ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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martes, 7 de julio de 2015

LA MIES ES MUCHA

(Mt 9,32-38)


Da cierta lástima ver a la gente agolparse detrás de un micrófono, e incluso darse empujones por salir unos segundos en alguna pantalla de televisión. Los hay de todas las edades y abundan personas adultas. ¿Acaso es eso importante? ¿Soluciona esa muestra de su rostro por la tele algo en su vida? ¿Y, en el supuesto que así fuera, que ganan con ser famosos? ¿Es la fama la respuesta que todos buscamos?

Eso y muchas otras preguntas subyacen dormidas dentro de los hombres, y cada día parece importar menos darles respuestas. El hombre parece dormido por el atractivo que el mundo le ofrece y, esclavizado a sus pasiones y encantos. Da pena ver a tanta gente perdida y enfangada en tanta basura cuyo destino es caduco y vacío. 

Se hace difícil de entenderlo cuando tratas de mantenerte fuera de esos ambientes y lucha para no dejarte engullir por los mismos. Indudablemente que faltan trabajadores para la mies. Trabajadores creyentes en el Señor y dispuestos a entregarse y a dar testimonio de su fe y evangelizar. Trabajadores que, abandonados en el Espíritu Santo, den, con sus vidas, testimonio del Mensaje de Jesús.

La envidia es una amenaza muy peligrosa. Peligrosa hasta el punto de creer y atribuirle poder en y por el demonio, antes que en la Divinidad de Jesús como enviado e Hijo de Dios. Ciegos por la envidia aceptan al demonio y no a Jesús. ¿Acaso puede existir el demonio sin Jesús, el Hijo de Dios? La razón del pecado es la existencia del demonio que rechaza a Dios. Y Jesús es el enviado por Dios para vencer el poder del demonio. ¿Cómo nuestro Padre, que nos ama con locura, nos va a dejar sometidos al poder del demonio? Lo lógico y coherente es envíanos un Mesías liberador de las garras del Maligno.

El Señor nos enseña el camino, nos da testimonio, nos cura y nos da esperanza para que la trasmitamos también nosotros a los demás. En y por su Gracia, en el Espíritu Santo lo podemos hacer, agarrados a Él fuertemente por la oración, por la frecuencia del sacramento Eucarístico y la Penitencia y por la fraterna comunión entre los hermanos.

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