ÚLTIMAS REFLEXIONES

ÚLTIMAS REFLEXIONES

DE DODIM A AGAPÉ

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lunes, 29 de febrero de 2016

CONSCIENTE DE SER RECHAZADO

(Lc 4,24-30)


No podemos ser mejores que el Maestro, y si Él fue rechazado, de la misma manera nosotros también lo seremos. Esa es la consigna, el tomar conciencia de nuestro rechazo por todos aquellos que no aceptan el Mensaje de salvación. Pero, eso no debe desanimarnos porque son circunstancias ya esperadas.

Jesús no fue aceptado entre sus amigos y conciudadanos. Su Mensaje no gustaba e incomodaba a aquello que sustentaban el poder eclesiástico y del pueblo, porque Israel vivía y se guiaba según la ley de Moisés. Jesús ante tal experiencia exclamó: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Elíseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Los de dentro de casa son los más incrédulos y los más resistentes a el Mensaje del Señor. No le damos valor a las palabras de aquellos que conocemos y sabemos su procedencia. Las cosas y los profetas de nuestro pueblo no son valorados ni reconocidos. Y Jesús vivió esa experiencia con su propios país anos. Pero, también se vive hoy. Muchos de nosotros lo experimentamos como Alguien utópico y al que somos indiferentes. Pasamos de puntillas y con la mirada perdida en otras cosas ante esta buena noticia. No nos interpela o cerramos nuestros oídos ante esta proclamación.

Sin embargo, a pesar de experimentar esta indiferencia, todos llevamos dentro de nosotros ese deseo de felicidad y eternidad que sólo satisfacemos y aspiramos injertados en Xto. Jesús. Por eso, pedimos sabiduría y fortaleza para discernir y aceptar tu Palabra, Señor.

domingo, 28 de febrero de 2016

AHORA ES TIEMPO DE SALVACIÓN


(Lc 13,1-9)

Tenemos vida, pues tenemos la oportunidad de salvarnos dando los frutos que el Señor espera de nosotros. Frutos consecuencia de nuestra conversión. El Señor sabe de nuestras posibilidades y capacidades de dar frutos, y espera que en el tiempo que tengamos para darlos, los demos.

El Evangelio de hoy nos lo pone claro: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Posiblemente esa higuera represente tu vida y tus acciones o frutos. Y, quizás, durante el tiempo de tu vida no has dado los frutos que tu Viñador, el Señor, espera de ti. Igual has vivido y vives de forma indiferente, despreocupada, pensando sólo en tus intereses, ocio y problemas. Eso frutos no son del todo bueno y se secan pronto.

Ahora es tiempo de salvación y tiempo para revertir ese camino con la conversión y el arrepentimiento. Puedes intentar y esforzarte, con y por la Gracia de Dios, cultivar mejor tu propia vid y poner más empeño en cultivarla mejor para que dé frutos que agraden al Señor. No dejemos pasar este momento de Gracia que el Señor nos ofrece, y procuremos aprovecharlo tratando de dar los frutos que el Señor espera de cada uno de nosotros.

Convertirse significa cambiar, dar un giro a nuestra vida y poner en el centro de la misma al Señor. No debemos tener miedo, porque el Señor no nos pide cosas imposible. Sólo quiere nuestro esfuerzo, nuestra intención y nuestra apertura a dejarnos conducir y guiar por el Espíritu Santo. Él será el autor y verdadero protagonistas de producir nuestros frutos. Nosotros, simplemente, meros instrumentos y siervos que nos encargaremos, con y por su Gracia, de ponernos en sus Manos.

sábado, 27 de febrero de 2016

EL AMOR DEL PADRE QUE NOS SALVA

(Lc 15,1-3.11-32)


Un Amor como el que nos tiene y nos regala nuestro Padre del Cielo es la mayor de nuestras esperanzas, porque es un Amor Salvífico y Redentor. Un Amor que se hace visible en el Hijo, que nos toca, habla y cura. Un Amor que nos enseña y transmite esa locura de Amor en la Vida y Obra de su Hijo Jesús.

La parábola del hijo prodigo, o mejor, del Padre amoroso, es la enseñanza, clara y nítida, de la locura de Amor de Dios por cada uno de nosotros. De un Dios que nos ha creado y que, a pesar de nuestro pecado de soberbia y rebelión, nos da, ofreciendo a su Hijo hasta la Muerte, la oportunidad de salvarnos por su Infinita locura Misericordiosa.

Nunca podremos comprender ese inmenso amor misericordioso, gratuito, voluntario y libre que Dios, el Padre del Amor, nos regala. Porque en nuestra cabeza no cabe entender tanta grandeza. Nuestro pobre intelecto no pasa del dar y, en recompensa, recibir. Me das porque esperas, o ya has recibido. Para el hombre todo tiene un precio y la gratuidad está fuera de su entendimiento.

Esto no significa que, a veces, sobre todo por vínculos familiares, el hombre puede darse gratuitamente, pero serán excepciones. El hombre está sometido a su propio egoísmo y pone precio a todos sus actos. El amor no entra dentro de sus cálculos. Esa es la experiencia de aquel hijo, suficiente y creído, al pensar y creer encontrar la felicidad en las cosas que el mundo le ofrecía. Y así descubrió la Grandeza del Padre, sobre todo, el Amor incondicional que le tiene.

Igual nos sucede a nosotros. Después de vivir a tope, según nuestras posibilidades, buscando la felicidad en donde creemos encontrarla, sólo cuando estamos en el filo de la navaja descubrimos que la Grandeza del Amor de nuestro Padre Dios es la infinita meta que buscamos, y donde realmente encontramos esa plena y gozosa felicidad deseada.

Pidamos descubrir ese camino iluminados por la Gracia de Dios y auxiliados por la Sabiduría del Espíritu Santo, para que sepamos discernir donde está el Tesoro importante que anhelamos encontrar.

viernes, 26 de febrero de 2016

¿ES NUESTRA REACCIÓN IGUAL QUE LA DE AQUELLOS GRANDES SACERDOTES Y NOTABLES DEL PUEBLO?

(Mt 21,33-43.45-46)


No parece que estemos muy lejos de aquellos grandes sacerdotes y notables del pueblo. Cada palabra del Evangelio de hoy nos delata y nos vuelve la mirada hacia dentro, a nuestro corazón. Sí, hermanos en Xto. Jesús, somos nosotros también aquellos grandes sacerdotes y notables del pueblo los que, igual que ellos, rechazamos al Dueño de la Viña para administrarla a nuestro antojo y repartírnosla según nuestro interés.

El hombre ha prescindido de Dios, y quiere administrar el mundo a su manera. Se ha nombrado dueño a sí mismo y se lo reparte según sus intereses. De esa forma, muchos otros, sufren carencias de hambre y sed, y de muchas necesidades necesarias para vivir dignamente. Por eso, otros muchos tenemos que llamar a la solidaridad de otros, para aliviar el problema de muchos. 

