 de abril de 2015

PERDONA SEÑOR MI INCREDULIDAD Y DUREZA DE CORAZÓN

(Mc 16,9-15)


Les has echado en cara a tus discípulos que, teniendo el testimonio de María Magdalena y, también, el de los discípulos de Emaús, no les hayan creído. ¿Y yo, Señor, que tengo el de tu Iglesia, y sigo dudando, qué me vas a decir? Porque me merezco una gran reprimenda. 

Quizás más que la de los apóstoles, pues tengo más testimonios que ellos, pero sobre todo, la de tu Palabra, revelada a través de los siglos por tu Iglesia. No tengo disculpas, Señor, sino cerrazón y endurecimiento de corazón, que no quiere comprometerse para no salir de su propia casa, donde encuentra sus seguridades. Falsas seguridades, finitas y caducas.

Yo tengo más ventajas que tus contemporáneos porque conozco tu Resurrección y tu Palabra de muchos testigos que han dado la vida por proclamarte y defenderte. Pero también más responsabilidad, porque negarte con tantos testigos y pruebas no tiene, ni sentido ni disculpa. Gracias, Señor, por darme la sabiduría de reconocerlo, y la fuerza y voluntad de pedirte  la fe que necesito.

Pero, no una fe muerta y pasiva, que se adormece en una religiosidad cómoda, de prácticas y cumplimientos descomprometidos, carentes de compromisos de amor. De un amor hiriente, de dolor, de sacrificio que duele, y de pasión. Porque, ¿qué es el amor? ¿Acaso un romance que enamora y da satisfacciones? ¿O un compromiso que a veces duele y exige  renuncias, verdad, perdón, paciencia, mansedumbre, comprensión, bondad?  No tiene envidia, ni orgullo ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.

El amor nace cuando muere el egoísmo, y cuando tu corazón se entrega desinteresadamente, sin ánimo de recompensa y sin condiciones que le correspondan. Solo así se puede amar a los enemigos, iconos del verdadero amor. Porque así nos amó y nos ama el Señor. 

¿No somos nosotros los enemigos del Señor? Somos sus verdugos, los que lo hemos llevado a una muerte de Cruz condenándole y ofendiéndole, y que todavía continuamos haciéndolo. 

Sin embargo, Él continúa perdonándonos y amándonos, y  lo más sorprendente es que, a pesar de eso, sigue enseñándonos a amar.

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