ÚLTIMAS REFLEXIONES

ÚLTIMAS REFLEXIONES

DE DODIM A AGAPÉ

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martes, 31 de octubre de 2017

PERSEVERANCIA Y PACIENCIA

Lc 13,18-21
Cada día te asomas al jardín y ves que todo sigue igual. Esa semilla que tú has plantado hace ya días sigue igual. Aparentemente no sucede nada, pero no es así, se mueve y crece pero no es visto por tus ojos. Sus movimientos y crecimientos no están al alcance de la vista humana. Y ese crecer escondido es posible que te vaya cansando y hasta te desanime.

Realmente, todo sucede así. Hasta nos parece que los días se repiten y la quietud aparente llega a cansarnos y a experimentar en nosotros un tedio insoportable que nos invita al rechazo o a la indiferencia. En esos momentos estamos en la antesala del abandono, de la ruptura o del cambio irreflexivo y disparatado. Es el clima que el Maligno busca para asediarnos y tentarnos. Es la estampa del desierto que nos tienta a satisfacer nuestra sed mundana, pasional, egoísta y de pecado.

El Reino de los cielos se hace llegar, y tarda su tiempo. La semilla crece despacio y necesita tierra, agua y sol para arraigar, morir y dar frutos. Nuestra vida necesita tiempo, días y horas para vivir en la oración, en la renuncia y, sobre todo, en la Eucaristía. Necesita tiempo para que ese corazón convertido se fortalezca, se humille y se entregue al amor. Sí, el Señor ha retratado el semblante del Reino de Dios.

En aquel tiempo, Jesús decía: «¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». Dijo también: «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo». 

Por lo tanto, no nos desanimemos ni desesperemos. Seamos pacientes y aunque veamos que no llueve, y en estos momentos lo necesitamos, pensemos que Dios sigue ahí, no se ha marchado. Y Él nos sigue queriendo salvar. Somos sus hijos. Por lo tanto, estemos también nosotros firmes, perseverantes y pacientes, seguros de que el Señor nos salvará.

lunes, 30 de octubre de 2017

CUMPLIMIENTOS EN LA SUPERFICIE

Lc 13,10-17
El hombre necesita leyes porque necesita controlarse y motivarse en la disciplina. Las leyes le ayudan a mantener una perseverancia y constancia en el orden y la convivencia. Y leyes que se apoyen en la verdad y la justicia. Situación que muchas veces no consiguen de forma plena. Así, hay muchas leyes productos de intereses y conveniencias que no ayudan a crecer y a mejorar la justicia ni la verdad.

Porque, toda ley debe ir en busca del bien del hombre, y nunca en posponerlo detrás de ella. La ley es ley cuando se hace para ayudar al hombre y facilitarle su camino hacia la felicidad, que es precisamente su bien y su meta última. Por lo tanto, no se entiende que un jefe, elevado a esa categoría, pueda rechazar el bien de sus subordinados. Nunca la ley puede estar primero que el bien del hombre respecto a la verdad y la justicia.

Pero, experimentamos que eso sucede también hoy en día. Muchos jefes, nombrados por otros, utilizan y ponen leyes para su provecho, olvidando el bien y la verdad para lo que han sido nombrados. Sin embargo, cuando se trata de algo personal y para su provecho vulneran la ley o la modifican con respecto a sus intereses. Así ocurrió aquel día cuando Jesús curó a aquella mujer encorvada durante dieciocho años.

¿Es que se puede tratar mejor a los animales, perimitiéndoles su movilidad y trabajo en sábado, ante que a las personas? ¿No está la ley cumpliendo mal su finalidad? Quizás, también nosotros podemos preguntarnos sobre nuestras leyes y sobre nuestras aplicaciones de las mismas. Experimentamos, como decía el Evangelio de ayer, que será el amor la Ley única que contiene a todas las demás.

domingo, 29 de octubre de 2017

AMA A DIOS Y AL PRÓJIMO COMO TE AMAS TÚ MISMO

Mt 22,34-40
Diríamos que tenemos que aprender a amarnos y desde ese aprendizaje proyectarnos en y a los demás. Porque, si amamos a los demás tal y como nos amamos nosotros mismos, la Voluntad de Dios la estamos cumpliendo y llevando a buen termino. Ahí reside la dificultad, querernos tal y como queremos a los demás. Y eso se hace duro y difícil, porque choca con nuestro egoísmo, nuestra humanidad limitada, egoísta y pecadora.

No cabe duda que lo primero es amar a Dios, porque, amando a Dios, desde ahí es como podemos llegar a amar al prójimo. Por eso, aunque propone que es semejante, no hay ninguna duda que es el primero, pues sin Él no se puede lograr el segundo, amar al prójimo. La fuerzas y las virtudes que necesitamos para soportar, ser paciente, desprendido y generoso no están en nosotros, sino en Dios. Y necesitamos que Él nos las dé gratuitamente, porque no nos las merecemos.

Nuestra oración cobra sentido, porque siempre estaremos necesitados de pedirle al Señor que nos dé capacidad para, siendo desprendidos, amar al prójimo. Un prójimo que muchas veces no tendremos ganas, ni deseos de amarlo; un prójimo que en ocasiones no experimentaremos ni sentiremos deseos de atenderle, de aguantarle y, menos, soportarle. Por eso, descubriendo como nos ama el Señor y como nos perdona, recibiremos también, por su Gracia, fuerza y ánimo para amar así nosotros.

No hay otra Ley ni otro camino. Toda la Ley y los Profetas está contenida en estos dos mandamientos, lo que significa que de no estar en esta línea y en esta actitud todo lo demás no nos vale de nada. En el atardecer de tu vida sólo te juzgaran del amor. Así que todas nuestras oraciones y esfuerzos deben ir dirigidos a gastar nuestro tiempo en saber realmente amar. Y eso empieza por desgastarnos nosotros mismos y, renunciando a nuestros egoísmos, darnos en provecho y bien de los demás. 

No se trata de satisfacer caprichos y egos personales y de otros, sino de buscar el bien, la verdad y la justicia en aras de que los demás sean tratados como a ti te gustaría ser tratado.

sábado, 28 de octubre de 2017

EL HILO QUE NOS MANTIENE, LA ORACIÓN

Lc 6,12-19
La amistad está basada y apoyada en la frecuente relación. Experimentamos que en la medida que nos vemos, hablamos, compartimos, es decir, nos relacionamos, nos vamos conociendo y la confianza empieza a nacer entre las personas. Confianza que hay que cuidar desde el respeto y la verdad y que va estableciendo una relación que da origen a la amistad.

En clave cristiana eso se llama oración. La oración es el hilo conductor que nos une con Xto. Jesús y que establece un diálogo que nos sostiene unidos al Señor y nos permite relacionarnos con Él. De esa relación nace la amistad y la confianza, y su frecuencia nos unirá profundamente. Está claro que sin relación, es decir, sin diálogo u oración, la confianza no llega a nacer ni a desarrollarse. Necesita, como la semilla, hundirse en la tierra de tu corazón, y morir para dar frutos. Ese morir a la rutina con el riego del agua de la perseverancia y la fe confiada en el Señor.

Los frutos de esa relación, sostenida en la oración, son la amistad y la confianza. También el mutuo conocimiento, que hace que nuestra fidelidad sea cada vez más firme y gozosa. Y de esta confianza y conocimiento nace la elección. El Señor te llama a cada instante de tu vida. Mejor, diría, el Señor nos llama a cada instante de nuestras vidas, pero, solamente esa llamada puede ser atendida por ti, o por mí cuando aceptamos el estar disponibles y abandonados a y en sus Manos.