La Viña, el mundo, creado por Dios para el bien de todos, no es bien utilizado por muchos, que ambiciosos y desobedeciendo al Creador, lo utilizan para su provecho propio. Y matamos al Hijo que viene a pedirnos cuenta de lo que estamos haciendo, y rechazamos su Palabra y hasta su Misericordia. El hombre se ha vuelto loco cuando no reconoce al Hijo de Dios, e intenta regir el mundo según sus ideales. Ideales caducos que pasan y desaparecen sin más.

Y tampoco damos los frutos que realmente debemos dar. La Viña, administrada por el hombre y sin contar con Dios, da malos frutos. Frutos de discordia, de envidias, de persecuciones, de luchas, de abortos, de guerras, de muertes...etc. Porque el hombre sin la presencia de Dios en su vida, no sabe cultivar, y lo que siembra es todo lo contrario de lo que Dios le propone. Sus frutos nacen del desamor, y eso no contiene buena semilla que da vida, sino todo lo contrario, mata.

Tengamos sosiego y templanza, y serenando nuestro corazón tengamos la humildad de reconocer al Hijo del Dueño de la Viña, y reconozcamos nuestra condición de siervos, tratando de corresponderle con los frutos que, humildemente, podemos dar con todo nuestro amor y docilidad.

jueves, 25 de febrero de 2016

LA FELICIDAD DEL DINERO

(Lc 16,19-31)

Está claro que el hombre busca dinero, porque piensa que la riqueza es sinónimo de felicidad. Por supuesto que el dinero da poder y mando, y también influencias que abren muchas puertas de este mundo. El dinero consigue superar momentos difíciles y enfermedades, pero la experiencia última del hombre le descubre que el dinero no lo puede todo. Y menos, lo que te da no es eterno sino caduco y perecedero.

Esa experiencia real contiene una pregunta: ¿De qué me vale ganar esta vida, si pierdo la más valiosa y eterna? De nada vale, pues, ser rico, si eso va a suponer perder el Tesoro más valioso, la Vida Eterna.

El Evangelio de hoy nos habla de esa realidad. A través de la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro, nos presenta la realidad cruda de la vida. Mientras el rico se banquetea y vive una vida despreocupada, llena de placeres y satisfacciones, pensando en sólo apetecer a su egoísmo, Lázaro, pasándolo mal, yace carente de lo más elemental para vivir. La codicia y avaricia de unos contrasta con el sufrimiento y la pobreza de otros. 

Mal gasta su vida, su tiempo y su dinero consumido en basuras  que no tardarán mucho en desaparecer, porque son caducas y efímeras. La vida es nuestro gran tesoro y nuestra oportunidad para compartir toda la riqueza que se nos ha dado con los demás. Sobre todo con aquellos que más lo necesitan. Riqueza que no consiste solamente en lo material, sino también toda nuestra riqueza espiritual.

En este año de la Misericordia, proclamada por el Papa Francisco, pidamos al Espíritu de Dios vivir las obras de Misericordia, corporales y espirituales, como tesoro de todas nuestras riqueza recibidas.Será la mejor forma de compartirlas.

miércoles, 24 de febrero de 2016

SI CONOCIERAN EL MENSAJE DE JESÚS

(Mt 20,17-28)


Las luchas por el poder pierden a los hombres, y hunde un país. Hoy, no nos hace falta mirar para otro lugar, sino para nuestro mismo país. Lo tenemos en nuestra misma casa. Llevamos poco más de dos meses hablando y engañándose unos a otros. Ávidos de poder y codicia, no se piensa ni se tiene en cuenta el bien común, que para eso han sido nombrados, sino en el poder y el gobierno.

Y quieren gobernar para ser servidos, aclamados y poderosos. No para servir y buscar el bien común, la concordia y la paz. Contradicciones cuando desde la izquierda reclaman la justicia, los derechos y la verdad, y están desesperados por alcanzar el poder. No para reinar, sino para vengarse. Bien nos vendría a todos conocer lo que nos propone Jesús. «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Quedan todos retratados. Estas palabras del Evangelio, dichas hace ya bastante tiempo, son tan actuales como si se dijeran en estos momentos. Nos vendría bien a todos leerlas, reflexionarlas y aplicarlas. Quién quiera ser el primero, que sea el último, y quien quiera ser grande, que sea vuestro servidor. 

No es el ejemplo que nos están dando nuestros políticos, al igual que la madre de los hijos de Zebedeo, que querían repartirse el privilegio de estar a la derecha e izquierda de Jesús. Porque estas actitudes provocan en los demás indignación y deseos de venganza. Es lo que se respira en estos días en nuestro país. 

Realmente, si escucháramos más al Señor y tratáramos de reflexionar, que fácil sería buscar soluciones que vayan encaminadas a buscar el bien común de todos los hombres.

martes, 23 de febrero de 2016

SE TRATA DE VIVIR, ES DECIR: HACER Y PROCLAMAR

(Mt 23,1-12)


En muchas ocasiones hemos advertido que si la palabra no va unida a la acción, es decir, a las obras, no vale nada. Pues, no se trata de aparentar, lucirse y esconderse a la hora de dar la cara. Se prolcaman muchas verdades que luego no se cumplen, pero que se exige que cumplan los demás.

La cuestión no es dar, sino darse. No cabe duda que en el dar estás dándote, pero el darse es algo más profundo y vivencial. Nunca podrás experimentar lo que significa dar hasta que tú mismo te des. Quizás, cuando te enamoras experimentas algo esa sensación o vivencia, que luego se desvanece con el tiempo. Entonces experimentas, cuando te cansas de darte, que ese amor no estaba maduro del todo. Porque el amor nunca se cansa, ni desespera, ni huye, ni se impacienta, y siempre espera, soporta, es paciente y resiste todas las tempestades.

Por eso, no descarga las pesadas cargas en los hombros de otros, sino que las comparte y las soporta también con sus mismos hombros. No dice, para que hagan otros, sino dice y hace, y no trata de lucirse ni de hacer para ser visto. Sólo trata de compartir y colaborar. Por lo tanto, no debemos fijarnos en los que hablan, sino tratar de vivir lo que dicen sin desear imitarlo, porque muchos no hacen lo que dicen.

