| Lc 21, 34-36 |
Raúl vivía entregado al
disfrute. Solo pensaba en buena comida, bebida y concupiscencia. Ese era su
horizonte. Si algún día tuviera dinero suficiente, dejar el trabajo sería
–según él– la cima de la felicidad.
Una mañana, tras una larga
noche de juerga y con la resaca aún encima, se sentó en la terraza de Santiago
a tomar un café. Allí apareció Manuel.
—Hola,
Raúl —saludó—. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no te veo.
—Muy
bien —respondió Raúl—, tratando de despertar para empezar otra.
—¿Otra qué? —preguntó Manuel, frunciendo el ceño.
—Otra juerga, ¿qué va a ser?
Para mí la vida es eso: beber, comer bien y darle gusto al cuerpo. Así la
entiendo… y así soy feliz.
Manuel respiró hondo.
—¿Y tu familia? ¿Tu trabajo?
¿Tus responsabilidades?
Raúl sonrió con malicia.
—Si
las hay, me importan un carajo. Yo vivo como me plazca. Lo demás, ni puto caso.
—Hombre
—respondió Manuel—, creo que eso no está bien. Todo lo que hoy disfrutas se va,
y después tendremos que dar cuenta. Es «pan para hoy y hambre para mañana». No
lo digo yo: lo dice Jesús en Lc 21,34-36:
“Tengan cuidado de ustedes, no sea que se emboten sus corazones con juergas,
borracheras y las inquietudes de la vida y se les eche encima de repente aquel
día…”
Raúl guardó silencio. La
mirada perdida en el horizonte. Algo se movió en su interior, como una palabra
que despierta.
Quizá —pensó— su vida no iba
por el camino correcto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Compartir es esforzarnos en conocernos, y conociéndonos podemos querernos un poco más.
Tu comentario se hace importante y necesario.