Simplemente, porque Él no te va a violentar, ni a exigir, ni a presionar. Serás tú y yo solos quienes daremos el paso de relacionarnos con Él. Entonces podemos considerar que la llamada ha sido escuchada y aceptada. Somos libres y el Señor, puede y lo hace, nos ilumina, pero no nos fuerza. Así respondieron esos apóstoles mencionados hoy en el Evangelio. Aceptaron, sin entenderlo mucho, su llamada y se abandonaron en sus Manos.

Todo empezó tras una relación de algunos años y un compartir que generó un conocimiento. Un conocimiento que dio lugar a una amistad que, aún hoy sigue vigente y actualizada. Estás tú, y también yo dispuesto a aceptar esa llamada. Pues, ahora mismo, abramos nuestros corazones y pongámonos en sus Manos. Jesús, pacientemente, espera nuestra respuesta.

viernes, 27 de octubre de 2017

CAPACIDAD DE OBSERVACIÓN

Lc 12,54-59
Es posible que mirando hacia el horizonte seamos capaces de sopesar que por aquel lugar está lloviendo. Y llegamos a esa conclusión porque observamos muchas nubes y un tiempo oscuro que promete lluvias. Cada vez sabemos más del tiempo. En la actualidad los meteorólogos nos previenen el tiempo con bastante antelación y nos preparamos para soportarlo y capearlo.

¿Cómo no se nos ocurre reflexionar y explorar este tiempo en el que vivimos? ¿Cómo no discernimos sobre lo que es bueno o no, sobre lo que es justo o no? ¿Cómo no diálogamos para entendernos y hacer las paces antes de enfrentarnos y correr el riesgo de ser encarceladod? El Evangelio de hoy nos previene y nos invita a observar el tiempo de nuestra vida y la dirección que tomamos. Porque, en eso nos va la vida, la verdadera y única vida, la que es eterna.

Se hace necesario pensar que camino andamos en este mundo y a dónde nos dirigimos. Es de vital importancia discernir nuestros actos y nuestro tiempo y preguntarnos qué pintamos y a dónde vamos. Nos preocupamos por el  metereológico, pero, ¿por nuestro tiempo vital? ¿Qué pensamos sobre nuestra vida y nuestro tiempo de vida?

¿Podemos, acaso, descubrir el sentido de nuestra vida nosotros mismos? ¿O necesitamos de Alguien para que nos ilumine y nos enseñe el verdadero camino de felicidad que buscamos? Porque, ¿está en este mundo esa felicidad que buscamos? Y si está, ¿es eterna? Porque, no nos serviría de mucho una felicidad construída sobre barro, que hoy se sostiene, pero mañana se hunde. Una felicidad pasajera y temporal.

Buscamos una felicidad plena y eterna, y esa felicidad no está en este mundo. Lo sabemos, pero tenemos que movernos y ponernos en camino. Eso implica observar y fijarnos y discernir cada instante y cada paso de nuestro tiempo en este mundo. Tengamos presente este pensamiento. Necesitamos fijarnos, no sólo en el tiempo de la tierra y del cielo, sino en el camino que, en el tiempo de nuestra vida, recorremos hacia ese lugar de felicidad eterna.

jueves, 26 de octubre de 2017

EL FUEGO DEL DESEO

Lc 12,49-53
No cabe ninguna duda que los deseos nos impacientan en la medida que su realización se lentifican o se atrasan. Y eso nos acalora y nos pone a arder. Echamos humo, solemos decir, cuando estamos nerviosos y desesperados por algo concreto que hemos pensado hacer y no sale.

Jesús viene a poner un mundo en movimiento, a darnos una Buena Noticia de Salvación, y se preocupa hasta tal punto que se expresa de esa manera: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

¿Y no nos pasa eso? Experimentamos en nuestras propias familias las divisiones que hay. Divisiones de credos y de fe. Experimentamos como por ambiciones se llega hasta el odio y como se ausenta el amor entre padres e hijos y demás familiares. Como se separan amigos, grupos y hasta comunidades por razones de creencia. En este sentido, el Señor nos dice que tenemos que estar siempre en activos, en movimiento, en camino, porque el que se para ha terminado y ha dejado de arder.

Nuestro fuego tiene que estar vivo siempre. Para eso ha venido el Espíritu Santo, para prender fuego a nuestro corazón y lanzarlo al camino del amor con verdaderos deseos de evangelizar, de dar la Buena Noticia de Salvación. Porque estamos salvados por esa hermosa Alianza que ha hecho el Señor con todos nosotros. Una Alianza derramada con su Sangre que nos perdona todos nuestros pecados y desidias.

No tardes, ponte ya en camino y muévete. Si, por el contrario estás parado, pide ayuda a la comunidad, al amigo que camina en buena dirección y a la Santísima Virgen, Madre de esperanza que nos anima a seguir adelante.

miércoles, 25 de octubre de 2017

REALMENTE, ¿A DÓNDE VAMOS? ¿Y ESTAMOS PREPARADOS?

Lc 12,39-48
Recuerdo que cuando pequeño, en mi tiempo, se oía mucho lo de, "Dios te castiga e irás al infierno"; "no hagas eso porque Dios te castiga". De alguna forma, aunque no la adecuada, te ponían en guardia y te avisaban que habían cosas que podías estar haciendo mal y Dios te esperaba. Afortunadamente, eso no es así y con el tiempo ha ido corrigiéndose. El Dios creador y el de la Alianza es un Dios lleno de Amor y Misericordia, y eso nos llena de esperanza y alegría.

Pero, será un error quedarnos con esa imagen, quizás algo torcida o desviada. Un Dios que perdona todo y que no exige nada. Es de sentido común que eso no es así. Dios exige unos mandatos. Para eso te ha hecho libre, para que tú puedas decidir y elegir el camino. Un mandato que contiene todo lo demás, porque quien se esfuerza en amar se exige un buen comportamiento que se apoya en la verdad y la justicia.

Y quien navega en esa dirección está siempre sosteniendo su nave en buen rumbo y con buena intención. Luego, en esa actitud coincides con ese administrador que hoy nos dice Jesús en el Evangelio: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles».

Es la segunda actitud, la del siervo que, viendo que su amo tarda, se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber... Es esa la actitud que debemos desterrar y deponer, y tomar la otra, la de estar preparado viviendo el mandato del amor. Porque, el Señor, no nos avisará y vendrá cuando menos lo pensemos. Por lo tanto, estemos atentos y preparados.

martes, 24 de octubre de 2017

VIVIENDO EXPECTANTES A TU LLEGADA

Lc 12,35-38
Lo verdaderamente importante en la vida eres Tú, Señor, y, para mí, lo más grande que puedo hacer es estar atento a tu venida, que será el día de mi hora final en este mundo. Ni que decir tiene que será el día más glorioso de mi vida. ¡Qué dicha esperar así la hora de la muerte!

Sí, sé ciertamente que eso pocos lo entienden, y que me tacharán de loco, incluso en mi propia familia. La gente está atenta a las cosas del mundo, un mundo caduco que desaparecerá. No significa esto que, mientras estemos aquí abajo, no tengamos que estar pendiente, luchar y trabajar por las cosas de este mundo. Sobre todo tratar de mejorarlo, pero otra cosa diferente es estar pendiente de él como si nos fuera la vida en ello.

Quien importa es el Señor y Él es lo primero, porque de Él depende todo lo que está y no está contenido en el mundo. Precisamente, nuestro principal y verdadero mundo empieza cuando le abramos la puerta de nuestra vida a Él. Y eso ocurrirá en el momento final de nuestra vida en este mundo. Entramos en el otro, y eso dependerá mucho de cómo hayamos gastados nuestro tiempo y de cómo lo hayamos empleado. Nadie podrá abrir la puerta por ti. Estás solo ante Él, y sólo a Él rendirás el empleo de tu tiempo y de tu amor.

