ÚLTIMAS REFLEXIONES

ÚLTIMAS REFLEXIONES

DE DODIM A AGAPÉ

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lunes, 31 de agosto de 2015

SE CUMPLE LA PROMESA, EL SEÑOR ESTÁ ENTRE NOSOTROS

(Lc 4,16-30)

Para recibir la Palabra de Dios no basta simplemente oírla o escucharla. Ni siquiera pertenecer a la Iglesia. Se hace necesario ser pobre, cautivo, saberse ciego. Porque Jesús no ha venido a salvar a los que se creen salvados por sus méritos o por sus dones, poder o riquezas, sino a los que se experimentan pobres, esclavos o ciegos, y perdidos en el camino de este mundo.

No hay otra posibilidad ni otra clase de elección que la de la pobreza, que pasa por la de la humildad. Humildad que nos ayuda a tomar conciencia de nuestras miserias, de nuestros pecados e importancia de no saber donde ir ni a quien recurrir. Y sólo en Ti Señor encontramos respuestas a todos los interrogantes que la vida nos va presentado.

Estamos tentados por nuestra soberbia de creernos elegidos y dignos. Por ahí vino la perdición del ángel caído, y por ahí somos tentados nosotros, pues es donde reside nuestra mayor debilidad. Fue la viuda de Sarepta, una extranjera, la elegida ante todas las aparentes preferidas del pueblo de Israel, y un sirio, enfermo de lepra, Naamán, el elegido antes que todos los leprosos de Israel.

¿Qué quiere decirnos e indicarnos el Señor con estas sorpresivas elecciones? No parecen responder al sentido común, pero dejan entrever que son preferidos los de afuera que los del pueblo. ¿Es qué no basta ser del pueblo y estar dentro para ser elegido?

Supongo que Jesús prefiere a los humildes, porque son los humildes los que se dejan curar y perdonar. No se trata de merecer, porque nunca nuestros méritos alcanzaran derecho de misericordia, sino que es Gracia de Dios por su Amor. Dios nos salvar porque quiere y porque nos quiere. No preguntemos ni tratemos de entenderlo, porque sencillamente no podremos entenderlo.

Simplemente somos salvados por Voluntad de Dios y punto. No podemos decir nada más. Ni siquiera atrevernos a juzgar a otros, porque sólo Tú, Señor eres el juez único y verdadero. Por eso Señor, desde este humilde rincón nos postramos ante Ti aceptando tu Voluntad.

viernes, 28 de agosto de 2015

EL AMOR SERÁ LA COSECHA QUE DIOS HA PLANTADO EN TI

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Nadie podrá darte el aceite de tu amor. Dependerá de tu propia labranza, porque la semilla ha sido plantada en tu corazón. Tendrás que llevarlo contigo, almacenado en tu corazón, para, en cualquier instante, estar presto a gastarlo. Pero tedrás, sobre todo, que cultivarlo día a día, para que no te sorprenda el Novio.

jueves, 27 de agosto de 2015

YO QUIERO SALVARME, ¿Y TÚ?

(Mt 24,42-51)


No nos hemos dado cuenta de la hora en que vinimos al mundo. Pero si conoceremos y viviremos las, al menos, últimas horas que estaremos y despediremos este mundo. Ahora, si eso es así, lo importante es saber qué sucederá al final, es decir, después de la despedida.

Ni que decir tiene que la fe juega un papel vital y definitivo. Creer o no creer es la cuestión y el gran Tesoro. Porque de ello dependerá nuestra salvación y felicidad eterna. Todo nos lo jugamos a una carta: La fe. Pero para ello necesitamos estar vigilantes. El Evangelio de hoy nos lo desvela y descubre en la Palabra del Señor: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.

Y estar vigilantes es estar a la escucha, atentos a sus pasos y en perseverante seguimiento de su Palabra. Viviéndola y vivenciándola en el prójimo. El otro camino es seguirte tu mismo, o seguir a uno que, a pesar de su inteligencia y poder, es de este mundo y está sujeto a la caducidad y a la muerte tal y como lo estás tú. Lo primero es tomar conciencia que seguir alguien mortal como tú no da mucha garantía. 

Lo segundo es que la experiencia de nuestro propio camino nos enseña que ese camino, valga la redundancia, no es el camino de la salvación. Porque cuando tu amor se queda en ti y no se regala y da al otro, el efecto del gozo es perecedero, temporal y caduco. Y el Amor es imperecedero, no se gasta nunca, es eterno.

Hay un testimonio, un ejemplo y una Vida que lo demuestra y revela: Jesús de Nazaret. El amor del mundo es amor caduco que no da la felicidad plena. Y yo, como digo arriba, quiero vivir eternamente y plenamente feliz. Porque puedo ser eterno pero no feliz. Las Palabras de Jesús: "allí será el llanto y el rechinar de dientes"  revelan que nadie va a permanecer muerto, porque estamos hechos para la eternidad. Pero otra cosa es ser plenamente feliz. Puede ocurrir que, porque rechazamos la fe en el Señor, elegimos ser infeliz eternamente.

Yo, por la Gracia del Señor, quiero abrirme a la fe que Él me regala como un don gratuito, y ser feliz plenamente y eternamente. Amén.

martes, 25 de agosto de 2015

SI QUIERES AMAR Y SEGUIR A JESÚS, TIENES QUE AMAR AL PRÓJIMO

Mateo 23, 23-26


No podemos cumplir una cosa sola. Es decir, no podemos amar a Dios y  olvidarnos del prójimo. El ayuno no consiste en privarnos de algo, sino también de ponerlo en provecho y función del prójimo necesitado. No se trata de hacer una cosa por fuera y otra por dentro, sino que ambas vayan sintonizadas y en coherencia.

Jesús lo deja muy claro: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! 

Sin darnos cuenta vivimos una doble vida. Es la inclinación a la que nos arrastra nuestra naturaleza caída y herida por el pecado. Eso nos exige una constante alerta y vigilancia. Es decir, oración, ayuno, limosna para no ser víctima de las apariencias y del fariseismo. La coherencia de vida sólo la podemos lograr injertado en el Espíritu Santo. En él encontramos la fuerza y la capacidad para sostenernos en la firmeza de vivir una sola vida. Una vida de verdad y de justicia.

Necesitamos despertar y entender que cada vez que sirvamos al prójimo estamos sirviendo, amando y haciendo la Voluntad de Dios. Y esa es nuestra finalidad y nuestro objetivo, servir y servir. Pero nuestra naturaleza tocada está predispuesta a la exaltación, a figurar y ser vistos, pendientes de lo superficial y de la opinión de los demás. Vivimos pendientes del cuento, y eso nos pierde y nos aleja del servicio auténtico al prójimo.

Tomar conciencia de que podemos amar al Señor de forma real cuando amamos en el servicio al prójimo es el tesoro y hallazgo más grande que podemos descubrir. Nos cuesta porque eso supone martirio, dureza, disponibilidad, incomprensiones, apariencia de estar haciendo el bobo, paciencia y soportar hasta insultos, pero es el camino del amor. Y no hay otro.

