ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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sábado, 1 de agosto de 2015

SOBERBIA Y LUJURIA

(Mt 14,1-12)


En muchos momentos de nuestra vida nos comportamos como Herodes. Somos inseguros y temerosos y usamos el poder para esconder todas nuestras debilidades. Incapaces de aceptarnos pobres y limitados y humildemente postrarnos ante Dios.

El Evangelio de hoy nos presenta la debilidad del hombre, en la figura de Herodes, vencido por el pecado de soberbia y lujuria. Dos de los pecados que con relativa frecuencia tientan nuestra alma. La soberbia porque es el origen de todo pecado donde se forma la conciencia del rechazo de Dios. Somos soberbios y nos resistimos a doblegarnos al poder de Dios. 

Pensamos, incluso, que no le necesitamos y que nos bastamos por nosotros mismos. La raíz de todo pecado nace en y de la soberbia, y sólo vencida esta podemos estar en condiciones de experimentar a Dios. Soberbia fue la de Adán y Eva que, a pesar de su pecado, de querer igualarse a Dios no fueron humildes ni aceptaron su fracaso y error. Y soberbia es la de todos aquellos que no aceptamos nuestras debilidades y la necesidad de Dios.

Y de la lujuria podemos decir otro tanto. Muchas disputas y separaciones, incluso de Iglesias, tienen su origen en la lujuria. La muerte de Juan Bautista está acelerada y empujada por la lujuria. Muchos rechazos y servicios son negados por la lujuria que nos ciega hasta el punto de distorsionar nuestra propia realidad.

Ser libre implica despojarnos de estas dos lacras que azotan nuestra alma y descontrolan nuestra voluntad. Ser libre nos exige cambiar la soberbia por humildad, y la lujuria por la castidad, es decir, el dominio de los apetitos sensuales con el fin de vivir en la fidelidad matrimonial y convertirla en un acto de alabanza y gloria al Señor. 

Porque sólo en el control de nuestras apetencias y egoísmos podemos liberarnos de nuestras pasiones y vanidades, que tratan de arrastrarnos hacia el descontrol y la destrucción de nuestra voluntad sometiéndonos a la esclavitud y el pecado.

Sin lugar a duda que el precio de la verdad es la vida, entregar la vida. Y es que la verdad nos exige muchas veces renunciar a caprichos, egoísmos y apetencias que, aparentemente, nos harían la vida más agradable, pero que esconden perdición y vacío. 

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