¡Que importante será estar preparado y vigilante! Y eso significa estar atento a su Palabra y al esfuerzo de cada día por vivirla. Vamos deprisa el encuentro con Él. Nuestra vida corre velozmente y su recorrido por este mundo se acaba. Llega la hora de empezar el verdadero tiempo eterno de nuestra verdadera vida, y eso dependerá mucho de cómo hayamos gastado nuestro tiempo. Y, para gastarlo bien, necesitamos estar pendiente del Señor, de su Palabra y de la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Estar atento es vivir pendiente de la puerta, de esa puerta de nuestro corazón entregado al Señor y vigilar para estar preparado para cuando nos llame. Y nos preparamos tratando de vivir cada instante en el esfuerzo de amar entregando la vida en beneficio del bien, la verdad y la justicia.

lunes, 23 de octubre de 2017

LA AMBICIÓN ROMPE EL SACO

Lc 12,13-21
La sabiduría popular es, valga la redundancia, sabia y acierta con sus refranes y sentencias. La ambición rompe el saco es una sentencia cierta, y la experiencia e historia de la vida nos lo corrobora en cada momento. Seguramente, ahora en muchas partes del mundo hay bastantes familias enfrentadas por el reparto de la herencia que han recibido. Pero, no sólo familias, sino también empresas, pueblos y naciones.

La ambición rompe el saco y el hombre se disputa y arriesga su vida por bienes materiales que no le llevan a ninguna parte. Porque, cuando más fuerte y poderoso se cree, todo se acaba en un instante. Luchamos hasta el punto de enfrentarnos por bienes caducos que, tan pronto como los poseemos desaparecen. La parábola que Jesús nos pone hoy nos lo aclara meridianamente: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis...

Sabemos, si leemos la parábola, como termina. Posiblemente la conocemos, pero, la pregunta es, ¿nos la aplicamos? Porque, de nada nos vale conocerla si luego no tratamos de aplicarla a nuestra vida. Nuestra vida, como también todo lo que poseemos no nos pertenece. Si lo tenemos es para compartirlo en función de las necesidades. Ese desprendimiento nos ayudará a amar, porque el amor es darse, y darse consiste en desprenderse en favor de los demás.

Tengamos en cuenta que nuestra vida depende de un hilo. Un hilo que puede cortarse en cualquier momento, y conviene estar agarrado al verdadero hilo que nos sostiene. Ese hilo que nos une con Dios y nos salva de quedar desligado de su Misericordia y quedar precipitado a la condenación eterna. Sólo vale una cosa, y es aquella que pone todo en orden a enriquecernos de Dios. Porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida. 

domingo, 22 de octubre de 2017

A CADA CUAL LO SUYO

Mt 22,15-21
Hay muchas malas intenciones que esconden trampas para descubrir y dejar en evidencias a otros. Sobre todo cuando ese otro dice cosas que molestan y delatan a aquellos que actúan mal intencionadamente. Es el caso que nos ocupa hoy. El Evangelio describe como los fariseos quisieron sorprender a Jesús y tratan de ponerlo en un aprieto.

«Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?».

La pregunta tiene miga y trampa. Si se admite que no es lícito, consiguen lo que se han propuesto, es decir, poner a Jesús contra el Cesar; si contesta que es lícito, quedan satisfechos al conseguir lo que se proponían. Es una situación difícil y la han pensado muy bien. Pero no se imaginan la respuesta con la que les responde Jesús. Si la moneda lleva la imagen del Cesar, darle lo que le corresponde, y a Dios lo que es de Dios. Todo en su sitio.

Y es que en la vida debemos ser justo y cumplir con nuestras obligaciones y nuestras leyes. Hay unas leyes y tributos que debemos cumplir, pero Dios está por encima de todo y es Él precisamente quien nos invita a ser justos y honrados. Porque, dar a Dios lo que es de Dios es y significa que debemos ser responsables, solidarios, honrados y justos con todas nuestras obligaciones y compromisos.

Y tenemos un gran compromiso desde el día de nuestro Bautismo. Un compromiso de amar. Amar a Dios por encima de todo y al prójimo como Jesús nos enseña a amar. Y es eso lo que debemos de dar a Dios, porque eso es lo que nos pide y lo que quiere que hagamos para darnos y llevarnos a la Gloria Eterna.

sábado, 21 de octubre de 2017

APOYADOS EN EL SEÑOR

Lc 12,8-12
Sería absurdo emprender el camino contra corriente sin la seguridad y protección del Señor. El camino de seguimiento al Señor es un camino duro y lleno de obstáculos. Nos lo ha dicho Él desde el principio y su Vida así nos lo ha demostrado. Sólo describir su Pasión deja todo muy claro. 

Nosotros, los que creemos en Él y queremos seguirle debemos emprender el mismo camino, y no lo lograremos sin Él. Nuestras fuerzas, limitadas y débiles, heridas por el pecado, sucumben ante la seducción que el mundo nos presenta. Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo para salir victorioso de esa prueba, porque con Él seremos invencibles.

Hoy, el Evangelio, nos habla del compromiso de Jesús con todos aquellos que se declaren a favor de Él, y que arriesguen sus vidas por defenderle:  En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios».  Y eso significa que no estamos solos. Nos lo ha dicho muchas veces, pero hoy da la cara por nosotros. Sabernos defendidos por el Señor es algo que nos da mucha alegría y nos llena de fuerza y poder para continuar entregándonos sin condiciones en la medida de nuestras posibilidades.

Es gozoso sentirte defendido por Jesús. Su Palabra y su presencia nos llena de su Gracia y nos fortalece para emprender la misión encomendada. Pero, también nos advierte de lo contrario. Si miramos a otro lugar, si, obedeciendo a nuestros miedos y temores, deponemos nuestra lucha y abdicamos ante las seducciones que el mundo nos ofrece, estamos perdidos. Nos quedaremos sin defensa del Señor y a merced del príncipe del mundo.

También nos aclara que el pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado, porque sin Él no podremos salvarnos. Y es que no dejarle entrar en nuestros corazones significa rechazarle y ponernos en manos del mundo. Sería renunciar a la fuerza que nos ayuda a la lucha de cada día contra el mal. Esa fuerza que recibimos en el día de nuestro Bautismo.

viernes, 20 de octubre de 2017

HAMBRIENTOS DE LA PALABRA DE JESÚS

Lc 12,1-7
Realmente, ¿nos pisamos unos a otros ante el ansia e interés por oír la Palabra de Jesús? Es decir, ¿estamos inquietos y deseosos de oír su Palabra? Porque, ese signo externo, nuestra inquietud, descubre nuestras necesidades por escucharle y descubrir el camino para seguirle y recibir su salvación. Es posible que muchas veces no sintamos ganas de escucharle, pero no confundamos el deseo y las ganas con la necesidad de salvación que está en el Señor.

Porque, sólo escuchándole estamos en el camino de salvarnos. Y escucharle con un corazón abierto, sincero, puro, verdadero y sin segundas intenciones. Todo nuestro sentir y obrar debe ser transparente, sin oscuridades y tapujos. Presentarnos como somos, con deseos o sin deseos; con ganas o sin ganas, sin olvidar que es el Señor quien convierte y quien despierta en nosotros las ganas y deseos. 

Él ha sembrado en nosotros la semilla de la verdad y el deseo de salvación. Nuestros frutos son el amor y la verdad. Lo experimentamos cuando hablamos con alguien, sus palabras quieres expresar lo bueno de su conducta y desnudan sus buenos sentimientos y acciones. Todos queremos presentarnos dignos, honrados y justos. Todos experimentamos los deseos bien intencionadas de ser buenas personas de acuerdo con la verdad y la justicia. Pero, el problema empieza cuando escondemos nuestra hipocresía y engañamos autoengañándonos primero nosotros.