Reconocemos Señor nuestros pecados y nuestra debilidad, y acudimos a Ti confiados en tu Misericordia y en tu Amor. Y llenos de esa esperanza paciente recibida de Ti, nos ponemos en tus Manos. 

lunes, 24 de agosto de 2015

UN CORAZÓN DE BUENAS INTENCIONES

Juan 1, 45-51


El delito necesita conocimiento y voluntariedad, de tal modo que cometido sin intención o voluntad no se es culpable de las consecuencias, salvo que sea por imprudencia temeraria con lo cual podría asumir cierta responsabilidad. No cabe duda que un corazón de buenas intenciones no quiere cometer ningún delito.

Ni tampoco pecado. Es el caso de Natanael. Le parecía a él que de Nazaret no puede salir nada importante ni bueno. ¿Una aldea pequeña y sin relevancia va a dar origen al Mesías esperado? Era lógico pensar de esa manera, pero por sentido común, no por y con malas intenciones.

Luego, frente a Jesús y ante el signo de la videncia de Jesús, de conocerlo y haberlo visto, Natanael se rinde a sus pies reconociendo su Divinidad y Mesianidad: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Hoy, ahora, en este mismo momento, nos preguntamos nosotros también: Ante los signos que Jesús nos presenta con su Palabra, a través de su Iglesia y en la experiencia de nuestra vida, ¿estamos nosotros también convencidos de su Divinidad y Mesianidad? Y si es así, ¿estamos comprometidos a vivir de acuerdo con su Palabra y su Verdad?

No cabe duda, y a la vista está, que Natanael hablaba por lo que había oído y por las simples apariencias, pero no por convencimiento propio. Tal fue así que quedó impactado enseguida por las Palabras de Jesús y, sin resistencia, quedó rendido a los pies de Jesús y entregado a su Palabra y servicio. ¿Nos ocurre a nosotros lo mismo? ¿Estamos prestos a reaccionar a su Palabra y a vivirla en los acontecimientos de nuestra vida?

Pidamos esa Gracia, porque no lo conseguiremos por nuestro propio esfuerzo, pero sí con la Gracia del Señor y por la acción del Espíritu Santo. En Él tendremos la sabiduría y la fuerza para aceptarla y para vivirla.

domingo, 23 de agosto de 2015

LAS DIFICULTADES NOS ALEJAN

Jn 6, 60-69


No es fácil elegir el camino del Señor. Seguirle encierra muchas dificultades y exige mucha fe. Y la fe es creer algo que no vemos ni entendemos, porque de verlo y entenderlo dejaría de ser fe. Eso de comer el Cuerpo y beber la Sangre del Señor no parece tener sentido, y es duro. Ya lo dijeron los mismos discípulos.

Jesús habla de espíritu y de vida. La carne es caduca y no sirve de nada. Ocurre en este mundo que todo lo que buscamos y ponemos como meta es caduco. ¿Para qué nos vale conseguir tesoros cuyo destino es desaparecer? Servir a quien muere y desaparece no sirve para nada, sea persona u objetos. 

Nuestra aspiración es servir a quien nos llena de plenitud y gozo eterno. Porque eso está escrito dentro de nuestro corazón. Y Jesús cumple con este requisito. Él es la Palabra Eterna, y en Él todo lo profetizado se ha cumplido. Hay razones para fiarse de su Palabra y mantenerse fiel.

Pero nuestra carne es débil y cae con facilidad en la trampa que el Maligno nos tiende. El mundo nos ofrece apariencias que nos atraen y no dan cierto gozo. Pero un gozo caduco que pronto nos deja vacío y perdido. Y buscamos llenarnos de vida y de sentido. La experiencia nos enseña que aquí en este mundo no está ni encontramos lo que buscamos, el gozo y la felicidad eterna, y sólo nos queda una alternativa: la Palabra de Dios.

Razón tuvo Pedro cuando dijo: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes Palabra de Vida Eterna; nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios".

Jesús nunca nos ha engañado, y toda su Palabra siempre se ha cumplido. Verdad es que nos es difícil entender lo que Jesús nos dice, pero para eso está la fe. Sin lugar a duda que la necesitamos, y no depende de nosotros sino del Padre Dios que nos la regala. La fe es un don de Dios que pedimos insistentemente, porque necesitamos fe para seguir y creer en el Señor.

No es cuestión de entender sino de creer. Nuestra cabeza no alcanza a entender esos misterios. O crees o te arrojas en manos de este mundo. Un mundo que ya sabes lo que te ofrece y como te premia. Al final sólo hay muerte y vacío.

Pidamos luz y fe para no desfallecer y seguir fiel por los caminos que la fe, valga la redundancia, nos lleva junto al Señor. Amén.

sábado, 22 de agosto de 2015

DIOS SE HACE HOMBRE

Lc 1, 26-38

La encarnación es uno, si no es el más, de los momentos gloriosos del plan de salvación de nuestro Padre Dios. Dios decide tomar naturaleza humana y habitar entre nosotros, los hombres. El Plan de salvación está trazado, y en María encuentra la puerta para iniciarlo.

No tenemos capacidad para entender tan acto glorioso. Dios, el Creador de todo, por Amor, toma nuestra misma naturaleza e, igualándose a los hombres, menos en el pecado, se despoja de todo atributo divino y asume nuestra culpa, para en una muerte de Cruz, entregada voluntariamente por amor, pagar por nuestro rescate y salvación.

Y la elegida para tan alta misión es María. María, una joven sencilla, humilde y abierta a la Gracia de Dios. Sencillez, humildad y disponibilidad a la acción del Espíritu es el nuevo traje con el que Padre Dios nos reviste, y lo inicia en María. Quien es sencillo, humilde y disponible está abierto al amor. María cumple con esas prerrogativas y condiciones. Se ha revestido de ese traje nuevo que se abre a la Gracia de Padre Dios.

Acepta sumisa y obediente la Voluntad de Dios, y abre su corazón a su Gracia. Gracia que hace maravillas en su Hijo Jesús, Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. La aceptación de María es condición primera para dar paso a la Gracia. Llena de Gracia es el anuncio del ángel que la invita a alegrase porque ha encontrado Gracia ante Dios.

¿Estamos nosotros en la misma actitud de María, abiertos a la Gracia del Espíritu de Dios? Porque esa es la cuestión. Todo es Gracia, y en la medida que nos dispongamos a recibirla, nuestro traje viejo será destruido para ser revestidos por el nuevo, el traje del Amor. Sólo así estaremos en la disposición de abrirnos a la Voluntad de Dios y dejar que su Gracia haga maravillas en nosotros.

Pidamos esa Gracia, para que, como la María, seamos capaces de cumplir y vivir en la Voluntad del Padre siguiendo los pasos de nuestro Señor Jesús e injertados en el Espíritu Santo. Amén.

viernes, 21 de agosto de 2015

AMAR A DIOS PARA AMAR AL PRÓJIMO

(Mt 22,34-40)


No te empeñes en amar al prójimo si primero no amas a Dios. Pero, ¿qué es eso del amor? ¿Sentir o experimentar deseo de alguien? Amar es estar comprometido en buscar el bien de otro o de otros. Es, por lo tanto, un compromiso por buscar la verdad, la justicia y la paz. Eso origina y da nacimiento a la buena convivencia entre todos los hombres.

Experimentar ese deseo, que todos los hombres, valga la redundancia, lo experimentan, es amar. Y ese amor sólo lo puedes satisfacer plenamente en Dios. Por eso, sin amar a Dios, vano serán todos tus esfuerzos y tus desvelos. De ahí que Jesús nos haya dicho que el primer y más importante mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas. Porque desde ahí podrás amar a los hombres según el Amor de Dios y según su Voluntad.

