ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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sábado, 14 de mayo de 2016

EL ESPÍRITU SANTO PREPARA LA IGLESIA

(Jn 15,9-17)

«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús. Era uno de nuestro grupo y compartía el mismo ministerio. En el libro de los Salmos está escrito: "Que su morada quede desierta, y que nadie habite en ella", y también: "Que su cargo lo ocupe otro. " Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión» (Hech. 1, 15-17. 20-26).

 Y la Iglesia empezó su andadura hasta nuestros días, siempre fieles a la promesa del Señor: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Jn 15, 9-17). 

Hay un signo de identidad muy claro, y quien no se identifique con ese signo va por camino erróneo y de forma muy clara se descarta de seguir a Jesús. Ya puede hacer grandes sacrificios; ya puede tener grandes espacios de oración; ya puede ser muy piadoso y elocuente en sus palabras y, ya puede conocer de arriba a abajo la vida del Señor que, si no es capaz de amar como Jesús de nada le vale todo lo demás. Lo que si parece ilógico que, quien haga todo eso, no se llene de la Gracia del Espíritu Santo y derrame amor.

Porque el amor es el distintivo del creyente y seguidor de Jesús. Hoy, su Palabra, lo deja más que claro: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. (Jn 15, 9-17)

Somos amigos de Jesús si realmente hacemos y vivimos lo que el nos manda. Y eso no consiste en estar simplemente a su lado, sino en penetrar y morar en su Corazón. Es decir, sentir, vibrar y, conociéndole, vivir en su Palabra experimentándola y cumpliéndola. Eso fue lo que ocurrió con el hermano mayor del pródigo (Lc 15, 11-32). Estaba en la Casa del Padre, pero no sintonizaba con el Corazón del Padre.

No sólo están lejos del Padre aquellos que, en pecado, viven sin arrepentimiento alejados del Padre, sino también los que juntos al Padre, y con muchos golpes de pecho, no entran en su Corazón.. El Evangelio de hoy habla muy claro y nos interpela a todos, empezando por este que escribe. Nuestra oración de hoy estará cargada de esa petición y ruego. De confesarnos humildes pecadores y amigos de Jesús, conocedores de su Palabra, porque nos la ha dado a conocer, y porque nos ha elegido. Pero no para cruzarnos de brazo, sino para dar frutos: Frutos que duren.

Danos, Padre, la confianza para que nuestras peticiones, pedidas en el Nombre de Jesús, tu Hijo, sean atendidas y, por tu Gracia, vivamos como tu Hijo, nuestro Señor Jesús, nos ha enseñado y testimoniado.

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