Nuestra referencia y modelo es Jesús. Él es el Santo, el Perfecto, el que nunca falla, y su Palabra es Palabra de Vida Eterna. A Él seguimos, de modo que si otros que le siguen se quedan en el camino o dan mal ejemplo, debemos ayudarle para que se corrijan, pero nunca desanimarnos o imitarles. Porque el pilar de nuestra fe es Jesús, y él nunca nos falla.

lunes, 22 de febrero de 2016

PEDRO, LA ROCA ELEGIDA DONDE SE APOYA LA IGLESIA

(Mt 16,13-19)

Pedro es el elegido por el Espíritu de Dios para dar la respuesta verdadera a la pregunta de Jesús sobre lo que dice la gente de Él. Y al responder Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, Jesús le responde diciendo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Desde ese momento el edificio de la Iglesia queda sustentado y apoyado en el Príncipe de los apóstoles, que goza de una Gracia Divina peculiar para realizar su misión. Francisco, el Papa actual, es sucesor directo de Pedro, y está asistido por el Espíritu Santo para que las puertas del infierno no prevalezcan sobre la Iglesia, y para que lo que ates en la tierra, quede atado en los cielos, y lo que desates, desatado.

Esta es la promesa de Jesús, que no da lugar a dudas y que todos los creyentes creemos sin reservas. Porque el Señor tiene Palabra de Vida Eterna. Y así la Iglesia, como no puede ser de otra manera, a pesar de las dificultades y ataques, tanto desde afuera como dentro, camina, guiada por el Espíritu Santo, desde la Ascensión del Señor hasta nuestros días. 

La Iglesia, en su misión, no puede fallar, porque está asistida por el Espíritu Santo para servir en verdad y justicia, buscando el bien y la salvación de todos los hombres. Recemos para que, el Papa, sucesor de Pedro, siga fiel a la acción del Espíritu Santo y demos gracias a Dios por tan grande regalo.

domingo, 21 de febrero de 2016

LA NECESIDAD DEL IMPULSO QUE LES ALIMENTE SU FE

(Lc 9,28-36)


Hay momentos que uno duda, y circunstancias que, por mucho que quieras aclararla, se vuelven oscuras y se tiñen de negros nubarrones. Son momentos difíciles en los que necesitamos luz, mucha luz. El Monte Tabor es uno de esos momentos de luz, que nos impulsan a bajar y continuar el camino.

¿Dónde está nuestro Monte Tabor? Quizás puede que hayamos subido a él y no lo hayamos descubierto. Igual necesitamos seguir orando sin desfallecer. Aquellos apóstoles, decepcionados, cansados, abatidos y llenos de miedos y dudas, necesitaban un aliento y un impulso que les levantara el ánimo. Y el Tabor fue un toque de atención para que vivenciaran la Gloria de Dios.

Necesitamos orar y orar, y confiar que el Señor nos dejará ver su Gloria, porque se ha ido a prepararnos un lugar glorioso. ¿Cómo no nos la va a dejar ver? Está preparado para nosotros. La contemplación en el Tabor es un adelanto de esa Gloria reservada para cada uno de nosotros. Pero, mientras, tenemos que seguir el camino y cargar con nuestros dolores y sufrimientos y, en Jesús, suavizarlos y aliviarlos. Él es nuestro Salvador y Redentor, y en Él confiamos plenamente.

Pero, en todo ese camino de nuestra vida, no debemos dejar de estar en contacto y relación con Él. Y es la oración el vínculo que nos mantiene unidos y fortalecidos en la esperanza de la Gloria que nos espera llegado el momento final. El Tabor es una estación intermedia que nos descubre la Gloria de Dios. Un alto en el camino que nos alumbra y nos impulsa a seguir esperanzados de la Mano de Jesús.

No dejemos de buscar nuestro particular Tabor unidos a Jesús. Ese Tabor que significa nuestra unión con Él y nuestro inmenso gozo de sabernos hijos redimidos por Amor. Cada día, en esos momentos de contacto y de oración, esperamos estar despiertos, Señor, para contemplar extasiados tu Gloria e impulsados a sostenernos firmemente en tu presencia.

sábado, 20 de febrero de 2016

SER PERFECTOS COMO VUESTRO PADRE CELESTIAL ES PERFECTO

(Mt 5,43-48)


Perdemos mucho tiempo dándole vuelta a la idea del encuentro con el Señor. Quizás autoengañándonos le buscamos en los cumplimientos, en las normas, preceptos, prácticas y liturgias, pero Jesús no está del todo ahí. Todo eso es consecuencia del encuentro, real y verdadero con Jesús en medio de los hombres. No puedes encontrar a Jesús excluyendo a los hombres, porque Jesús está y vive en medio de nosotros.

Para eso nos hace falta el amor. El Amor, primero a Dios, y luego a los hombres. Si falta una de esas premisas no hay verdadero amor, y sin verdadero amor no hay encuentro con Jesús. Jesús está entre los hombres porque ha venido a salvarlos, y, los hombres, para salvarse necesitan amarse como Jesús nos ama. Él es la referencia y el modelo.

Y eso no es fácil. No sólo porque nos cuesta, sino porque no sabemos cómo, cuándo y dónde hay que hacerlo. La ayuda y el servicio hay que darlo a quien realmente lo necesita, y no a quienes, más espabilados, ven la oportunidad de aprovecharse. Es verdad que corremos el peligro de equivocarnos, de ser egoístas y de autoengáñarnos, pero para evitar eso tenemos la Iglesia, la comunidad, la oración y, sobre todo, la asistencia y compañía del Espíritu Santo, que nos ilumina el verdadero camino que debemos tomar.

Es, entonces, cuando toma sentido el cumplimiento, las prácticas, el ayuno y preceptos que nos fortalecen para vivenciar el amor a Jesús en medio de los hombres. Es, entonces, cuando el testimonio transmite vida y habla con las obras descubriendo la fe. Porque no se entiende el darse sin amor, y el amor no se puede dar si antes no lo hemos recibido por la Gracia del Señor.

Gracias, Señor, por descubrir nuestras limitaciones, apegos y pecados, porque en ellos descubrimos y experimentamos nuestra impotencia y pequeñez. Y aprendemos a ser humildes y a descubrir que sólo en Ti, por Ti y Contigo podemos, por tu Gracia y Misericordia, alcanzar la aspiración y meta de ser perfecto como nuestro Padre es perfecto.

viernes, 19 de febrero de 2016

RECONCILIACIÓN Y PACTOS

Mt 5, 20-26


No cabe duda que siguiendo las indicaciones de Jesús, los pactos y alianzas serían factibles de conseguirse. Ocurre que eso no sucede porque dentro de los corazones de los hombres anidan rencores, odios, venganzas y soberbias, que les impiden acercarse, dialogar y buscar el bien de los demás por encima de sus propios intereses. 

Se antepone eso a la concordia, la fraternidad y el sentido común de estabilidad, unidad y de paz. No se tiene en cuenta a quienes les han puesto es ese lugar y situación como representantes, porque no buscan el bien para ellos, sino su propio bien. Y, por tu soberbia, ira, odio y venganza, matas. Porque matar no sólo es quitar la vida de forma física, sino provocar situaciones que denigran, hacen sufrir y, en muchos casos, llevan también a la muerte a muchas personas.