Se hace necesario estar injertado en el Espíritu Santo para, de Él, recibir la Gracia y la paciencia para soportar las diferencias, los obstáculos, caracteres y demás dificultades que viven y nacen en la convivencia de cada día. Amar exige aceptar, comprender y soportar las diferencias que viven en los corazones de cada persona, y eso será imposible hacerlo sin estar injertado en el corazón del Amor de Dios. De todo lo cual se deduce que el primero de todos los mandamientos es el Amor a Dios.

Ser consciente de que cada acción realizada con esfuerzo, compromiso y entrega en cada persona es una oración y un beso de amor al Padre Dios, aunque no sintamos nada, porque no está en nosotros el sentirlo. Todo es gracia de Dios. Sólo Él basta como decía santa Teresa. 

Ser conscientes de esa realidad nos puede ayudar a superarnos y a comprender que amar no es cosa solo de afectos, sentimientos y emociones, sino también de un verdadero compromiso por la verdad, la justicia y solidaridad. Pero sobre todo a dejarnos llevar por el Espíritu de Dios y a abrirle nuestro corazón para que nos llene de esa sabiduría que nos transforme y nos dé la fuerza y la capacidad de servir, que es el único y verdadero fruto del amor.

Pidamos al Señor que nos dé la Gracia de estar disponible para servir, porque en el servicio encontramos la oportunidad de amar como Dios quiere que amemos.

jueves, 20 de agosto de 2015

INVITADOS A LA FIESTA

(Mt 22,1-14)


Nacemos porque Dios lo ha querido. No se nos ha pedido permiso, ni se ha contado con nosotros. Pero, al ser creados libres si se contará con cada uno de nosotros, porque hemos sido invitados y dependerá de cada uno el aceptar o no la invitación. Somos hijos de Dios, pero los únicos que podemos enseñarles los dientes y rechazar su Amor.

Una invitación supone una elección. Una elección que exige discernimiento y también unas condiciones. Cuando eres invitado no puedes asistir de cualquier manera. Hay un protocolo y unas exigencias que cumplir. Nuestra invitación exige un determinado traje de fiesta. Es la fiesta del gozo y la alegría eterna, y se hace necesario revestirnos del traje del amor.

Amar es la condición necesaria e imprescindible, tanto para aceptar la invitación como para ser admitido en la misma. Es el amor el compromiso que nos compromete, valga la redundancia, a despojarnos de todas nuestras apetencias y egoísmos, que nos alejan a los unos de los otros. Es el amor la razón que nos mueve a renunciar a nuestras prioridades materiales y caducas que nos pierden y nos enfrentan a una lucha de muerte. Y prescindir de él sería quedarnos a merced del que le interesa que rechacemos la invitación del banquete. Y revestirnos del traje de la codicia, de la soberbia, del egoísmo y del pecado.

La vida es un banquete. Un banquete que, a los invitados, le proporciona la oportunidad de alcanzar el mayor Tesoro que todos perseguimos: La Vida Eterna y plenitud de gozo. Todos nuestros esfuerzos están, aunque no los descubramos, encaminados a buscar la felicidad. Pero no una felicidad cualquiera, sino una felicidad plena y eterna que colma el gozo total de nuestra felicidad.

Y todos aunque sea reiterativo, estamos invitados, y somos responsables de aceptar o no esa invitación que se nos ha hecho desde el primer instante de nuestra creación. Descubrirla es la tarea más importante de nuestra vida, y la Fiesta más grande también. Y en eso debemos poner todos nuestros esfuerzos, tanto por nuestra parte como por pedir esa Gracia que nos dé la sabiduría de descubrirla.

Por eso, nuestras últimas palabras de esta humilde reflexión irán encaminadas a suplicar al Espíritu Santo la Luz que nos dirija y nos abra el camino y la esperanza de aceptar la invitación de esa invitación y de ir revestido con el traje apropiado. Amén.

miércoles, 19 de agosto de 2015

IGUALDAD DE OPORTUNIDADES

(Mt 20,1-16)


Los derechos establecen desigualdades entre los hombres. La justicia no siempre es justa. Contradicción o paradoja resulta que los más débiles son siempre los más desfavorecidos. Porque el poder y la fuerza se alían con el derecho y la justicia. ¿Y los frágiles, inocentes y pobres? ¿Ellos no tienen derechos?

Porque su condición de menos favorecidos les destierra a los últimos derechos. No alcanzan al salario integro, ni tampoco soportan todo el peso de la jornada. Son débiles y también ignorantes. Pierden las oportunidades y les cae el peso de la tarde. Sus derechos se les escapan sin apenas advertirlo.

Aquel propietario advirtió la distracción inocente de los perdidos a la sombra de la plaza. Estaban parados porque no habían sido llamados ni sabían descubrir su situación para ser recurridos. La jornada iba ya en descenso y el día se acababa. Una vez más los inocentes y débiles sufrían la ley de los fuertes y los derechos. Derechos pensados para los poderosos y los capaces de cumplir.

Aquel propietario se compadeció de aquellos huérfanos de derechos y, llamándoles, los envío a la Viña a trabajar las horas que quedaban. Según las leyes de los hombres les corresponderían menos salario que los otros, porque su trabajo se había reducido a las últimas horas. El derecho no les cubría un salario integro. 

Los pobres llegan siempre tarde a todos los lugares. No tienen recomendaciones ni reciben favores. Son los olvidados, dispersos y casi abandonados. Perdían las últimas horas del día esperando una llamada que les aliviase el dolor y sufrimiento de sus necesidades.

Y ocurrió lo que el mundo no está preparado para entender, ni tampoco quiere aceptar. Aquellos últimos obreros fueron retribuidos con un denario. Lo que el propietario había contratado con los que acudieron a primera hora. Era lógico pensar que si ese era el precio de los últimos, los primeros alcanzarían más. Pero la sorpresa fue mayúscula. Todos fueron pagados tal cual se había estipulado al principio: un denario.

Indudablemente que protestaron porque entendía que ellos, que habían trabajado más, tenían derecho de recibir más. Pero, ¿no era ese, un denario, el precio acordado? Luego, ¿qué reclamaban? Jesús quiere significar su preferencia por los más débiles y elevarlos a la misma oportunidad. Su debilidad, su pequeñez, sus circunstancias desfavorable que les hacen ser desposeídos y marginados les granjean la simpatía y toda la atención del Señor.

Jesús ha venido a salvar a todos los hombres, pero solo puede salvar a aquellos que son humildes y pobres, y necesitan de su salvación. Porque los ricos y poderosos tienen derechos que les hacen ser suficientes sin necesitar salvación. Están ciegos.

martes, 18 de agosto de 2015

LOS OBSTÁCULOS PARA LA ENTRADA AL REINO DE LOS CIELOS

(Mt 19,23-30)


Para Dios no hay nada imposible, pues Él ha creado todo lo visible y lo invisible. Sería absurdo pensar que Dios tuviera algún problema para pasar un camello por el ojo de una aguja. Sin embargo, nosotros que hemos sido dotados de libertad y voluntad por la Gracia de Dios, podemos rechazarle y elegir otro camino que no nos conduzca a Él.

