viernes, 6 de abril de 2018

EL SEÑOR CONFIRMA SU RESURRECCIÓN

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No parece que la Resurrección de Jesús haya quedado clara. Incluso, los apóstoles, a los que se les ha aparecido, todavía están dubitativos y confusos. No terminan por entender ni por creerlo firmemente. Quizás puedas comprender esta situación por la que pasaron los apóstoles, pues, posiblemente, tú también la hayas o estés pasando. No nos cabe en la cabeza lo de la Resurrección de Jesús. Incluso habiéndole visto, tal y como es el caso de los apóstoles.

Jesús, que sabe de nuestras confusiones y dudas, vuelve a mostrarse por tercera vez, nos dice el Evangelio de Juan. ¿Y no sería de sentido común pensar que lo hace con cada uno de nosotros también? Nos parecería injusto que a nosotros Jesús no nos diese esa oportunidad. Claro, primero tienes tú y yo que mostrar interés y tratar de buscarle y de conocerle. Los apóstoles le conocían y habían creído en Él. Ahora, con su muerte estaban algo desencantados y confusos. Recordemos el episodio con los de Emaús.

Sin embargo, ellos saben que el Señor está vivo y entre ellos. Están a la espera y mientras, regresan a sus trabajos anteriores, la pesca. Cansados de bregar deciden dejarlo. No has logrado pescar nada, pero en ese momento, Alguien desde la orilla les invita a echar las redes a la derecha de la barca, y le obedecen. El resultado es que llenan la red de peces. Juan sospecha que es el Señor y se lo dice a Simón. Y éste no espera, se lanza al mar y corre a donde está Jesús.

Advierte que el fuego está encendido y hay un pez. Jesús les invita a traer más peces y a comer. Nadie se atreve a preguntarle. Saben que es el Señor. Quizás a nosotros nos ocurre lo mismo. Descubrimos su presencia en muchas cosas de nuestra vida, pero no nos atrevemos a preguntarle. Intuimos que es Él. Y seguramente es así. Jesús vive, y si vive estará con aquellos que le buscan y creen en Él.

No tengamos miedo y reconozcamos su presencia. Tengamos confianza y, aunque las palabras sobran, sostengamos en el silencio de Dios. Él nos quiere y nos salva, y su Hijo nos acompaña, dejando al Espíritu Santo que nos conforte, nos dé ciencia, sabiduría y fortaleza para perseverar y discernir el verdadero camino que nos conduce a Él.

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