El Señor lanza palabras muy duras contra esos hipócritas que, aparentando, tergiversan la realidad y engañan con sus demagogias y bien construidas mentiras. Porque predican una cosa y hacen otra. ¡Cuidado, nos advierte el Señor! No tengamos miedo a esos que solo pueden matar el cuerpo, porque no pasará nada, resucitaremos en el Señor. Tengamos santo temor a nuestro Padre Dios, que, llevados por esa levaduras hipócrita y rechazando sus mandatos y su amor, nos podemos condenar para siempre.

Busquemos la sabiduría que nos viene del Espíritu Santo y tratemos de ordenar nuestra vida para que nuestras acciones coincidan con nuestra fe y vivencia de la Palabra.

jueves, 19 de octubre de 2017

COMO ESTATUAS QUE ESCUCHAN

Lc 11,47-54
No sé como empezar esta reflexión. El mismo título lo descubre, pues me parece que somos como estatuas que escuchamos, pero nada más. Todo queda en la simple escucha, pero no trasciende al mundo en el que vivimos. Y, por lo tanto, no se ven sus efectos.

Nos han sido enviados profetas y, muchos, después de oírles y no hacerles caso, han sido muertos por los destinados a escucharle. Recordamos la parábola de la viña dada en alquiler, y como los inquilinos recibieron a los siervos y hasta el propio hijo enviado a recoger los frutos correspondientes. ¿No está ocurriendo hoy lo mismo? Cuantos buenos testimonios nos han dejado, sin embargo, el mundo sigue igual y cambia muy poco.

Y, eso sí, hacemos grandes mausoleos y celebraciones recordando sus obras y memorias, pero nada más. Al instante volvemos a sumergirnos en nuestro mundo siguiendo nuestros proyectos y ambiciones. ¿De qué nos vale honrar sus nombres, si luego vivimos según nuestras pasiones y egoísmos?  No nos valen sino después de muertos, porque mientras viven nos molestan e incordian y tratamos hasta de quitárnoslo delante. Así hay muchos contemporáneos que delatan nuestra hipocresía: Madre Teresa, Juan XXIII, Monseñor. Romero... ¿nos acordamos de lo que denunciaban, de lo que reclamaban, de lo que nos decían?

¿Nuestros programas de educación están impregnados de esas sugerencias y propuestas? ¿Nuestros medios, radios, prensa... recogen ese sentir y tratan de extenderlo y concienciarlos en nuestros pueblos? Supongo que ahora podemos entender mejor el título que preside esta humilde reflexión, "como estatuas que escuchan", pero nada más.

No obstante, se nos pedirá cuenta de todas nuestras actuaciones. Tanto de los que han callado la boca de muchos que proclaman la verdad, como de los que impiden que otros puedan proclamar y tener la oportunidad de hacerlo.

miércoles, 18 de octubre de 2017

¿A DÓNDE Y CÓMO HE SIDO ENVIADO YO?

Lc 10,1-9
No pasas desapercibido para el Señor. Él te ha creado y eso tiene un significado y sentido, te ha creado para que desempeñes una misión. ¿Cuál?  Eso ya es misión tuya, porque eres tú quien tiene que encontrarla tras la escucha de la Voz de Dios. Claro, hay una gran dificultad, el pecado. Nos ciega y nos tapa los oídos e impide que le escuchemos. Nos seduce con las cosas del mundo e impide que seamos dueño de nosotros mismos e incumplimos nuestras responsabilidad.

El pecado de nuestra materialidad, de nuestras pasiones, de nuestros egoísmos, de nuestras apetencias. Nos captura y nos somete, y conociendo que actuamos mal nos experimentamos incapaces de liberarnos y hacer lo que sabemos que tenemos que hacer. Es lo que Pablo decía cuando expresaba que hacía lo que no quería y no lo que quería - Rm 7, 19-21 -.

La escucha al Señor necesita disponibilidad y limpieza. No puedes escuchar cuando tu vida está llena de ruidos que te atraen y te apasionan. Piensa en María y en su escucha y obediencia a la Palabra y Misión que Dios le encargó. Y también en José. Necesitas aislarte y tomar una actitud de disponibilidad.  Lo necesitas tú, pero también yo. ¿A dónde he sido enviado?

Ahora, después de querer abrir mis oídos a su Palabra y andar por algunos sitios, me encuentro en esto. Reflexionando contigo, querido y hermano lector en la fe, y ayudándonos en compartir y descubrir nuestras respectivas misiones. Porque, el Señor cuenta contigo, y, si cuenta, cuenta para algo concreto. ¿Será este medio para el que el Señor me ha preparado? ¿Será la catequesis en la cárcel? Será la visita a algún enfermo?

Posiblemente serán esas u otras misiones las que Dios quieres que hagas, pues Él ha repartido los talentos y espera recoger el cien por cien, porque también dará el ciento por uno. Abramos nuestros oídos y nuestros ojos para estar atento a la llamada del Señor.

martes, 17 de octubre de 2017

LAS OBRAS NO NOS SALVAN

Parece una contradicción, pues repetidamente hemos declarado que la fe sin obras no surte efecto. O lo que es lo mismo, no nos vale de mucho. Queremos puntualizar que lo verdaderamente importante es la fe. Creer en Jesús, Muerto y Resucitado. Sin fe todas nuestras obras están muertas, y se explica y razona muy fácil y de manera simple.

Si actúas sin fe, dejas medianamente claro que actúas por ti mismo, por tu libre albedrío y en tu provecho personal. Es obvio pensar así. Cuando haces una cosa por tu decisión personal, se supone que la haces por y para ti. Aunque esa cosa beneficie a alguien, que siempre te dará las gracias a ti. Es, pues, para tu gloria. Es eso lo que queremos significar. Las obras no nos salvan si no se hacen por la fe en Dios y para su Gloria.

Está claro, no nos contradecimos, que cuando la fe está bien fundamentada e injertada en el Señor, la acción del Espíritu Santo nos impulsa a actuar y a traducir nuestra acción en frutos buenos para el bien de los demás. Son las obras que reclama la fe. Aludiendo a Santiago -St 2, 18- coincidimos con él que una fe sin obras es una fe muerta, y que son las obras las que descubre y manifiestan tu fe.

Sucede que muchas veces nos quedamos en la superficie, en las tradiciones y en las costumbres que se van añadiendo a la convivencia de cada día. La Ley habla de lo fundamental, del amor y sus consecuencia. La Ley está resumida en el decálogo, y estos contenidos en el Amor a Dios y al prójimo. Y es ahí donde debemos movernos y ser auténticos. Lo demás, sin dejar de ocupar su lugar no reviste importancia para romper nuestra amistad con Dios y con los hermanos.

Limpiemos, pues, nuestros corazones; purifiquemos nuestro interior y, sin dejar de cuidar nuestro exterior, tengamos en cuenta que es el interior lo que debe brillar por sus buenas intenciones, su verdad y justicia y, sobre todo, por su amor misericordioso.

lunes, 16 de octubre de 2017

PRIMERO VEO Y DESPUÉS CUMPLO

Lc 11,29-32
Es lo que queremos todos, asegurar la apuesta o la fe. Pájaro en mano y simultáneamente dando, o algo así. Dando y recibiendo. Nadie arriesga y se confía. Es decir, nadie quiere creer. Y, Jesús, nuestro Señor nos pide fe. Primero nos da su Palabra, y, después, confía y espera que tú creas en Él y pongas toda su confianza en su Palabra.