Es ahí donde se nos hace más difícil a nosotros entrar en el Reino que a un camello pasar por el agujero de una aguja. Porque somos libres y tocados por el pecado. El pecado del egoísmo y de la inclinación hacia el mal. El mundo nos ofrece muchas tentaciones a las que nos resulta difícil resistirnos. Nuestra naturaleza es frágil y, tentada, le resulta muy duro rechazarlas.

Estamos instalados y apegados a las cosas de este mundo. No resulta muy difícil dejarlo y renunciar a sus encantos, pues nuestra naturaleza débil está sometida por el pecado a sus encantos. Somos libres y capaces de dirigir nuestra voluntad, y ese es el peligro y nuestra gran responsabilidad. Sobre todo porque queremos hacer las cosas según nuestros intereses, y porque pensamos que nadie mejor que nosotros sabe lo que nos conviene.

Es entonces cuando el Maligno se despacha a su gusto y nos prepara el camino para que caigamos en la trampa. Es esa la dificultad, porque si Dios puede fácilmente hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, no lo podrá hacer con nuestra libertad. Él mismo se ha comprometido, porque así lo ha querido, en darnos la libertad y respetárnosla. Y ante nuestra libertad de ata las manos. De modo que quedamos solo ante el peligro y frente al poderoso príncipe de este mundo.

Por eso necesitamos agarrarnos al Señor. Y como los apóstoles, dejarlo todo para seguirle y estar injertados en Él. Porque en el Señor venceremos al demonio. Por eso nos ha sido enviado el Espíritu Santo, para asistirnos y fortalecernos frente a las tentaciones del Príncipe del mundo.

Entonces encontraremos las fuerzas y la sabiduría para saber elegir, y la fortaleza para salir victorioso de la lucha de cada día. Entonces, despojados de todos los obstáculos que nos impiden y nos atan para entrar en el Reino de los Cielos, podemos ser libres para elegir el verdadero camino.

Porque no se trata de ser rico o pobre, sino de ser libre para vivir en la justicia y poner tus riquezas en actitud de ayudar y compartir con los más pobres y necesitados. Y eso es imposible para nosotros si no estamos abiertos a la acción del Espíritu Santo.

lunes, 17 de agosto de 2015

CON QUIÉN ESTOY Y A QUIÉN SIGO

(Mt 19,16-22)


Pensamos que vamos solo, o que no seguimos a nadie, pero, sin darnos cuenta, seguimos siempre los impulsos a los que nos somete nuestras propias inclinaciones y egoísmos. Nos esclavizamos sin darnos cuenta y ante la invitación a ser libres nos quedamos perplejos y la rechazamos.

Posiblemente fue eso lo que le sucedió al joven rico. Al parecer cumplía todos los preceptos, luego, ¿qué más ha de hacer para ser bueno? La respuesta de Jesús no se hace esperar: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». 

Nos conformamos con cumplir y ajustar nuestra vida a una serie de preceptos y normas que, de alguna manera, disciplinan nuestra vida y la hacen buena. Pero, Jesús nos dice que el único bueno es el Padre y a Él estamos llamados a seguirle e imitar. Nuestra meta de santidad es el Señor.

Y si queremos ser perfecto, como nuestro Padre celestial es perfecto, tenemos que dejar todo, ponerlo en Manos del Señor y seguirle. Porque sólo en ese seguimiento iremos alcanzando la perfección a la que todos los hombres aspiran. Y dejar todo es poner en el primer lugar de nuestra vida a Jesús, y, por y en Jesús, servir a los hombres por amor a Jesús. Y eso nos exige desprendernos de toda ambición y riqueza, y poner nuestros bienes en disposición de servir y ayudar a los que lo necesiten.

No se trata de quedarnos nosotros en una situación miserable y que nos tengan que ayudar. Porque eso no arregla nada. Dejar unos de comer para que coman otros es volver a lo mismo. Se trata de compartir y de esforzarnos en remediarnos para que mejoremos y vivamos todos. La cuestión es luchar por construir un mundo mejor, más justo, más equilibrado y donde todos tengan lo necesario para vivir en justicia, verdad y paz.

No se trata de cumplir unas normas o preceptos, o una ley. ¡No!, se trata de vivir en el amor y la justicia y estar disponible, con tus vienes y riquezas, al servicio de los más pobres y necesitados. Ese fue el asunto que el joven rico no quiso superar. Estaba atado a sus propias riquezas y las antepuso al seguimiento del Señor. Y es que cuando el Señor no es lo primero en nuestras vidas, mandan otros en ella. Así, las riquezas, el poder, la comodidad y otros desplanzan al Señor en nuestro corazón.

Pidamos al Espíritu Santo un corazón abierto a compartir con generosidad todo nuestro ser y nuestros bienes poniéndolos en servicio de los que más lo necesitan.

domingo, 16 de agosto de 2015

HAMBRE Y SED

(Jn 6,51-58)


El apetito es necesario y vital para la vida porque sin comer no se puede vivir. Y el apetito no es otra cosa, referido a la comida, que tener hambre de satisfacer las necesidades alimentarias que el cuerpo demanda. Pero ese deseo de hambre se puede perder, y con ello las ganas de alimentarse. Sería terrible perder el apetito porque con ello ponemos en peligro nuestra vida. La inapetencia nos puede llevar a la anorexia, enfermedad que nos lleva a perder peso y a poner en peligro nuestra vida.

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Jesús nos promete el alimento que nos da la Vida Eterna. El mismo se hace alimento y se nos ofrece como salvación.

Pero lo verdaderamente importante es tener hambre, porque nos puede ocurrir que no tengamos apetito, y, por supuesto, hayamos perdido las ganas espirituales de comer el Cuerpo del Señor. Y sin hambre ni ganas nos será difícil buscar y pedir el alimento del Señor. Y también descubrirlo. Es necesario tener hambre y sed para buscar en Jesús el alimento que nos sostenga y nos aliente en el espíritu.

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Descubrir ese apetito del alimento que da la Vida es el verdadero Tesoro de nuestra vida. Alimento que buscamos, pero que nos puede pasar desapercibido encandilados por las luces de este mundo que nos presenta otro tipo de alimentos, que aunque necesarios, no definitivos, porque son caducos y finitos. Necesitamos estar despiertos y atentos a la Palabra del Señor, que nos da la Vida y despierta el apetito que nos alimenta para la Vida Eterna.

Pidamos al Señor esa Gracia y que despierte en nosotros el verdadero apetito de hambre y sed del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo para que hambrientos y sedientos de su Cuerpo y Sangre no cesemos de buscarle y vivir en Él.

sábado, 15 de agosto de 2015

EN PRESENCIA DEL ESPÍRITU SANTO

(Lc 1,39-56)

En el instante del saludo de María a su prima Isabel, el Espíritu de Dios movió a Isabel revelándole la presencia del Hijo, Jesús, en el vientre de María. Sus palabras no dan lugar a duda: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».
No son palabras nacidas en el corazón y mente de Isabel, sino del Espíritu de Dios que la mueve e ilumina para que testimonie la elección de María, elegida por el Padre para ser la Madre de su Hijo Jesús. 

María, también en presencia del Espíritu se llena de su Gracia y proclama el conocido Magníficat, que la Tradición cristiana conserva hasta nuestros días: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». 

El Magníficat descubre la Misión del Hijo: "Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. A cogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como había anunciado a nuestros padres en favor de Abraham y de su linaje por los siglos. Jesús viene a liberar y salvar a los que, humildemente despojados de toda soberbia, orgullo y poder, se postran ante su Amor y Misericordia.

