ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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martes, 26 de diciembre de 2017

LA MUERTE ES SÓLO EL BILLETE DE CAMINO AL CIELO

Mt 10,17-22
Al cristiano, creyente en Jesús, poco le importa la muerte. Mejor, diría, que le apasiona la muerte, porque es el billete que le da paso hacia el camino del Cielo y de ver a Jesús a la derecha del Padre. Eso fue lo que presenció Esteban, el protomártir, primero en dar su sangre por Jesús.

Nuestra fe se resume en Muerte y Resurrección, porque ese ha sido el resumen de la muerte de el Señor. Se ha encarnado en naturaleza humana, es decir, hecho carne como nosotros, para así, liberándonos del pecado, darnos la Resurrección, no sólo del alma, sino también de nuestra propia carne. Y eso queda claro en el Evangelio de hoy. Jesús nos lo dice, porque Él no engaña. Es Camino, Verdad y Vida, y nos deja todo muy claro: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará». 

No hay nadie que no entienda esto. El camino es difícil, pero no vamos solos. El Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, el mismo Espíritu Santo que recibió Jesús y le señaló como Hijo Predilecto en el bautizo de Juan Bautista en el Jordán, es el que nos guiará también a nosotros y nos fortalecerá y auxiliará en todo momento, abriéndonos la boca para que digamos lo que tengamos que decir.

Jesús ha nacido, y se ha anonadado tomando nuestra carne humana para liberarnos del pecado y para darnos la resurrección, como Él mismo ha Resucitado. Una resurrección tanto de alma como de cuerpo, porque así Él mismo ha Resucitado.

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