En estos momentos mueren muchas personas inocentes en injustas persecuciones, venganzas, fanatismo, guerras que hacen y encienden otros...etc. Muchos son los culpables, porque, no sólo matamos quitando la vida, sino también lapidándola con la lengua, el desprestigio, la calumnia, la inflexibilidad, el no perdón, no diálogo, no compartir mis ideas, sino imponerlas, y muchas cosas más.

Una simple llama puede llegar a convertirse en un terrible fuego, incapaz de apagarse hasta sembrar el lugar de cenizas y muerte. Las Palabras de Jesús, como siempre, se hacen vida en la actualidad que vivimos. Porque muy cerca de nosotros nos apercibimos que está sucediendo esas confrontaciones que, si no directamente, si indirectamente ocasionarán circunstancias de venganza y muerte.

Pidamos la Gracia y la Fuerza de ser capaces de anteponer a mis intereses, mi prestigio y mi fama, el sentido común de buscar el bien, la concordia, la fraternidad y la paz para todos los pueblos.

jueves, 18 de febrero de 2016

NECESITAMOS PEDIR, PERO TAMBIÉN BUSCAR

(Mt 7,7-12)

Podemos asegurar que nadie ha dejado de necesitar, y por lo tanto pedir, algo en su vida. Todos tenemos carencias y necesidades. Es obvio que necesitamos pedir. Pero, eso no significa que podamos pedir lo que nos venga en ganas, sino realmente lo que necesitamos. Y eso va relacionado con la dignidad para vivir, pero sobre todo para nuestra salvación.

Porque todo lo que pertenece a la tierra, en la tierra se quedará. Nos servirán mientras recorremos nuestra camino, pero terminarán por desaparecer. Nosotros en cambio seguiremos viviendo, pero una vida eterna como veíamos en el Evangelio del lunes. La cuestión es estar a la derecha o izquierda del Señor. Pero la eternidad es segura.

Tenemos la promesa de Jesús: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 

Con eso debe bastarnos, porque Jesús, el Resucitado, tiene Palabra de Vida Eterna. Otra cosa es que no sepamos pedir. Posiblemente ese es nuestro problema, porque nuestra mentalidad es mundana y damos mucho valor a las cosas del mundo. No deja de ser una contradicción, porque sabemos que todo lo de aquí abajo es caduco. Luego, ¿para qué nos sirve?

Pidamos al Señor que nos de la sabiduría y fortaleza para pedir lo que es bueno, y en la misma manera, darlo también nosotros a los demás. Eso significa que debemos desear para los demás lo mismo que deseamos para nosotros, y en esa actitud pedir. Al final cuando pedimos de esa forma estamos amando y estableciendo un mundo fraterno, justo y en paz.

miércoles, 17 de febrero de 2016

FUNDAMENTO Y PILAR DE NUESTRA FE: "LA RESURRECCIÓN"

(Lc 11,29-32)


Si Jesús no hubiera resucitado, tampoco yo estuviese escribiendo estas humildes líneas en este blog. El fundamento de mi fe se apoya en la Resurrección de Jesús. Sin ella mis esperanzas no tendrían sentido, y el mundo, en el que vivo, sería mi objetivo principal.

Eso implicaría afanarme por triunfar, tener éxito y beneficios económicos; eso significaría poner mis intereses y egoísmos en el primer plano de mi vida, y después todo lo demás, incluso el hombre. Sería lo lógico, porque la vida del y en el mundo es nuestro tesoro.

Pero, afortunadamente, no es así. Y digo afortunadamente, porque de la otra forma nuestra esperanza no tiene sentido y nuestra pobreza es manifiesta. Vivir, aunque seas feliz, no tiene sentido cuando nos espera la muerte. El deseo de eternidad está escrito dentro del corazón del hombre. Y ese deseo descansa apoyado en la Resurrección de Jesús.

Ese es el Signo que se nos ha dado. Y no hay otro. Un Signo de Verdad y de Vida Eterna. En, con  y por la Resurrección nuestra esperanza renace. En ella encontramos el sentido y las razones para nuestra conversión, y el fundamento para sostenernos en el Camino, la Verdad y la Vida que nos muestra nuestro Señor Jesús.

No pidamos otros signos, pruebas o milagros, porque nos basta con el testimonio y la Palabra del Señor. Jesús ha, como Jonás vomitado del vientre de la ballena, Resucitado al tercer día, y es Signo visible para todos aquellos que, movidos por su testimonio y amor, se abren a la conversión.

martes, 16 de febrero de 2016

ORAR ES HABLAR CON DIOS

(Mt 6,7-15)

No nos acostumbramos a hablar con Dios. Solemos hacerlo con oraciones establecidas o jaculatorias que otros han pensado y hecho por nosotros, y que no está mal hacerlo. Pero, ¿realmente hablamos con Dios como cuando hablamos con nuestros padres, esposo/a o hijos? Desde mi experiencia creo que nos experimentamos lejanos, y nuestro diálogo lo hacemos en clave de petición y ruego.

Creo que no hay relación filial y confianza, por nuestra parte, para un diálogo amistoso que sirva para acrecentar nuestra amistad y confianza en la seguridad de ser atendido y escuchado. No consideramos a un Dios Padre, en el verdadero significado de Padre, sino un Dios Creador y Poderoso, Señor de todo lo visible e invisible. Creo que no comprendemos lo que Jesús nos ha revelado del Amor Misericordioso del Padre que Él nos viene a descubrir.

La parábola del padre amoroso y misericordioso, llamada también del hijo prodigo, nos descubre la locura del amor del padre hacia su hijo. Así nos ama nuestro Padre Dios, ya sí nos lo ha enseñado y transmitido Jesús. Hablar con Dios es contarle nuestras cosas de cada día, nuestras inquietudes, deseos, debilidades y problemas. Hablar con Dios es contarle las dificultades con las que nos encontramos cada día. Es hablarle de nuestro cansancio, de nuestras fatigas e impedimentos para ajustar nuestra vida a su Voluntad. Es recabar su presencia a cada instante, ante la imposibilidad de fracaso que, por nuestra parte, podemos cometer, para que, con, por y en Él podamos superarlos.

Hablar y orar con Dios es vivir el esfuerzo de llenarnos de su Gracia a cada instante para vencer nuestra soberbia y orgullo y, abajándonos humildemente, perdonar en la misma medida que somos perdonados. Porque así también nuestro Padre nos perdonará a nosotros. Nuestros pecados serán borrados al mismo tiempo que dentro de nosotros nos abrimos al perdón a los demás.