Pero María nos deja otro gran testimonio: "Su actitud disponible a responder al Señor. Una actitud abierta al servicio y, por él y en él, responderle al Señor sometiéndose a su Voluntad. Por supuesto que María es la Madre de Dios. Su elección es acertada y, dada su respuesta afirmativa, bendecida y llena de Gracia.

viernes, 14 de agosto de 2015

EL TEMA SIGUE DE ACTUALIDAD

(Mt 19,3-12)


Siempre ha existido la polémica matrimonial, pero esta polémica nace en el corazón del hombre. Jesús nos lo ha dejado claro: « ¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre». 

Es en el corazón del hombre donde se alimenta esta polémica, que contraviene la Ley de Dios. Moisés tuvo que ceder por la dureza de corazón de aquellos hombres, pero la Ley de Dios siempre ha sido clara. El problema está en la raíz del pecado, la carne, que se resiste a la fidelidad y obediencia del hombre y la mujer. 

El asunto está en que el aparente amor se apoya en arena movediza. Si es la pasión y el sexo la base en la que se fundamente la unión matrimonial, la unidad está sobre la cuerda floja. A las primeras contrariedades de la simple convivencia; a las primeras dificultades encontradas en las diferencias de caracteres y gustos, así como de ideas o criterios, nacen los enfrentamientos que necesitan mucha terapia de amor, de verdadero amor.

Un amor que escucha, que es paciente, que renuncia a su propio ego y satisfacción. Un amor que espera y comparte su propia satisfacción dando la oportunidad de que el otro satisfaga también sus esperanzas carnales y humanas. Un amor que va mucho más allá que la búsqueda de su propio ego y encuentra gozo en hacer feliz con quien comparte su proyecto de vida. Un amor que entiende que el camino significa, no sólo placer, sino dolor, porque en el dolor se encuentra el verdadero sentido del amor.

Amar cuando el camino va a favor de la corriente es algo que entienden y hacemos todos. Pero, amar cuando las dificultades nublan el horizonte y se complica seguir los pasos que el camino te presenta, exige esfuerzos continuos y renuncias de tus ideas y aspiraciones. Porque son las de Dios las que tenemos que seguir, las que nos convienen y marcan el camino de nuestra propia felicidad.

Y todo esto es nos será imposible afrontarlo desde nosotros mismos. Primero, porque nuestra humanidad nos inclina al egoísmos y al pecado, y segundo, porque estamos esclavizados y sometidos a la tentación que el Maligno tratará de presentarnos muy asequible, atractivo y gozoso. Y hasta intentará convencernos de que es lo mejor y de que tenemos derecho a la vida y a la felicidad. Al final terminamos echando la culpa y utilizando mecanismos de defensa que nos llevan al auto engaño.

Por eso, injertados en el Señor y abiertos a la acción del Espíritu Santo, pedimos su intervención para que con su Fuerza y Poder, podamos mantenernos unidos y firme en la promesa de nuestro amor y de la familia. Amén.

jueves, 13 de agosto de 2015

PENSAR QUE ESTOY PERDONADO ME AYUDA A PERDONAR

(Mt 18,21—19,1)


Tomar conciencia de que estás perdonado te descubre que tú también tienes que perdonar, porque en la medida que tú perdones te perdonaran a ti. ¿Cómo es posible que siendo tú perdonado, no perdones tú al que se encuentra endeudado contigo?

Mirarnos en nuestro propio espejo nos ayudará a sacar toda la generosidad que necesitamos para perdonar a los que están endeudados con nosotros. No es justo que seamos perdonados y que luego nosotros no perdonemos. Entendemos que debemos perdonar como nos han perdonado a nosotros. Y la cuestión es que todos hemos sido perdonados y salvados por la Misericordia de Dios, y en esa medida debemos estar dispuestos a perdonar también nosotros.

Porque se trata de perdonar para ser perdonados. El Evangelio de hoy nos habla de esa cuestión. Jesús nos describe el ajuste de cuenta de un rey con uno de sus siervos, y como le perdona su deuda movido en compasión al no tener este con qué pagarle. Más tarde, enterado de que este no procedió de la misma forma con su deudor, mandado a llamar lo reprende y condena, entregándolo a los verdugos, hasta pagar toda la deuda.

Se supone que detrás de la muerte viene la salvación o la condena. Todos podemos razonarlo, y de eso podemos deducir que tras la muerte resucitaremos para el gozo de la salvación o para la condena de nuestro castigo, por nuestro mal proceder. Y digo esto porque los no creyentes piensan que tras la muerte termina todo y no hay sufrimiento. Un estado como cuando dormimos. ¿Y quién paga la deuda? Porque las deudas se pagan, si no en este, sí, seguro, en el otro mundo. Para pagarla hay que estar vivo, porque los muertos no pagan nada.

Y el camino para evitar pagar es perdonar. Perdonar hasta setenta veces siete. Nuestra experiencia nos dice lo difícil y costoso que es perdonar. Perdonar incluso cuando se tiene razón, pero ¿no tiene razón el Señor de condenarnos por nuestros pecados? Y sin embargo nos perdona. Claro, decimos, la Misericordia y la Paciencia del Señor es Infinita. ¿Acaso no la tenemos nosotros también si se la pedimos y vivimos en el Señor? ¿Es qué el Señor, que nos conoces, no sabe de nuestras limitaciones y debilidades?

Él está con nosotros, y está, enviado el Espíritu Santo, para asistirnos, fortalecernos, hacernos paciente y misericordiosos y perdonar a nuestros deudores como hemos sido perdonados nosotros. Porque sólo así seremos también nosotros perdonados de todos esos nuestros pecados.

Es el acto más valioso que podamos hacer, el Tesoro más grande, perdonar como el Señor me perdona, porque eso es amar, y si amo estoy haciendo la Voluntad de Dios. Y en el Espíritu de Dios lo podemos lograr. No estamos solos.

miércoles, 12 de agosto de 2015

LA DELICADEZA DE REPRENDER

(Mt 18,15-20)


Estamos obligados a reprender, sobre todo si tenemos claro que se ha obrado mal. Reprendemos a nuestros hijos, a nuestros empleados o compañeros de trabajos, a nuestras esposas o maridos...etc. Reprendemos muchas veces en nuestra vida, pero debemos hacerlo con buena intención y siempre en pro de que la actitud a poner de ejemplo sea la que señala Jesús.

La reprimenda no debe ser según nuestras ideas o gustos o criterios. La reprimenda debe ser según el criterio evangélico de la Palabra de Dios, porque es él el que prima y sirve de guía. Y reprendemos cuando actuamos según el Evangelicé dando testimonio de nuestra fe. Porque al vernos aprenden a distinguir lo bueno de lo malo; lo evangélico de lo mundano y perdición y disciernen sobre lo que está bien o mal. Es, de alguna forma, una manera previa de evitar la posible reprimenda.

Ser prudente es evitar que otros caigan en el error y evitarle el ser reprendido o amonestados. Por eso, en los grupos o comunidades debemos ser luces que alumbren el camino y eviten la oscuridad, confusión y las reprimendas, aunque en muchas ocasiones serán inevitables, y motivos de separaciones y conflictos. Pero, a pesar de eso, las cosas deben siempre quedar claras. Y cuando hay buenas intenciones se subsanan y se arreglan, porque en el Señor siempre llegamos a perdonarnos y entendernos.