Tú y yo vamos por otro camino. Al menos, muchos de los que le seguimos le exigimos pruebas y pruebas que nos convenzan primero para luego darle nuestra incipiente y débil fe. Nos falta mucha confianza en la Palabra y promesa que el Señor nos hace. Queremos milagros y señales que nos convenza plenamente, para, tranquilos podernos confiar. Algo así como saber el resultado del sorteo para luego apostar.

Por eso, el Señor, nos señala como generación malvada, instalada en la soberbia y suficiencia, que pretende que el Señor, a pesar de regalarnos la vida y la eternidad plena, festiva y gozosa, nos convenza, haga todo y nos lleve cómodamente a su Banquete. Sí, a ese Banquete de fiesta y gozo que ayer domingo eramos invitados. Nada de eso, ese no es el camino que el Señor ha escogido. No ha venido con exaltación, honores, trompetas y anuncio como Rey, sino humilde, sencillo y en silencio.

Ha nacido en una humilde y pobre familia, discreta y sencilla, y así ha empezado su gloriosa misión de proclamar la gran Promesa de su Padre, la de liberarnos de la esclavitud de este mundo y salvarnos. Esa es la Buena Noticia que Jesús nos trae. Y es para aquellos que están dispuestos a confiar y creer, fiándose de y en su Palabra.

Todo es muy sencillo, nada de complejo. Jesucristo ha Muerto y Resucitado. Nos fiamos de su Palabra y del testimonio de sus apóstoles que han creído en Él. Y, la Iglesia, transmite día a día. Y, los que en Él creemos, también resucitaremos, liberados del pecado y de la muerte, para vivir junto al Padre y a Él para toda la eternidad en pleno gozo de fiesta.

domingo, 15 de octubre de 2017

INVITADOS AL BANQUETE

Mt 22,1-14
No hemos sido creados para morir. Sería absurdo pensar así. Al menos, nuestra razón lo entiende de otra forma. El sentido común nos dice que si hemos sido creados es para vivir plenamente y eternamente. Ese es el deseo que arde dentro de nuestros corazones. Y, por eso, somos invitados al Banquete, ese Banquete de la eternidad donde la abundancia del gozo y felicidad se hace eterna.

La parábola que hoy nos describe el Señor descubre la intención del Padre de invitar a su pueblo, Israel, por la Alianza hecha con su Hijo, al banquete de la salvación. Y como el pueblo la rechaza e incluso se revela matando a sus enviados, los profetas. También nos revela como el Señor les castiga.

Pero, no por eso el Señor suspende el Banquete. Sigue abierta la invitación y ahora va dirigida a todos, malos y buenos, que andan por los caminos. Los apóstoles son enviados a evangelizar y a bautizar, y a extender la Palabra de Dios por todo los caminos. Y el Banquete, la Iglesia, se llena y a ella acuden mucha gente. Pero, ¿llevan el vestido adecuado?

Esa es la pregunta y nuestra reflexión. ¿Estamos revestidos del vestido adecuado, los Sacramentos, para asistir al Banquete que el Señor nos prepara? ¿Hemos acudido al Banquete arrepentidos de nuestros pecados y con la disponibilidad de vivir en los mandatos del Señor? ¿O, simplemente, acudimos para saciarnos del hambre y sed del mundo y satisfacer nuestros apetitos y pasiones?

Dar respuesta a nuestras actitudes a la hora de acudir al Banquete que el Señor nos prepara y nos invita es la mejor opción de nuestra vida. No hay banquete mejor, porque este se trata de un Banquete de felicidad y Vida Eterna. Banquete al que estamos llamados y para el que nos hemos de preparar. 

Reflexiónemos en este sentido y dispongámonos a prepararnos y revestirnos de la Vida de la Gracia para ser bien acogidos en el Banquete de la Vida Eterna.

sábado, 14 de octubre de 2017

VIVIR DE Y EN LA PALABRA

Lc 11,27-28
María es doblemente dichosa, se me ocurre decir, no sólo porque ofreció su seno y sus pechos para dar vida y amamantar a Jesús, sino porque ese ofrecimiento posibilitó la encarnación del Dios hecho Hombre. María, bienaventurada y dichosa, pues, se hace corredentora con su Hijo para la redención de todos los hombres porque es la primera en obedecer a la Voluntad de Dios.

En esa obediencia está el secreto de la dicha. Por eso es elegida, por su entera disponibilidad y entrega a dar vida a la Palabra de Dios en su propia vida. Y es por ella por la que todos nosotros gozamos también de la oportunidad de ser dichosos cumpliendo la Voluntad de Dios. Ella con su "Sí" ha hecho posible que la Gracia de Dios venga, encarnado en Naturaleza Humana, es decir, hecho Hombre, a este mundo y que nos sea revelado su Amor y su Voluntad.

Pero, ella es también la que nos sirve de verdadero e inmaculado ejemplo con su testimonio de vida. Su sumisión a la Palabra; su obediencia y entrega la hacen y proclaman dichosa y bienaventurada. María es la Madre corredentora con su Hijo y, ella, también con su disponibilidad y su aceptación expresada y manifestada en el Magnificat, canta alabanzas y acción de gracia por las maravillas que Dios ha hecho en y con ella.

Ella se reconoce esclava del Señor y se muestra agradecida al verse llena de su Gracia y reconocida al haberse humillado. Pero, no nos quedemos ahí y no perdamos de vista que también nosotros estamos llamados, como María, a reconocernos como esclavos del Señor y a dejarnos revestir y empapar de su Gracia, para como ella, la Madre, reconocernos humildes y fieles servidores de su Palabra y hacer su Voluntad.

Este es su gran ejemplo y su dicha, ser la Madre de Dios, pero, primero, porque ha entregado su libertad y disponibilidad para, ofreciéndose, dejarse guiar y revestir de la Gracia de Dios y de la acción del Espíritu Santo.

viernes, 13 de octubre de 2017

EL AUTOENGAÑO, UNA MANERA DE JUSTIFICARTE

Lc 11,15-26
Te autoengañas cuando tratas de justificar aquello que se presenta real delante de ti. Te resiste a admitirlo y tratas de distorsionar la realidad. Tu ceguera, tu envidia, tu soberbia, tu suficiencia, tu miedo al ridículo delante de tus compañeros y a todo lo que dirán te acobarda y te hace inventarte toda clase de artimañas para justificar lo que realmente estás viendo.

Eso fue lo que sucedió en aquel tiempo: después de que Jesús hubo expulsado un demonio, algunos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Esa exigencia de una señal del cielo delata que lo que buscaban era que Jesús hiciera prodigios que les confirmara su poder y su divinidad. Igual ocurre hoy, ¿cuántos de nosotros no buscamos pruebas o señales que nos convenzan? Es como si exigiéramos al Señor que demuestre su Divinidad y que nos convenza. Para eso no hubiese hecho falta crearnos libre y con capacidad para elegir.

Tenemos una razón y una capacidad de discernimiento, y tendremos que ser nosotros los que decidamos. Es de sentido común que un reino dividido, como argumenta el Evangelio de hoy, no podría subsistir. Sólo la unidad mantiene la fortaleza de estar y permanecer unidos. «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido... Dependerá de cada uno sacar sus propias conclusiones.