Es una maravilla cuando descubrimos que está en nuestras manos, con y por la Gracia de Dios, el esfuerzo y la actitud, por mucho que nos cuece y duela, recordando el dolor y la Pasión de Jesús en la Cruz, de tratar de perdonar. Porque esa la verdadera respuesta al Amor de Dios.

lunes, 15 de febrero de 2016

SÓLO SI TIENES MISERICORDIA PERMANECERÁS EN EL SEÑOR

(Mt 25,31-46)


Podrás decir lo que quieras, tal y como hacen muchos políticos, pero si luego no cumples, has engañado. Y el castigo será que luego no te votarán. Con el Señor no será así, sino que el resultado de tu proceder será premiado o castigado de esta manera: Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’. Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’. 

No hay duda que todos desearíamos estar a la derecha. Y eso es posible si practicamos las obras de misericordia. Mientras tengamos vida podemos hacerlo. El tiempo, pues, es oro, y no se puede perder en otras cosas, que aparentemente buenas, pueden distraernos. En eso está ocupado e interesado el demonio. Y esa es la lucha de nuestro particular desierto.

Por eso, también puede ocurrir lo contrario, porque el demonio está en aviso y puede seducirnos para que ocurra esto: Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’. Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’. Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

No da lugar a confusión. Todos resucitaremos. Nadie se quedará en este mundo, pero el resultado no será el mismo para todos, porque sólo los que se esfuercen en vivir según la Voluntad de Dios estarán a la derecha, y los que no, a la izquierda. Y ya vemos que nos ocurrirá.

domingo, 14 de febrero de 2016

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO DESIERTO

(Lc 4,1-13)


No cabe ninguna duda que cada uno de nosotros tiene su propio desierto. Porque el desierto representa el campo donde se libra nuestra batalla de cada día, y dónde somos tentados una y otra vez por el demonio. Jesús no se libra de estas tentaciones que la propia vida nos presenta. El pecado se encarna en la tentación que cada día nos pone a prueba y nos invita a rechazar la propuesta de salvación que Jesús nos trae de parte de su Padre.

Somos humanos y sentimos hambre. A veces, mucha hambre. Hambre de riquezas; hambre de poder; hambre de lujuria y carne; hambre de vicios, placeres, envidias y odio, y, en esos momentos de debilidad, el demonio nos asedia y nos invita a saciar nuestra hambre. Tiene poder y cuenta con suculentas ofertas para seducirnos. Entonces, necesitamos la fuerza del Espíritu de Dios, para, como Jesús, vencer esas tentaciones. No olvidemos que: En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto...

Nosotros también necesitamos al Espíritu Santo, para con Él vencer toda tentación que nos viene del demonio. Porque somos hijos de Dios por medio del Bautismo. Rescatados del pecado por la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesús, el Hijo de Dios Vivo, y salvados por la Misericordia del Padre amoroso en Xto. Resucitado.

Somos tentados con el éxito y la gloria y el poder de este mundo. Nos confundimos y decepcionamos cuando todo empieza a irnos mal. Exigimos que todo nos vaya bien, y, quizás sin darnos cuenta estamos al borde de adorar al demonio con tal que nuestras cosas en este mundo mejoren. «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’». 

El Reino de Dios no es de este mundo. Jesús es el Guía, el Maestro, la Referencia, el Camino, la Verdad y la Vida que nos descubre y enseña por donde y qué tenemos que hacer y vivir. Quizás tengamos, y será muy duro, resistirnos a las tentaciones de poder, de fuerza y de lucimiento. Quizás el tener que humillarnos y ser sencillos y humildes nos sea muy difícil y duro de vencer, pero, en el Espíritu Santo, podemos, tal y como hizo Jesús. «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’».

Necesitamos ser humildes y conscientes de que todo Poder reside en Dios, nuestro Padre. Él es el Señor, Creador de todo lo visible e invisible, y nosotros sus humildes siervos. Y no necesita hacer gala ni signos de prodigios. Todo está consumado en el Hijo, que ya ha proclamado con su testimonio el Poder y el Amor misericordioso del Padre. 

sábado, 13 de febrero de 2016

EL ENFERMO NECESITA MÉDICO

(Lc 5,27-32)

No tendría sentido ser médico sin enfermos, porque la finalidad y fundamental objetivo del médico es curar a enfermos. De esa misión nos habla hoy Jesús en el Evangelio, y se vale del hecho oportuno de ser invitado a comer a casa de Leví, a quién había previamente elegido momentos antes para convertirlo en auxiliar de su medicina.

Todos nosotros estamos llamados también a dejarnos curar, para, luego, contagiar esa salud corporal y espiritual a los demás. El virus del pecado se propaga con facilidad si no somos vacunados por la Gracia de Dios, del Bautismo primero, y por la asistencia diaria del Espíritu Santo. Necesitamos contagiarnos de esa Gracia del Señor para inmunizarnos del contagio mundanal del pecado que vive a su antojo en ese ambiente.

El camino cuaresmal nos invita a luchar contra esos peligros: mundo, demonio y carne. Y no lo hacemos, ni se lucha, aislándonos, sino desde dentro, curando, por la Gracia de Dios, esas heridas y enfermedades que ellos contagian y transmiten. Esas periferias a las que el Papa Francisco nos invita, por y con la Gracia de Dios, a transmitirles el Mensaje y buena Noticia de Salvación que Jesús trae y les ofrece.

No viene Jesús para enderezar lo que está derecho, sino aquello que está torcido. Y, por el pecado, todos nosotros estamos torcidos y necesitados de ser enderezados. Jesús es nuestra esperanza y salvación, y como Leví, queremos ser dócil a tu Palabra y responderte con un "quiero". Toma, Señor, mi vida y sálvala.

viernes, 12 de febrero de 2016

EL NOVIO ESTÁ CON NOSOTROS

(Mt 9,14-15)


Jesús vive y está con nosotros, porque Él lo ha dicho: "Dónde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estaré Yo con ustedes" (Mt 18, 20), y yo estaré con ustedes todos los días hasta la consu­mación de los siglos" (Mt 28, 20). 

Los tiempos cambian y la vida debe adecuarse a esos cambios. Eso sí, lo que nunca cambia es el amor, aunque según los tiempos tengamos que amar de diferente forma. Pero el amor siempre es el amor, y busca el bien de la persona amada. Igual ocurre con el ayuno. Hoy a forma de ayunar es diferente, porque los tiempos son diferentes y porque el Novio permanece con nosotros, Mt 18, 20; Mt 28, 20.

El ayuno de nuestro tiempo nos exige controlar más nuestra lengua, que muchas veces mata a pedradas injuriando, calumniando y criticando al prójimo. Nos vendría muy bien y necesario tener esa clase de ayuno, para habituarnos a ayunar durante todo los años de nuestra vida. El ayuno de nuestro tiempo nos exige sobriedad, renuncias, abnegación, servicio, desprendimiento y estar pendiente de quienes necesitan ayuda y atención.

