ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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domingo, 6 de marzo de 2016

¡NO HAY MANERA DE AMAR MÁS GRANDE QUE LA TUYA, PADRE!

Lc 15,1-3.11-32)


Nadie puede igualarse al Amor del Padre del Cielo. Jesús, el Hijo, su Rostro visible en la tierra, nos lo manifiesta hoy en el Evangelio al contarnos la parábola del Padre amoroso, o del hijo prodigo Y no sólo lo hace con su Palabra, sino también con su Vida. El ejemplo es completo, Palabra y Vida.

Ante tan exquisita exposición de amor, hay momentos que no sé por donde empezar. Elevo mi alma al Espíritu Santo para que guíes mis palabras y las desparrame en esta humilde blog para bien de todos los que queramos abrir nuestros corazones a la Palabra del Señor.

No se puede entender que estando en el paraíso, queramos salir del paraíso. No se puede entender sino desde el pecado y a la influencia del demonio que nos acecha y nos tienta. Hasta tal punto, que somos capaces, como hizo ese hijo, de exigirle la herencia al Padre para administrarla a nuestro capricho y gusto, seducidos por el mundo que gustosamente Satanás nos presenta.

Pensar y creer que en las cosas del mundo: poder, riqueza, placeres, prestigio...etc., se encuentra eso que buscamos todos y que llamamos felicidad, es la quimera más estúpida que el hombre puede creer y pensar. Primero, porque, por la propia experiencia, vemos que otros, mayores en tiempo vivido, no lo han conseguido; y segundo, por nosotros mismos que, conseguido lo que creíamos como el éxtasis eterno, pronto descubrimos que sólo se trata de algo pasajero que nos deja igual.

Asombro para el hombre cuando descubre que su bienestar sólo se encuentra en el Amor del Padre y junto a su lado. Así lo interpreta ese hijo que, sumido en la miseria y abandono absoluto, descubre que en la Casa de su Padre nada le faltaría. Primer pasa para una verdadera conversión, danos cuenta de nuestro error y pecado, marcharnos de la Casa del Padre. Posiblemente, todos hayamos experimentado esa experiencia.

Pero, ocurre que quizás, muchos no llegan a levantarse. Porque su soberbia y orgullo se lo impiden y tratan de recuperarse como sea, aun infringiendo la buena conducta, el respeto, la justicia y la libertad, y se levantan por caminos torcidos que no llevan a ningún lugar, y menos a la Casa del Padre.

Aquel hijo se levantó. Se humilló y creyó en una nueva oportunidad que el Padre le daría, aun siendo siervo y no con la consideración de hijo. Y con ese dolor de contrición y esperanza, se levanta y emprende el verdadero camino de regreso a la Casa del Padre. Hubo un obstáculo del que no había reparado, el hermano mayor. También nos ocurre a nosotros, quizás no perdonamos los errores de nuestros hermanos, tanto menores como mayores. Nos creemos dueños y merecedores de la herencia del Padre, y habilitados para administrarla y compartirla. Señor, perdona nuestra osadía.

 Supongo y creo que lo que sigue lo sabemos, y será bueno que cada cual saque sus propias conclusiones. Sólo nos queda dar las gracias a ese Padre Bueno que no sólo nos recibe con los brazos abiertos, sino que nos está esperando a que hagamos ese esfuerzo de reconocernos simplemente siervos pecadores.

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