La razón nos dice que cuando custodiamos nuestra casa la guardamos de los bandidos, pero si llega uno más fuerte que nosotros, éste nos vence y nos desvalija la casa. De la misma manera,  a todos aquellos que piensan de manera diferente les vemos como enemigos y tratamos de destruirlos, y justificamos su destrucción. No es eso lo que nos transmite y dice el Señor Jesús, que nos invita a permanecer y recoger con Él. Pues fuera de Él quedamos en manos del demonio, que nos destruye.

jueves, 12 de octubre de 2017

DICHOSA MARÍA PORQUE CUMPLE LA VOLUNTAD DE DIOS

Lc 11,27-28
Más que por se la Madre de Dios y llevarlo en su seno, María es dichosa porque cumple la Voluntad de Dios y acepta ser su Madre ofreciendo su seno como sagrario para la encarnación de Dios hecho Hombre. Y es que, María, es elegida para ser la Madre del Dios encarnado por su humildad, sencillez y limpieza de corazón y, sobre todo, por su obediencia y entrega.

María, llena de Gracia porque el Señor está con ella es la Madre bienaventurada y dichosa porque acepta y cumple la Misión que Dios le encomienda. Ella, con su disponibilidad y entrega nos enseña que lo primero es estar con el Señor, relacionarnos con el Señor, de lo que hablábamos ayer, y, luego, sincronizado con el Espíritu de Dios, todo lo demás vendrá por su Gracia y su Amor.

Busquemos, pues, al Señor y entremos en íntima relación con Él, porque desde Él nuestro ser y obrar será según su Voluntad. Nuestra obras no nos salvarán si no están injertadas en el Señor. En vano se cansan los albañiles si el Arquitecto no construye la casa, nos dice el salmo 126. Y es que sin el Señor todas nuestras obras están muertas, aún siendo buenas, porque lo que nos salva es el amor, y si no hay amor de nada nos vale nuestro obrar, pues buscamos nuestra gloria y eso será lo que se nos dará en este mundo finito que se consume pronto.

También podemos mirar como nuestras fidelidad y obediencia a la Voluntad de Dios, traducidas por su Gracia en buenas obras, repercuten e influyen en los demás. Por María somo todos beneficiados de la Gracia de la salvación. Ella nos abre la puerta para, redimidos por la Muerte de su Hijo, triunfar al final de nuestras vidas en la gloria de la Resurrección.

De la misma manera, también nosotros podemos ser bienaventurados y dichosos si, poniéndonos en Manos del Espíritu Santo, entregarnos en disponibilidad y obediencia a su Voluntad. Porque, de ahí no saldrán sino buenos frutos y hermosas obras para el bien de todos.

miércoles, 11 de octubre de 2017

RELACIONARNOS CON EL SEÑOR

Lc 11,1-4

Es la forma más directa y más frecuente de relacionarnos con Dios, la oración. Por medio de ella entramos en contacto con Él y lo podemos hacer en cualquier momento y en cualquier lugar. Pero, la oración, nuestra oración deber ser una relación filial, es decir, la del hijo que habla con su Padre y le cuenta todas sus alegrías, sus problemas, sus ilusiones, sus miedos y proyectos.

Quizás nos ponemos en contacto con Dios para pedir, hasta el punto de exigir solución a nuestros problemas. Nuestra relación se sostiene en eso, en la solución de mis problemas. Si no sucede así mi relación se debilita y se enfría. Rompemos nuestra amistad si ésta no está basada en que Tú, Señor, no soluciones mis problemas. Parece más bien una relación comercial, apoyada en el interés y en el beneficio. No se parece mucho a una relación de padre e hijos.

La esencia del padrenuestro es la de presentarnos ante el Señor como sus hijos. Y la relación de un padre e hijo es una relación de comprensión, de escucha y de afecto. Es una relación basada en la misericordia del padre, que es mayor, que tiene la paternidad y que te ha criado desde niño. Es la relación de la criatura con su Creador. Nade de exigencias ni de rabietas, porque un hijo sabe del amor de su padre y es consciente que su padre busca su bien.

Por lo tanto, pongámonos en sus Manos y tratemos de hacer lo que Él nos dice y nos manda. Todo está contenido en esa hermosa oración del padrenuestro que nos revela la necesidad de santificar su Nombre y de hacer presente en nosotros su Reino. Nos recuerda también pedirle, como hacen los hijos con sus padres, el pan de cada día, y el perdón de nuestros fallos y culpas. Pero, nos remite también a nosotros perdonar a los que nos ofenden. Condición imprescindible para ser perdonados.

Porque nuestro Padre es Padre de todos, no sólo de ti o de mí. Y eso significa que nos hace hermanos. Por último nos remite a que nos apartemos del peligro que nos tienta y nos puede hacer caer en el pecado y romper la amistad con Él. Tengamos en cuenta que el Padre nuestro es un estilo de vida que tenemos que tener presente en cada momento e instante de nuestras vidas.

martes, 10 de octubre de 2017

LA PALABRA, EL HILO QUE NOS SOSTIENE

Lc 10,38-42
Será difícil, por no decir imposible, sostenerse sin la escucha diaria de la Palabra. Ocurre lo mismo que con el coche, sin gasolina no vale para nada, salvo servir de cobijo. Pero necesita la gasolina para cumplir su misión de transportarnos. 

La Palabra nos sostiene y nos abre el camino de cada día. Una Palabra bien escuchada, que supone y exige atención e intención de ser vivida. Una Palabra que empuja a pedir, a orar y a confiar. Una Palabra que se va encarnando en tu vida cada día y en la medida que la vas escuchando. La Palabra de Dios es el Alimento que nos lleva al Banquete de la Eucaristía, Alimento por antonomasia, que nos da la Vida Eterna.

En el pasaje de la vida de Jesús que hoy se nos manifiesta en el Evangelio, María, la hermana de Marta, ha sabido aprovechar mejor la ocasión. Es una buena oportunidad, puesto que está Jesús delante, de escucharle y dejar todo lo demás. Ahora es momento de atención y de escucha,  porque su Palabra es ese Alimento que nos dará sentido y fuerza para saber discernir y actuar en cada instante de nuestra vida. Saber discernir y actuar haciendo el bien y eligiendo la verdad y la justicia.

No se trata de dejar el trabajo y nuestras obligaciones, pero nunca debemos dejar que éste nos engulla y nos aparte de la escucha atenta de la Palabra. La Palabra es el hilo que sostiene nuestra vida, igual que la marioneta está sostenida por unos hilos. Si estos se cortan, la marioneta se derrumba y termina su existencia. También nos ocurre a nosotros si cortamos el hijo que nos une a Dios. Quedaríamos a merced del mundo y, en sus manos, destruidos y vencidos, condenados a una muerte eterna.

Y es que escuchando la Palabra ordenarás tu vida mejor, escogiendo lo verdaderamente importante y cribando lo bueno de lo malo; lo necesario, de lo intranscendente, superficial y caduco; lo que da vida, de lo que mata y condena. La Palabra te hace mejor, te perfecciona y te ayuda a ser más responsable y cumplir con tus obligaciones. Porque la Palabra es Camino, Verdad y Vida.

lunes, 9 de octubre de 2017

AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN...

Lc 10,25-37
En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Son Palabras de Jesús que responden a lo que ha dicho aquel maestro de la Ley. Y también responden a tus propias preguntas. Obtener y conseguir la Vida Eterna supone amar al Señor tu Dios, pero no de cualquier manera, ni tampoco a tu capricho y gusto. Se trata de amarlo con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Es decir, sin condiciones y plenamente. Y concluye Jesús afirmando que haciendo eso vivirás.

Está claro, al menos así lo entiendo yo, que Jesús se refiere, cuando dice vivirás, a la Vida Eterna. Y eso también significa que estamos llamados a esa vida, porque tú y también yo queremos la Vida Eterna. Una Vida Eterna en plena felicidad y gozo. Sin imperfecciones tanto físicas como espirituales. Una vida perfecta e inimaginable desde nuestra ahora condición humana.