El ayuno de nuestro tiempo nos pide más oración, más perseverancia, más paciencia y perseverancia. Y, también, más fe. Y para todo eso contamos con la presencia del Señor Jesús, que no se ha ido, que está y permanece con todos nosotros, que nos acompaña y nos fortalece en el camino. Su Espíritu nos alimenta cada día y nos transmite la alegría y el gozo de servir a los más pobres y necesitados.

Nuestro camino es un camino duro, de servicio y sacrificio, pero no triste ni desesperanzado, sino todo lo contrario. Un camino de alegría y esperanza en el triunfo de la Resurrección. Porque Jesús, a quién seguimos, es el Camino, la Verdad y la Vida.


jueves, 11 de febrero de 2016

CAMINO DE SUFRIMIENTO, MUERTE Y RESURRECCIÓN

(Lc 9,22-25)


Es inevitable sufrir en esta vida. No porque queramos, sino porque no queda otra alternativa. Hagamos lo que hagamos llegará un día donde nos visitará el dolor. Ya sea en forma de enfermedad, accidente o de absurdas guerras sembradas por el odio, la venganza o la ambición egoísta. O, también, víctimas de tragedias naturales provocadas por un mundo en transformación.

Sea como fuere, el caso es que la vida es un camino de sufrimiento, de muerte y de Resurrección. Esa es la esperanza del cristiano, soportar con alegría y esperanza la victoria de la vida sobre la muerte. Evitar el sufrimiento es objetivo de todo hombre, pero otra cosa es evitar el sufrimiento por causa de Jesús, porque ese sufrimiento es bueno, busca el bien de todos los hombres. Es ahí dónde radica la diferencia.

No se trata de resignación, sino todo lo contrario. Se trata de negación de uno mismo por entregarse al bien de los demás, por compartir los sufrimientos y pobreza de los demás. Se trata de seguir a Jesús y hacer el esfuerzo de vivir como y según Él vivió. Y el camino que recorrió Jesús es un camino de cruz y de muerte, pasando por el dolor y sufrimiento, tanto propio como por los demás.

Pero en su Camino, Jesús nos deja signos de su Poder:  da la vista a ciegos; hace andar a inválidos; sana a enfermos de lepra y resucita a muertos. Jesús nos da testimonio de lo que ha venido a hacer, y de que, enviado por su Padre, ha venido a salvarnos de esa muerte que compartiremos con Él de forma irrevocable. Seguir, pues, a Jesús, es aceptar ese camino, esos sufrimientos y muerte como y por Él.

Este tiempo cuaresmal que acabamos de empezar es una buena ocasión para afirmar o iniciar el camino de conversión que ya recorremos o qué, quizás, queremos iniciar ahora. Creer en Jesús, en su Palabra en el Evangelio,  e iniciar nuestra personal conversión es la gran oportunidad que la Iglesia, en el nombre del Señor, nos presenta ahora en este tiempo cuaresmal.

miércoles, 10 de febrero de 2016

EL ÉXITO DE ESTE MUNDO NO TIENE RECOMPENSA EN EL OTRO


Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18.
(Mt 6,1-6.16-18)

Sabemos que una cosa no se paga dos veces, ni tampoco se premia. Es, por lo tanto, evidente que el éxito cosechado en este mundo no tiene correspondencia en el otro. O dicho de otra forma más conocida: "Quién gana su vida en este mundo, la perderá para el otro". Es coherente entender que lo bueno que se hace en este mundo, se debe hacer lo más discreto posible. Al menos, no con la intención de que sea visto y que nos sirva para lucirnos, ser halagado o aplaudido.

Hoy, en el Evangelio, la Palabra de Jesús, el Hijo de Dios, nos lo aclara y descubre:  «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. 

Más claro agua. Experimentamos que dentro de nosotros sentimos lo contrario. Un deseo de dar a conocer las cosas buenas que hacemos para ser halagados y aplaudidos. Es una tentación constantes. Nos gusta que se hablen de nosotros respecto a las cosas buenas que hacemos; nos gustan que nos aplaudan y que nos tengan por personas buenas. Pero, quizás a la hora de arrimar el hombre y darnos en servicio damos un paso atrás y nos evaporamos. Nos gustan los aplausos, pero no tanto el trabajo que los produce.

Se trata de, no esconder lo bueno que haces, sino de no hacerlo con la intención de ser visto. Jesús nos lo dice así: Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Se trata de hacer las cosas por Cristo y en Cristo. Él es el artífice y verdadero protagonista de todo. Como diría Juan Bautista, no somos dignos de desatarle el cordón de su sandalia. Porque, si actuamos para ser visto, ya tenemos el premio de los aplausos y las consideraciones y halagos de los de este mundo. No es justo, ni merecemos ser premiados otra vez. Además, ya hemos recibido el premio, así que no nos corresponder esperar otro.

Hagamos nuestras obras en la presencia del Señor. Él es nuestro verdadero público, y sólo por Él debemos actuar, sin importarnos nada ni nadie más. Simplemente nos basta que nuestro Señor nos vea y le agrade nuestro actuar, porque nos esforzamos en hacer su Voluntad.

martes, 9 de febrero de 2016

LA FACILIDAD DE ENGAÑAR O DEMAGOGIA

(Mc 7,1-13)


Distorsionamos con mucha facilidad la realidad, y nos justificamos auto engañándonos. Nos agarramos a las normas y prácticas, y damos con eso por zanjado el tema. Es mucho más fácil dar una limosna, que atender realmente las necesidades del indigente. Y, al mismo tiempo de ser fácil, aparentamos ser buenas personas y fieles cumplidores. Pero la ley no es lo realmente importante, sino el espíritu de la ley.

Porque, ponemos a nuestros padres en una residencia y nos quedamos tan tranquilos y satisfechos. Hemos cumplido con nuestro deber, nos decimos, y nos liberamos de esa responsabilidad y cuidados. Nos fijamos en lo externo, en las leyes y los cumplimientos, pero olvidamos el espíritu, la verdadera intención del corazón y el amor. Es verdad que hay momentos, situaciones y circunstancias que nos obligan a delegar los cuidados de nuestros padres en residencias u otras asistencias, y, posiblemente sea lo mejor, pero eso no nos exime de estar atentos y pendientes de ellos.

Podemos dedicar mucho tiempo, de nuestro tiempo, a estar con ellos. Podemos hacerle compañía y oírle con paciencia de escucha; podemos compartir sus inquietudes, su vejez, sus últimos momentos y estar a su lado. No se trata de cumplir lo exigido, sino de vivir la misma vida que ellos han dado por nosotros. Porque si no somos capaces de responder a ese amor y vida que ellos nos han dado, ¿cómo seremos agradecidos y con la respuesta que nuestro Padre Dios espera de nosotros?

