ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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miércoles, 10 de agosto de 2016

EL MILAGRO DEL JARDÍN

(Jn 12,24-26)

No sé cuando ni cómo, ni nunca había pensado eso, pero desde finales del año pasado, quizás por la causalidad de la presencia del Espíritu me he visto inmerso en cuidar un poco mi jardín. Nunca lo había hecho ni creo tampoco tener condiciones. Además, me duele la espalda...jajaja. Precisamente hoy estoy haciendo una neurofisiología para ver sus consecuencias y estado. Quizás no me dejen agacharme.

Pero cuento esto porque en el jardín la vida florece de forma sencilla y milagrosa. Se planta un ramita y tras un poco de agua, en pocos días, florece. ¡Qué maravilla! La semilla da frutos, y para eso tiene primero que hundirse en la tierra, y, regada, se transforma entregando su vida para dar paso a la flor y a la vida hermosa. Todo eso me hace pensar a la hora de escribir esta reflexión. Morir para dar vida.

Eso fue lo que hizo Jesú, el Señor. Entregó su Vida para que nosotros no la perdiéramos. Porque heridos por el pecado original nuestra condenación era segura. Más, por la Misericordia de Dios, el Hijo, enviado al mundo, entregó su Vida para que la nuestra siguiera viviendo. Y con la oportunidad de Vivir para Siempre. Ese fue su trato, su condición: Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna ( Jn 3, 16 ).

Y tú, también yo, necesitamos morir para vivir. Porque nuestra vida está llamada a la Vida. Sí, a la Vida con mayúscula. Creados para Vivir en el Amor. En el Amor del Señor. No hay otro destino, porque ese es precisamente nuestro destino: "Vida Eterna en el Amor y el Gozo Pleno. Vida Eterna junto a Dios".

Y morir tiene un sólo significado. Jesús lo dejó muy claro, pero que muy claro: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».

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