El conflicto está cuando no queremos escuchar e imponer nuestros criterios. Cuando somos nosotros lo s que queremos marcar el camino y la luz, y cuando nos elevamos tanto que nos alejamos de los hermanos y del Señor, haciéndonos señores de nosotros mismos y subordinando a los demás. Entonces la corrección fraterna se hace casi imposible y hasta desaconsejada, pues mejor será, apurado los testigos y comunidad, considerarlos como gentiles o publicanos. Es decir, gente que se guía por sí mismo y rechaza la Palabra de Dios.

Lo bueno es que tenemos el poder de, en el Nombre del Señor, pedir todo lo necesario para conseguir lo que nos proponemos. Siendo eso que nos proponemos siempre el bien de los demás, porque no será bueno ni de sentido común pedir egoístamente o con ira y venganza.

Es un privilegio tener la promesa de invitar al Señor a hacerse presente en medios de nosotros. Porque así lo ha querido Él: «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Y sin lugar a duda así es. Jesús se hace presente entre nosotros cada vez que le invocamos y nos lo creemos. ¿Qué necesidad tenía Él de hacernos esa promesa? Si la ha hecho es porque la cumple. El Señor tiene Palabra de Vida Eterna, y todo lo que se ha profetizado y dicho de Él se ha cumplido. ¿Cómo no va a cumplir Él su Palabra?

Ven Señor y dirige nuestras vidas para que, abandonados a tu Voluntad, seamos los hijos que Tú siempre has pensado. 

martes, 11 de agosto de 2015

TU GRANDEZA HAZLA PEQUEÑA

(Mt 18,1-5.10.12-14

Se trata de no engrandecerte por todo lo que tengas y seas. Puedes ser alguien muy importante en el terreno deportivo, cultural, artístico, empresarial...etc., pero todas esas grandezas de poco te servirán si no tratas de empequeñecerla y ajustarla al bien y servicio de los que tienen menos.

Porque tú no tienes nada. Todo los has recibido por la Gracia del Señor, y si tienes esa habilidad para triunfar y tener éxito en cualquier campo de la ciencia, del deporte o del arte, te ha sido dada para que la compartas y la utilices en bien de los que han recibido menos o casi nada. Abre los ojos y mira alrededor y verás las necesidades que hay y que piden tu colaboración.

¿Acaso tienes tú más derecho que aquel niño que ha nacido en un país en constante conflictos y bajo una dictadura que los oprimes y los mata de hambre y sed? ¿Acaso son tus hijos mejores y con más derecho que aquellos niños militarizados y obligados a hacer la guerra? ¿Acaso tú te encuentras con más derecho que los cristianos que son perseguidos, torturados y asesinados?

Posiblemente somos unos privilegiados, pero llamados a colaborar por aliviar y liberar a esos hermanos que están padeciendo las consecuencias del mal de muchos hombres esclavizados por el Maligno. No se trata de mirar para otro lado, lamentar su mala suerte u olvidarnos de lo que sucede lejos de nosotros. Se trata de tomar conciencia y denunciar esos males y pecados para que sean corregidos y se instaure el Reino de Dios. Un Reino de justicia, de amor y de paz.

Y eso nos obliga a salir a buscar a las ovejas perdidas o descarriadas. Nos obliga a movilizarnos, tanto espiritualmente como poniendo los medios que podamos, económicos como de criterios y de concienciación para que las injusticias sean corregidas y los derechos respetados como verdaderos hijos de Dios. Porque todos somos hijos de Dios y con la misma dignidad y derecho.

Y en la medida que pongamos todo lo recibido en función del ayudar a establecer el Reino, ayudaremos a ir restableciendo un mundo mejor en justicia, derechos y paz. En esa medida iremos haciéndonos pequeños, poniéndonos a la misma altura que los marginados y desposeídos, y dando todo lo que gratuitamente hemos recibido, en favor de los que lo necesiten.

El Reino de los Cielos será para esos, para los pequeños, para los pobres, para los que pones su confianza en el corazón de Dios. Desmonta la escala de los valores del mundo y propone la sencillez y la humildad, esos, los que realmente viven el esfuerzo del hacer eso son los verdaderos hijos pequeños de Dios.

lunes, 10 de agosto de 2015

MORIR ES VIVIR

n (Jn, 12,24-26)


La muerte es algo inaceptable. Nadie quiere morir, pero todos se resignan a ese suerte cuando, en el mejor de los casos, llegan a una edad muy avanzada. El cuerpo no resiste el tiempo y tiene su hora. Sin embargo, tenemos sobre la mesa la mejor oferta que podamos encontrar, la Resurrección y la Vida Eterna.

El problema es que no lo queremos aceptar, o nos vendamos los ojos ante las ofertas de este mundo caduco y enfermo. De cualquier forma tendremos que morir, pero no es lo mismo que lo hagamos de una forma o de otra. Morir, sin dar frutos, es no abrirse a la acción del Espíritu Santo y permanecer en la muerte al estar alejado de Dios. 

Vivir es renacer a la Vida al morir a tus pasiones y egoísmos, para ponerte en servicio de los demás y entregarte por amor. Cada día es una nueva oportunidad de dejar morir tu grano de trigo. Hay muchas cosas sencillas y pequeñas que te exigen colaboración y que te mortifican al realizarla, pero que son pruebas de amor, porque amar es eso, un compromiso en ayudar y colaborar por hacer el bien.

Y ese esfuerzo exige salir de uno mismo para mostrarte a los demás. Muchas veces nos quedamos pasivos y dentro de nosotros mismos, y perdemos la oportunidad de mostrarnos atentos, serviciales y cercanos a los demás. Y esos simples detalles ayudan, acercan y dan frutos de amor y servicio. Hay mucha tela que cortar y sobre la que reflexionar. Pero para ello debemos abrirnos a la Gracia del Espíritu Santo, porque solos no llegaríamos a buen puerto.

Hay mucha gente que está dando su vida por ser fiel a Jesús. Muchos cristianos perseguidos y martirizados sufren en sus propias carnes todo tipo de improperios y vejaciones. En el Evangelio de hoy termina diciendo
Jesús: "A quien me sirva, el Padre le premiará".

Hay dos caminos, el camino de la comodidad, del bienestar, de trabajar para procurarte una vida placentera y cómoda, o el camino del servicio, del esfuerzo por estar atentos a las necesidades de los más pobres y necesitados. El primero sería el de renunciar a morir y no dar sino tus propios frutos para tu provecho; el segundo sería el de morir a ti mismo y dar frutos para el bien de los demás.

domingo, 9 de agosto de 2015

SEGUIMOS IGUAL

(Jn 6,41-51)


Seguimos igual, con esas palabras podemos resumir lo que continúa pasando en la actualidad. Después de 2015 años todo sigue exactamente igual. Muchos siguen preguntándose de qué Padre habla Jesús, y quién es ese Pan Vivo que baja del Cielo.

Es verdad que el hombre sigue buscando la eternidad, porque no quiere morir. Ese sería el primer objetivo del hombre: "No morir". Pero el pan que fabrica el hombre es pan de muerte, porque no da la vida. A pesar de los intentos de la ciencia no consiguen fabricar el elixir que dé la eternidad, y, hoy Jesús, nos ofrece esa aspiración que el hombre persigue: Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».