Las leyes escritas son obras de hombres, porque la Ley de Dios está inscrita y sellada en nuestros corazones. No podemos, con las leyes de los hombres, sustituir la ley de Dios, dejando su Voluntad por la voluntad de las leyes humanas. Leyes humanas imperfectas, viciadas por la debilidad humana que miran más sus intereses egoístas que el lado fraterno del amor. 

Nos gustan recetas y normas que den un detallado cumplimiento de la ley, que duerman nuestra conciencia y, aparentemente nos presentan como buenos cumplidores, y nos libran del verdadero amor del compartir, del permanecer al lado del que sufre, llora y necesita nuestra compañía, no nuestro dinero o cumplimiento.

Quizás sea esa hoy nuestra verdadera plegaria, para que el Señor nos dé la Gracia de vencernos y darnos tal y como nos enseña Él. Porque hemos sido creados a su imagen y semejanza.

lunes, 8 de febrero de 2016

HOY ESTAMO MÁS CERCA

(Mc 6,53-56)

El Señor está con los brazos abiertos y a disposición nuestra. Sólo tienes que atravesar la puerta de una capilla de adoración perpetua, o iglesia y visitarlo en el Sagrario. Jesús está allí presente de forma espiritual bajo la especie de pan. Él se da  para convertirse en nuestro alimento y fortalecernos en el espíritu para vencer y liberarnos de la esclavitud del pecado.

Quizás ayer lo teníamos más difícil. Había que buscarlo, y aunque nos parecía estar más cerca porque está presente como Hombre en su Naturaleza Humana, no era fácil seguirle por los caminos y saber donde estaba. El Evangelio nos dice que dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.

Sin embargo, hoy está al alcance de nuestra mano. Podemos tocarlo en la Eucaristía, bajo la especie de Pan, y entrar en contacto con Él alimentándonos con su Cuerpo espiritualmente. Y ser curados de la esclavitud corporal de nuestro cuerpo, de sus apetencias y su humanidad pecadora. El Señor puede transformarnos y convertir nuestro corazón apegado y débil, en un corazón despegado, libre y entregado al servicio de los demás. Un corazón amoroso esforzado en amar al estilo y semejanza de Jesús.

Buscar al Señor para ser curado, hoy está más al alcance que ayer, porque Jesús se ha quedado entre nosotros para que le toquemos y, creyendo en Él, seamos curado de nuestros egoísmos individual y capaces de vivir en fraternidad y desprendimiento. Ese es nuestro reto, y podemos conseguirlo permaneciendo junto al Señor y creyendo en Él. 

Y lo hacemos si tratamos de vivir según su Palabra y permanecemos junto a Él, para, alimentándonos de su Cuerpo y su Sangre, dejarnos convertir y curar de nuestras heridas egoístas.

domingo, 7 de febrero de 2016

EL PODER DEL SEÑOR

(Lc 5,1-11)


La Palabra de Jesús atrae, entusiasma y siembra deseos de escucharle. Jesús atrae multitudes y en el Evangelio de hoy pide a Pedro que retire un poco la barca para, subida en ella, predicar y enseñar a la gente, que se agolpaba en torno a Él. La Palabra del Señor gusta de ser oída y la muchedumbre se agolpa junto a Él para escucharle.

Sucede que cuando Jesús acabó de hablar, dice a Pedro: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. 

En tu Palabra echaré las redes. Quizás esa sea la lección que debemos guardar en nuestro corazón. Pedro estaba cansado de pescar toda la noche, y sin resultados. Igual nos ocurre a nosotros. Estamos cansados de la lucha de cada día sin resultados. A la menor debilidad tropezamos y caemos en las redes del pecado. Por otro lado, nos cansamos de proclamar y experimentamos que no damos la talla, o que no conseguimos ni un pez que entre en nuestra red. ¿Qué hacer, y qué camino tomar?

La pesca milagros nos despierta y nos levanta nuestra mirada: Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

También nosotros nos sorprendemos y quedamos asombrados. Pero, el Señor nos calma porque Él sabe quienes somos y ha venido precisamente para salvarnos y liberarnos del pecado. La pesca milagrosa nos despierta y nos dice que todo depende del Señor. Sin Él no pescaremos, y, por eso, no debemos desesperar por nuestro aparente fracaso, tanto en lo que se refiere a nuestro lucha propia, sino también en cuanto a los resultados de nuestra evangelización. El Señor está con nosotros, y si creemos en su Palabra, como Pedro, la pesca será abundante cuando el Señor lo crea oportuno.

Porque el hombre busca realmente el alimento que Jesús proclama, el Pan de Vida Eterna que nos regala el gozo y la plenitud junto a su lado.

sábado, 6 de febrero de 2016

DESCANSAR PARA TRABAJAR

Mc 6, 30-34


El esfuerzo supone y exige descanso. Pero no un descanso cualquiera, ni de cualquier forma, porque muchas veces descansamos cansándonos más. Me explico: tomamos vacaciones con la intención de descansar, pero resulta que nos cansamos más al vivir unos días intensos de fiestas, visitas y viajes, y eso da como resultados cansancio y agotamiento.

Pero lo peor es que nos descentramos y desorientamos saliendo de nuestro entorno fundamental en cuanto al Señor se refiere, y alejándonos de su presencia. Sin darnos cuenta, nuestro descanso nos desubica y nos aleja del Señor, buscando el relax y el relajamiento en y con las cosas del mundo, que, no siendo malas, si pueden distraernos y acomodarnos durmiendo nuestra relación con el Señor.

El mundo puede convertirse en un peligro con sus ofertas tentadoras y persuasivas, porque no nos hablan de Jesús, sino que nos ofrecen vivir nuestra propia vida, placentera y cómoda, sin preocuparnos de los demás, y sólo poniendo el énfasis en tu propio bienestar. Ganar la vida de este mundo, desprende la consecuencia de perder la verdadera y eterna del otro.

El Evangelio de hoy nos enseña y descubre como Jesús invita a los apóstoles a retirarse a descansar a un lugar tranquilo y solitario, en su presencia. El descanso es necesario, pero nunca lejos del Señor. Porque en Él encontramos la paz que buscamos y que nos repone nuestras fuerzas, esperanzas y nos conforta para de nuevo emprender la lucha. Se hace necesario descansar del ajetreo de la lucha diaria, pero con un descanso centrado en el Señor. Apoyado y confiado en su presencia y abandonado a su Bondad y Misericordia.