Amar a Dios no parece muy difícil, pues adecuar tu vida a una series de prácticas y preceptos es cuestión de disciplina y algo de voluntad. Y el habito hace al monje. También lo hacen los deportistas para conseguir un premio mucho más limitado y caduco. Un premio que no te salva y que todo queda en un poco de gloria humana que con el tiempo se evapora.

El problema empieza cuando aquel maestro quiere justificarse y, aparentando ignorancia, quiere comprometer a Jesús y que descubra quien es ese prójimo. Y Jesús de forma magistral nos regala esa parábola del samaritano que disipa toda duda y deja boquiabiertos a todos los que trataban de evadir, esconder y justificar el amor al prójimo. Tú tienes ahora la oportunidad de, a la luz de esta Palabra de Jesús, discernir quien es tu prójimo y amarlo como te enseña Jesús para alcanzar esa Vida Eterna.

domingo, 8 de octubre de 2017

DESCUBRIR NUESTRA VIÑA

Mt 21, 33-43
Descubrimos el amor de nuestros padres en todos sus desvelos y esfuerzos por darnos lo mejor para nuestra vida. Toda su herencia la ponen a nuestros pies, y es, cuando descubrimos esa donación, donde tomamos conciencia del cuanto nos quieren. De la misma manera no sucede con Dios. No descubrimos su Amor sino cuando tomamos conciencia de lo que somos y hemos recibido.

Dios nos ama y nos ha creado. Nos ha dado vida y regalado todos los atributos y cualidades de los que disfrutamos, y una viña donde obtener todos los frutos y necesidades para nuestra vida. Y quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Por lo tanto, nos da unos mandatos para que no nos perdamos y podamos estropear todo lo recibido. Nos quiere, y querer significa buscar nuestra felicidad y nuestro bien, y eso exige, a veces, sacrificios y renuncias. Por eso, hay cosas que nos están prohibidas, porque nos hacen mal y nos pierden.

Pero, pronto nos olvidamos de los mandatos de nuestro Padre, y emprendemos nuestra vida según nuestras apetencias y gustos. Nacen nuestras ambiciones y egoísmo y les  damos canchas y libertad. Mejor, libertinaje, porque vivir irresponsablemente y ambicionando egoístamente pasiones, riquezas y poder no nos llevan a buen sitio. Es más, limitan nuestras libertades y nos someten a dependencias que amenazan con nuestra felicidad y nuestra vida.

Mejor ponernos en Manos de nuestro Padre y hacerle caso. Vivir en su Voluntad nos hará mejor; nos hará crecer, sentirnos bien y ser felices. Y, según su promesa, para siempre. Por lo tanto, no ambicionemos lo que hemos recibido para nuestro propio egoísmo, sino estemos abierto a compartirlo con los demás. Esos son los frutos que el Padre quiere que produzcamos. Frutos de amor y de generosidad.

Cultivemos, por la Gracia de Dios, todo lo que el Padre ha puesto en nuestras manos y, injertados en Él, pongamos todo el esfuerzo en hacer su Voluntad. Y esa no es otra que la de amar como El nos ama.

sábado, 7 de octubre de 2017

VIRGEN DEL ROSARIO

Lc 1,26-38)
Cada día me es más difícil imaginar una Iglesia sin María. El Evangelio de hoy dice textualmente: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

Meditar esas palabras y mensaje del Ángel Gabriel da para mucho, y desvela las virtudes de María. Encontrar Gracia ante Dios es un misterio, porque no depende de nosotros, pues la Gracia no se compra ni se consigue, sólo se recibe, y gratuitamente, según la Voluntad de Dios. Sin embargo, sí tendrá que ver con nuestra disponibilidad y libertad, que también la hemos recibido gratuitamente, pero que Dios respeta y se ata las Manos ante nuestra elección y disponibilidad.

Porque, Dios nos ha creado libres para elegir el camino que queramos. Y es ahí donde reside nuestra capacidad de elección. Podemos aceptarle o rechazarle. Esa es nuestra responsabilidad y dependerá de nosotros decir "sí" o decir "no". Somos libres para dejar de ser esclavos del mal y aceptar ser esclavos de la libertad, la verdad y el bien. Somos libres para convertirnos en amor y que dejar que nos sea imposible hacer el mal. Somos libres, en una palabra, para parecernos y ser semejantes al Señor. Y es que así hemos sido creados.

Y, María, Virgen del Rosario, aceptó ser la esclava del Señor. Aceptó un camino difícil, lleno de espinos y abrojos que comprometían su vida y la ponían al borde del dolor y el sufrimiento. La vida de María, nuestra Madre, es un camino lleno de piedras donde, unidas cada una, forman  las cuentas de ese Rosario que es su vid. Un Rosario que nos fortalece y hace pasión nuestras vidas señalándonos el camino hacia nuestro Jerusalén propio y particular.

Recorramos, de la mano de María, con valentía y firmeza, nuestro propio camino, que nos lleva a Jesús y compartamos con Él nuestra muerte, para también, con Él, por su Gracia, Resucitar.

viernes, 6 de octubre de 2017

RESPONSABILIDADES

Lc 10,13-16
Somos responsables de todo aquello que hemos recibido, responsables para ponerlo en función del bien y para todos los hombres. Sin embargo, sucede que en muchos lugares, a pesar de haber recibido muchos testimonios y obras, la cosecha es pobre o nula. De ahí deriva sus responsabilidades, porque habiendo recibido mucho han dado poco.

Igual ocurre en nuestros días. Muchos de nosotros hemos recibido con creces la Palabra de Dios, pero, de la misma forma que la hemos recibido, la hemos guardado. O quizás peor, la hemos olvidado. En muchos momentos nos desanimamos porque nuestra cosecha deja mucho que desear, o, porque habiéndole dado buen ejemplo no vemos resultado ninguno. Hoy podemos apreciar como también a Jesús le ocurrió eso en Corazín, Betsaida y Cafarnaúm.

Es un misterio la libertad humana. Realmente somos libres para incluso negarle una sonrisa a Dios y rechazarle. Somos libres para, incluso, abrazar nuestras pasiones y someternos a ellas. Somos libres, ¡qué contradicción!, para esclavizarnos y hacernos dependientes de nuestros propios vicios. Somos libres para negarnos la libertad y la vida eterna. En realidad es un gran misterio que seamos tan necios y ciegos y nos entreguemos al poder del demonio.

No cabe duda que a la hora del juicio, los que hemos recibido tanto tendremos también más responsabilidad. Será un juicio con más exigencia y rigor, porque mucho se nos ha dado y de eso tendremos que responder. No podemos conformarnos con responder de los galones de sargento cuando se nos ha dado conocimientos para ser y responder de la autoridad de capitán. Siempre es momento de conversión y de crecer en esa dirección.

Por eso, lo verdaderamente importante es ponernos en sus Manos. Es decir, estar disponible como tierra abonada por la oración, para que el Señor la fertilice y la haga dar una buena cosecha de buenos frutos.

jueves, 5 de octubre de 2017

EN LA TIERRA DE DIOS

Mt 7,7-11
Nada nos pertenece porque todo ha sido creado por Dios. La tierra nos la ha dado Dios poniéndonos en ella y sacándonos de ella -Gn 2, 7-. Hizo de la tierra un vergel y se la dio al hombre para que la administrara. Hoy es un día en el que recordamos de forma especial ese regalo de Dios - día de acción de gracia- y levantamos nuestras miradas hacia Él para, sintiéndonos agradecidos por todo lo recibido, darle gracias.