Jesús acierta de pleno. Sabe lo que busca y desea el hombre, y se ofrece como salvación dándonos a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. Jesús instituye la Eucaristía. Ese sí es el alimento que nos da la Vida Eterna. Esa Vida que busca el hombre; esa Vida Eterna vivida en gozo y felicidad.

Ahora, ¿cómo se puede ofrecer eso? La única forma posible es siendo el Hijo de Dios bajado del Cielo. Pero volvemos al principio: Necesitamos la fe, porque, sobre todo sus contemporáneos, que le conocían como el hijo del carpintero, no pueden asimilar que sea el Hijo de Dios, el Mesías prometido. Y hoy ocurre igual con los católicos que se bautizan. Siguen celebrándose bautismos en la Iglesia, pero más bien como un acto social y cultura que de fe. Los cristianos, como ocurría en tiempos de Jesús, no le conocen, y menos a su Padre que lo envía. Siguen buscando ese pan de vida entre las cosas caducas de este mundo.

Y ese es el problema, buscan donde no se puede encontrar. Porque la salvación del hombre no está en las cosas de este mundo, pertenecemos a otro. Este mundo lo rige el demonio, él es su príncipe, pero nosotros pertenecemos a otro mundo, el del Reino de Dios, siempre y cuando estemos dispuestos a quererlo, buscarlo y encontrarnos con Jesús. Sabiendo que ha salido Él primero a buscarnos. Sólo tenemos que dejarnos encontrar.

Y esa posibilidad pasa por abrir nuestro corazón de hombre viejo y caduco, para dejar entrar al Espíritu Santo, a ayudarnos a transformarlo en un corazón nuevo, de niño, joven, disponible y dispuesto a liberarnos y despojarnos de los apegos, vicios, malos hábitos, pasiones y apetencias que nos esclavizan y encadenan alejándonos del verdadero Tesoro que es encontrarnos y abrirnos a la Gracia del Señor.

sábado, 8 de agosto de 2015

PARA GANAR HAY QUE JUGAR

(Mt 17,14-20)


No hay otro camino, para ganar tienes que entrar en la partida y arriesgar. Ganar o perder te obliga al esfuerzo de estar preparado para tener más posibilidades de ganar. La vida es eso, ganar o perder. Pero, por la Gracia de Dios, nosotros criaturas de Dios, hemos sido creados para la Vida Eterna y para gozar de ella en la presencia del Padre.

Porque no tendría ninguna gracia vivir, la mayor parte con fatigas, tristezas y sufrimientos. Sabemos que en el camino de esta vida si hay penas y alegrías, pero al que nos dirigimos sólo encontraremos gozo y felicidad. Es el lugar al que ha ido Jesús a prepararnos.

Nuestra apuesta está garantizada y avalada por la Palabra de Dios, Nunca podemos perder, aunque de forma aparente resulte que perdemos, porque quien juega es Jesús usando nuestro nombre y persona. Es Cristo quien vive en mi y no nosotros en Él. Claro, para eso necesita esa libertad que nos ha regalado y que ha puesto en nuestras manos. Nos la pide y para ello necesitamos confiar en Él y ponernos en sus Manos.

Y lo hace a través del Espíritu Santo, que nos acompaña y nos asiste si le dejamos. Claro, hay una condición vital e imprescindible: el compromiso, que descubre y exige la fe. Porque sin fe nuestra partida puede salir mal y tiene todas las de perder. Y, ¿cómo vemos y descubrimos la fe?

La fe se hace visible en el compromiso del amor. Si te comprometes es porque tienes fe. Y si tienes fe tus obras serán Obras de Dios, y para Dios nada hay imposible. Por lo tanto, tu fe moverá montañas si esta apoyada en el Espíritu de Dios.

Pongamos todo nuestro esfuerzo a disposición de la Gracia del Señor para que, devolviéndole la libertad que nos ha dado, en sus Manos dé frutos que correspondan a su Amor.

viernes, 7 de agosto de 2015

EL AMOR EXIGE SACRIFICIO Y RENUNCIA, Y ESO ES CALVARIO

(Mt 16,24-28)


No se puede amar cómodamente ni sin arriesgar todo y toda tu vida. Porque en la medida de lo que arriesgues, así amarás. Quien arriesgue poco, amará poco, y quien mucho, amará mucho. Así, aquella mujer pecadora que le lavó y perfumó los pies, fue perdonada porque amó mucho.

Seguir a Jesús significa amar, pues de no estar dispuesto a hacerlo, tampoco podrás seguirlo. Y amar exige dar todo lo que tienes y puedes, al máximo, sin cortapisas ni medianías. No hay excusas, porque Él te ha y te ama así. Te lo ha dado todo, hasta tu libertad y la posibilidad de negarle y rechazarle. 

Ahora, ten paciencia, porque el amor no se agota en un día ni se puede dar todo en un día. Necesita tiempo y camino. Y Jesús es el Camino, así que lo primero y lo único es caminar con Él. Él te irá enseñando, en ese día a día, como caminar y superar la dureza del camino, sus obstáculos y las tentaciones que el Maligno tratará de ponernos para que tropecemos. Paciencia, mucha paciencia y confianza. Confianza en el Señor, porque no nos ha dejado sólo. 

Está con nosotros, con la Mano tendida y atento a nuestras suplicas y ruegos. Así que no dejes de rogar, de suplicar, de pedir. Nos lo ha dicho por activa y pasiva: Pidan y recibirán; toquen y se les abrirá. Y ha enviado al Paráclito, el Espíritu Santo, para que nos asista y nos defienda. Así que parodiando el argot deportivo, y con el permiso de nuestro Padre Dios, tenemos el mejor Tridente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, el único, el más poderoso y el que nos puede dar lo que buscamos: la plenitud eterna.

El seguimiento, y eso es de sentido común, implica estar a las duras y a las maduras. Eso significa que habrá momentos placenteros, alegres y agradables, y otros que exigirán lucha, sacrificio, sufrimiento y dureza, pero nunca tristeza, porque estar triste es perder toda esperanza, y lo que nunca perderemos es la esperanza de que Dios nos quiere, y nos quiere salvar, Y tiene poder para ello.

Esa es la alegría más grande que podemos tener, la de sabernos salvados, a pesar de los aparentes peligros, sufrimientos y muertes que nos puedan amenazar, pero que nunca podrán matarnos, Porque Dios nos ha creado para la Vida, Vida Eterna que ha puesto en tus manos y que te ha regalado la posibilidad de que tú elijas: salvación o muerte.

Pidamos al Padre, confiados en su Misericordia, que nos dé la sabiduría de perseverar con paciencia y fe su segunda venida donde establecerá su prometido Reino de Dios. Un Reino de Justicia, de Amor y de Paz.

jueves, 6 de agosto de 2015

NO ENTENDÍAN NADA

(Mt 17,1-9)


El Misterio de la Transfiguración no se puede entender. No se puede entender como tampoco no entendemos la Resurrección. Jesús les hace un adelanto a aquellos tres apóstoles y no se enteran de nada. Se sienten bien, muy bien, hasta el punto de pedirle hacer tres tiendas sin contar ellos y quedarse a contemplar lo que veían: El Rostro de Jesús transfigurado, un Cuerpo glorioso, junto a Moisés y Elías.

