sábado, 29 de noviembre de 2025

ALERTAS Y PREPARADOS

Lc 21, 34-36

    Raúl vivía entregado al disfrute. Solo pensaba en buena comida, bebida y concupiscencia. Ese era su horizonte. Si algún día tuviera dinero suficiente, dejar el trabajo sería –según él– la cima de la felicidad.

   Una mañana, tras una larga noche de juerga y con la resaca aún encima, se sentó en la terraza de Santiago a tomar un café. Allí apareció Manuel.

    —Hola, Raúl —saludó—. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no te veo.
    —Muy bien —respondió Raúl—, tratando de despertar para empezar otra.
    —¿Otra qué? —preguntó Manuel, frunciendo el ceño.
   —Otra juerga, ¿qué va a ser? Para mí la vida es eso: beber, comer bien y darle gusto al cuerpo. Así la entiendo… y así soy feliz.
Manuel respiró hondo.
    —¿Y tu familia? ¿Tu trabajo? ¿Tus responsabilidades?
Raúl sonrió con malicia.
    —Si las hay, me importan un carajo. Yo vivo como me plazca. Lo demás, ni puto caso.
   —Hombre —respondió Manuel—, creo que eso no está bien. Todo lo que hoy disfrutas se va, y después tendremos que dar cuenta. Es «pan para hoy y hambre para mañana». No lo digo yo: lo dice Jesús en Lc 21,34-36:
  “Tengan cuidado de ustedes, no sea que se emboten sus corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida y se les eche encima de repente aquel día…”
 
    Raúl guardó silencio. La mirada perdida en el horizonte. Algo se movió en su interior, como una palabra que despierta.
    Quizá —pensó— su vida no iba por el camino correcto.

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