No nos dejemos influir por las ofertas del mundo y el descanso, apoyados en fiestas, juergas, alcohol y excesos que desembocan en pérdida de nuestra identidad y alejamiento de Dios. El verdadero gozo y alegría no está en las fiestas y descansos según el mundo, sino en apoyarnos en el verdadero gozo del Espíritu de Dios.

viernes, 5 de febrero de 2016

JESÚS NO PASA DESAPERCIBIDO

Mc 6, 14-29

Jesús no es un cualquiera ni pasa desapercibido. Su fama es notoria, y cuando alguien tiene fama debe ser por alguna causa. En el caso de Jesús se debe a la autoridad con la que habla y a sus muchas curaciones y milagros. Sin embargo, nadie sabe quién es o de donde viene. Muchos creen que es Juan el Bautista resucitado; otros que Elías, y otros, algún nuevo profeta.

La pregunta está en tu cabeza: Y tú, ¿quién crees que es Jesús? Porque eso es lo importante y lo que dará respuesta a tu vivir y actitudes. Sabemos que le había ocurrido a Juan Bautista por actuar en verdad y denunciar al rey Herodes su casamiento con Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Herodes lo había decapitado a manos de un verdugo.

Jesús se hace notar, y eso debe apercibirnos de que estamos delante de Alguien muy importante. Alguien que despierta inquietud en la gente que le oye y escucha sus palabras, o que son curadas por Él. Jesús no pasa desapercibido y nos invita al arrepentimiento, a la conversión y a creer en Él. Por lo tanto, fuera de todos esos acontecimientos, lo que queda es nuestra decisión y discernimiento. ¿Es Jesús un nuevo profeta, Elías o Juan Bautista?

Fuera de toda duda, Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías esperado, porque los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados y los muertos resucitan. Jesús viene, enviado por el Padre, a rescatarnos y a salvarnos del pecado. Es el anunciado por Juan Bautista, y por el que él da su vida anunciando la Verdad y la Justicia.

También nosotros estamos llamados a proclamar esa verdad, sin tapujos, sin oscuridades, sin miedos. Dispuestos a dar nuestras vidas por proclamar el Reino de Dios. Y es que cuando conocemos al Señor, no podemos defraudarle sino seguirle y esforzarnos en parecernos a Él.

jueves, 4 de febrero de 2016

ENVIADOS A EVANGELIZAR

(Mc 6,7-13)


No vamos a evangelizar por nuestra cuenta o decisión. Somos enviados a evangelizar por el Señor: En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Eso supone que nosotros, por nuestro Bautismo, también somos enviados por la Iglesia a cumplir con el mandato del Señor. Cada cual en el lugar que ha sido colocado y en el ambiente en el que se mueve.

Y no vamos de cualquier manera, sino auxiliados por el Espíritu Santo que nos acompaña y nos asiste. Eso nos conforta y nos da seguridad. Y pone en nuestra boca las palabras que necesitamos para proclamar el Evangelio. Es posible que todos no estén destinados a evangelizar de la misma forma, pero sí que todos estamos llamados a evangelizar. Cada uno con sus dones, talentos y circunstancias, pues la mies es mucha, y se necesita muchos obreros para atenderla y de diversas formas.

La escuela, el hospital, la parroquia, el trabajo profesional, el tiempo de ocio, el deporte, la familia, la cárcel, la política...etc., son campos y circunstancias donde podemos proclamar el Evangelio con el servicio de nuestra propia vida, actuando como todos esperan de nosotros. La verdadera evangelización se hace con la vivencia propia de la vida, y cuando sea necesario, también con la palabra.

Quizás estemos ciegos y no apreciemos la alegría, la esperanza y las renovadas ganas de vivir que damos cuando compartimos nuestra fe. ¿No es eso curar? ¿No es eso expulsar demonios? ¿Cuántas personas se han levantado y renovado su vida al oír una palabra o observar un buen testimonio? El Espíritu de Dios va con nosotros y nos ilumina, nos da poder para expulsar demonios y curar enfermedades, porque es Palabra de Dios. Y se realiza en todos aquellos que, abandonados a su Espíritu, abren su corazón y se ponen en sus Manos.

Es posible que no ocurra como nosotros deseamos, pero testimonios no faltan de muchos que, de repente experimenta un impulso en su interior que le hace volver de nuevos a la vida y a la esperanza de que estamos llamados a la eternidad.

miércoles, 3 de febrero de 2016

UNA FE DESCAFEINADA

(Mc 6,1-6)

Nuestra fe no debe ser mucha, porque nos cuesta creer en Jesús. Es verdad que decimos que creemos, pero luego nuestra vida no refleja claramente esa fe. Posiblemente, no somos capaces de cambiar el mundo o superar las leyes naturales, porque nuestra fe es débil. Jesús nos ha dicho que si tuviéramos la fe de un grano de mostaza, moveríamos montañas. Luego, ¿quién falla? ¿La Palabra de Jesús o nosotros?

Está claro, somos nosotros, hombres de poca fe, los que no terminamos de creer en Jesús. Al menos lo suficiente y necesario para transformar nuestras vidas y transmitir el Evangelio. Las situaciones se repiten, y también, en su tiempo, Jesús vivió esa experiencia. Sus propios paisanos no le creyeron, y, por eso, no pudo hacer ningún milagro en su propio pueblo, a excepción de algunos enfermos a los impuso las manos.

Jesús se extraña de esa desconfianza y falta de fe. Ocurre también en nuestro tiempo que no nos dejan ni hablar, y cuesta mucho mover las ideas y sacarlas de las cabezas. El orgullo y la soberbia se encargan de evitar cambios y transformaciones, pero también la falta de fe. Creer en Jesús es fiarse de Él, a pesar de que las cosas en mi vida no mejores, ni el panorama se aclare.

¿Acaso Él l tuvo favorable y fácil? ¿Fue bien recibido y atendido, o criticado e insultado? Hasta el momento de su Muerte, Jesús había sido abandonado por todos, a excepción de su Madre, el apóstol Juan y algunas mujeres. Su fracaso aparente estaba presente. Todos se marcharon o escondieron, precisamente porque les faltaba la fe. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros? Seguramente lo mismo. La fe brillaba por su ausencia. Sólo María se mantuvo firme al pie de la Cruz.

No nos debe extrañar que nuestra fe sea incipiente y débil. No nos debe extrañar que Jesús se retire al ver nuestra apatía, inmovilismo y desinterés. Nos toca a nosotros mover ficha y abrirle nuestro corazón a Jesús. La fe es reto y riesgo, porque es creer en alguien que no parece que nos arregla los problemas de la vida, pero que nos da la esperanza de vivir plenamente feliz y eternamente.

Y esa es la cuestión. Él venció a la muerte, y nos promete que quién crea en Él, también la vencerá. Ahí está el dilema, creer o no creer. O simplemente, creerlo a media. Y dependiendo de eso, tu vida será más o menos entregada, comprometida o acomodada.