Qué bien se tiene que pasar junto al Señor que nos olvidamos de nosotros. Perdemos la sensibilidad física de nuestro cuerpo y nos sentimos como flotando llenos de gozo y paz. Me imagino que fue algo así lo que tuvieron que experimentar Pedro, Santiago y Juan al no advertir su presencia física y olvidándose de sí mismos propusieron tres tiendas para los otros.

Sin embargo, descubrimos nuestras miserias a no darnos cuenta de tan alta experiencia. Jesús se nos muestra transfigurado, es decir, transformado, Resucitado. Como va a suceder después de morir en la Cruz. Jesús les está revelando el Misterio de la Resurrección. Jesús les quiere animar, darles fuerza y esperanza para que ellos, lleno también del Espíritu Santo, encuentren la fuerzas para cargar también con su cruz. Por eso les advierte que no digan nada hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

Pero seguimos sin enterarnos, y hasta ponemos en duda las palabras de los apóstoles. Ellos experimentaron lo mismo que nosotros, pero su proximidad a Jesús resultó alumbradora e iluminadora. Y llegaron a entenderlo, hasta el punto de entregar también sus vidas conscientes de su resurrección como Jesús les había prometido y se les había mostrado. La estrategia está clara: proximidad a Jesús, frecuencia de los sacramentos y oración. Es lo que hicieron las primeras comunidades.

Pues bien, hoy seguimos mirando para arriba sin darnos cuenta. Tenemos que equilibrar nuestra mirada y bajar de la montaña. Tal y como Jesús les indica y señala a los apóstoles  Hay que volver a bajar y continuar el camino, pero ya animados porque hemos visto a Jesús Transfigurado (Resucitado) en el testimonio de los apóstoles, tal y como nos ha prometido Jesús, que a nosotros, los que en Él creemos, nos ocurrirá igual.

Y cada día, los que en Jesús creemos, experimentamos esos momentos de Tabor en las palmaditas que muchos de nosotros nos damos al compartir nuestra fe. Porque la fortalecemos cada vez que comentamos, compartimos y nos asombramos en el Espíritu Santo las maravillas que, de la Tradición y de la Palabra, vivimos en el camino de nuestra vida hacia la Casa del Padre.

Por eso, es bueno y necesario compartir, vernos de vez en cuando y darnos un fuerte abrazo en el Señor para, fortalecidos, continuar el camino. Gracias a Internet podemos compartir espiritualmente estas experiencias, y como el Tabor, dejarnos asombrar por las maravillas del Señor. Amén.

miércoles, 5 de agosto de 2015

CUANDO PIENSAS QUE ESE AFAMADO JESÚS ES TU ÚNICA OPORTUNIDAD

(Mt 15,21-28)


La fe empieza por ahí. Experimentas desespero, angustia y temes caer en una depresión. Sería terriblemente peor. Buscas a tu derredor, pero el mundo ya ha agotado tu paciencia y tus medios. Necesitas abandonarte en manos de alguien que te dé confianza, pero sobre todo que dé respuesta a tu problema.

¡Necesitas creer, esa es la cuestión! Necesitas confiar en Alguien que te dé esperanza, que te escuche, que esté dispuesto a apostar por ti y que te traiga una Palabra de consuelo, de amor y de esperanza de curación. ¡Caramba!, has oído que hay un tal Jesús que parece responder a eso que tú buscas. Y te confías a Él. No lo piensas dos veces y te pones en camino. Sin saber cómo ni cuándo has empezado a creer.

Y ese impulso te empuja a caminar, a moverte, a buscar y, quien busca encuentra. Claro, das con Jesús pero, sintiéndote indigna de hablarle al no ser ni siquiera judía, optas por atreverte a tocarle. Apuestas que tocándole, tu hija puede quedar curada. Y lo intentas, y se produce el milagro. Tu fe ha tenido respuesta. El Evangelio de hoy nos narra ese encuentro de Jesús con la mujer cananea.

Podríamos reflexionar sobre los pasos de esa fe hasta encontrar a Jesús y recibir la respuesta pedida. Quizás yo no tenga necesidad, ni nadie enfermo, o quizás no crea que exista alguien que pueda cambiar el curso de una irremediable enfermedad. Luego, si pienso así no me pondré a buscar a nadie, o a rezarle. Mi fe termina con la opinión del último médico, o con la resignación al curso de mi acomodada vida. El encuentro no se produce, y no hay ni diálogo ni respuesta.

Jesús, entonces, pasa de largo, y no lo veo ni me entero de su cercanía. No advierto el ritmo y ruido de sus pasos. Quizás estoy despierto, pero dormido o ciego. Así será imposible descubrirle. Necesito despertar y querer buscar. Repetir la experiencia de la cananea con Jesús siempre será posible, porque Él ha Resucitado para que tú le descubras y le pidas. Si no, ¿qué sentido y razón tiene Él para estar ahí en la Eucaristía? Seríamos unos tontos, los primeros nosotros, por estar perdiendo el tiempo. ¿A qué esperamos?

Decídete a tocarle la túnica a Jesús y a decirle que quieres y crees que Él te puede salvar. No te importes quién seas ni de dónde vengas, Jesús te conoce y sabes quién eres. Y si se ha quedado lo ha hecho también por ti. No pierdas más tiempo. El Señor vive y está entre nosotros para salvarnos, no para perder el tiempo. No pierdas el tuyo.

martes, 4 de agosto de 2015

SEÑOR, SOSTÉN MI FE

(Mt 14,22-36)


Esa experiencia que tuvo Pedro puede servirnos para experimentar que la fe es un don de Dios. Porque no podemos tener fe si el Señor no nos la sostiene. Por cualquier circunstancia, la más mínima que sea, nuestra fe se viene abajo. Perdemos la fe en amigos de toda la vida por detalles insignificantes, dudamos a la menor sospecha y nuestra confianza queda resquebrajada al menor error.

Somos débiles y muy frágiles. ¿Cómo vamos a creer en el poder de Dios? Incluso experimentándolo nos ocurre que nos cuesta creerle. Tal fue la experiencia de Pedro que al verse sostenido sobre las olas y al menor soplo de viento dudó de que pudiera sostenerse. Sin lugar a duda que la fe es un don de Dios. Un don que debemos pedir con insistencia y esperarlo con mucha paciencia.

Conocemos a muchas personas que han recibido un buen testimonio de amor y servicio. Los hay también malos, pero también, valga la redundancia, muchos buenos. Y si los malos valen para alejarnos, los buenos difícilmente sirven para acercarnos. Son muy pocos los que recibiendo un buen testimonio se interpelan y despiertan a la fe.

Por eso hay que pedirla con insistencia. El mismo Jesús nos lo dice: Pidan y recibiréis; toquen y se les abrirá. Y lo más importante es creer. Porque abiertos a la fe entregaremos nuestro corazón al Señor, y, el Señor, nos tenderá su Mano como hizo con Pedro.

Jesús nos pide que creamos en Él. No nos pide pruebas ni obras, sino que creamos en Él y lo demás, las pruebas y obras, vendrán por añadidura. Nuestra fe es tan pobre que necesitamos ver signos y milagros que nos la avive y despierte. Pero no sólo eso, sino que nos la sostenga y la acreciente.

¿De qué, entonces, nos vamos a gloriar por nuestras buenas obras? ¿De qué podemos sentirnos orgullosos y presumir si todo depende y es regalo del Señor? Simplemente, como Pedro, debemos decir: «¡Señor, sálvame!»