Sin embargo, esta santa costumbre y tradición se ha ido diluyendo con el tiempo al sentirse el hombre fuerte e independiente. Los avances técnicos le han permitido someter el campo y dominarlo mejor. Experimenta el hombre que ya no tiene que estar tan pendiente de Dios para conseguir la cosecha de la tierra, y se olvida de Dios. El hombre corre el peligro de divinizarse y apartarse de Dios, llegando a pensar que ya no le necesita. 

No hace falta darle muchas vueltas a este pensamiento porque lo tenemos delante de nuestros ojos. El mundo le da la espalda a Dios y se apodera de lo que no le pertenece. En ese contexto, nuestro Señor Jesús nos recuerda que Dios siempre está pendiente de nosotros y nos invita a mirar hacia Él y a pedirle con confianza y fe. 

Porque, el hombre, a pesar de su auto-suficiencia, experimenta su necesidad y dependencia de Dios. Le necesita y lo sabe. La vida se le escapa y su deseo de felicidad y eternidad no lo consigue en este mundo, a pesar de sus avances y adelantos tecnológicos. Detrás de todo eso se abre un vacío y el abismo. El hombre debe despertar y nunca olvidar que todo lo que recibe le viene de Dios. 

Y, el Señor, nos lo recuerda hoy en el Evangelio: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!».

miércoles, 4 de octubre de 2017

NO SERÁ FÁCIL, PERO QUIERO SEGUIRTE, SEÑOR.

Lc 9,57-62
Es fácil darse cuenta. Sólo se necesita un poco de sinceridad y seriedad. Descubro muchos apegos en mí que me impedirían seguirte sin condiciones. Incluso, creo que no sé bien que es seguirte, Señor. No quiero seguir engañándome, mi seguimiento deja mucho que desear. Quizás, el mayor problema es que no sé muy bien qué y cómo tengo que seguirte. Posiblemente sea que no estoy totalmente abierto y entregado a dejarme modelar y convertir por Ti.

A la hora de darme encuentro muchos tropiezos en mi corazón que salen al paso. Y quiero seguirte, sorteando esos tropiezos, pero no quitándolos de mi camino, sino, simplemente, administrándolos. Pero, ocurre que siempre están presente y llamando la atención, y haciendo de obstáculos a tu llamada y proyectos sobre mí. Hay muchos hilos que me atan todavía a este mundo y no me dejan ser marioneta plena tuya, Señor, sino que también actúa sobre mí los hilos de este mundo. 

Porque yo quiero ser marioneta de tus Manos, para que me guien por el buen camino y hagan de mí una persona libre y buena, porque Tú, Señor, me amas y buscas mi bien y mi libertad. Ese es el ejemplo que veo en María, tu Madre. Ella fue la primera marioneta de tu Padre, abriéndose plenamente a su Voluntad y declarándose su esclava. Bendita sea, porque por ella Tú, Señor, has venido a redimirnos.

Quiero cortarlos, Señor, pero yo sólo no puedo, porque siempre estoy tentado de mirar hacia atrás. El mundo está presente en mi vida, pero no para incidir sobre él y tratar de transformarlo, sino, todo lo contrario, incide sobre mí y condiciona mi respuesta a tus proyectos. Esos hilos de los que depende mi vida me esclavizan y someten. Tengo que cortarlos, y muchas veces me lo he propuesto. Sin embargo, Señor, siguen ahí molestando mis respuestas e impidiendo entregarme plenamente a tus mandatos.

Te suplico, Señor, que orientes mi vida y que transformes mi corazón herido por el pecado. No me desespera mi impotencia, pues reconozco mis limitaciones e incapacidades, pero confío en que, Tú, Señor, cambies mi corazón, mis apetencias y apegos y te pongas en sus lugares Tú. Tú lo primero de mi vida y, en consecuencia el servicio a los hombres. 

Pero no, Señor, y eso te pido que me lo aclares, a cualquier hombre, sino a aquellos que verdaderamente están necesitados y abiertos a tu Palabra. Aquellos que oyen tu voz y tratan de responderte.

martes, 3 de octubre de 2017

OBJETIVO CLARO

Lc 9,51-56
Cuando el objetivo está claro, el camino es más firme y decidido. Renace la esperanza, aunque las dificultades no desaparezcan, en nuestros corazones. Pero, experimentamos que se hacen más llevaderas y más ligeras. Tener la meta clara es poner la primera piedra del camino y apoyarlo sobre roca firme y bien sedimentado.

Pero no basta descubrir sólo el objetivo, sino que también se hace necesario ir bien acompañado. El hombre ha sido creado para el amor, y el amor necesita la relación y el compartir. De la misma forma, el camino necesita acompañante donde apoyar tus fatigas, desvelos y debilidades. Experimentamos que las buenas compañías nos fortalecen, pero no son suficientes. Necesitamos la compañía que nos sostiene y nos llena de esperanza y fortaleza. Es el hilo conductor de nuestros pasos que nos vigoriza y nos levanta ante las adversidades y obstáculos que el camino nos va presentando.

Tengamos nuestros corazones disponibles y abiertos a la Gracia del Señor, pues también nosotros le cerramos nuestras puertas con nuestras distracciones y egoísmos. Sin darnos cuenta nos hacemos un cristianismo cómodo y de cumplimientos. Vamos a misa el fin de semana como si hiciéramos un favor. No hacemos mal, pero dejamos posiblemente de hacer mucho bien. Omitimos muchas ocasiones en las que podemos amar y servir.

Quizás tampoco nosotros entendemos al Señor. También le cerramos nuestras puertas y no estamos de acuerdo con Él. Eso de amar, incluso a los que te rechazan y no te reciben, no entra en nuestras cabezas. Tendremos que clarificar bien el objetivo porque no está nada claro. Y en ese sentido debe ir nuestra reflexión de hoy. También, pidámosle luz para encontrar respuesta que nos aclaren el objetivo.

lunes, 2 de octubre de 2017

SÓLO LO PEQUEÑO SE HACE GRANDE

Lc 9,46-50
Es lógico que lo grande haya sido pequeño antes. Todo empieza por el principio para terminar por lo último. Lo primero es pequeño y lo último grande. Por lo tanto, deducimos que sólo lo pequeño se hace grande. De la misma forma, todo en la vida es primero pequeño, y luego grande. Así, para ser grande hay que ser primero pequeño. Es decir, humilde.

Porque, lo que es ya de por sí grande, poco puede crecer. Eso corresponderá a los últimos tiempos, donde ya el crecimiento alcanza la plenitud. De momento necesitamos ser pequeños para continuar creciendo hasta hacernos grande. Eso es lo que plantea el Evangelio de hoy: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor».  

Todo crecimiento empieza por la humildad. Sólo el humilde es capaz de crecer, y eso exige combate, lucha y disciplina. Porque el hombre está inclinado a la vanidad, a la notoriedad y a destacar delante de nosotros. Queremos ser los primeros y somos capaces de ponernos en manos de los hilos de la soberbia, el orgullo, el egoísmo y el poder para pasar por encima de otros y alcanzar el primer lugar. Sólo, cuando cortamos esos hilos que nos manipulan y nos someten, nos liberamos para hacer el bien.

A veces, incluso, a aquellos que reman a favor de la corriente de la justicia, la solidaridad y la paz, tratamos de impedirle, por el sólo hecho de que destacan y son admirados,  que lo hagan. Lastiman nuestro orgullo y soberbia, y queremos postergarlos porque no trabajan igual y con nosotros. Y eso genera divisiones y enfrentamientos. Tengamos en cuenta lo que nos dice Jesús: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros».

Luchemos contra la lógica humana que nos arrastra a querer ser los primeros, a experimentar deseos de triunfo, de ser reconocidos, de ser centro y apreciados por todos. Y cuando eso no es así rompe nuestra paz y afloran nuestros malos sentimientos.