| Mt 9, 36-10, 8 |
Hay momentos en nuestra vida en los que sentimos necesidad de acompañamiento, consejo y protección; alguien que nos ayude a centrarnos y a retomar el buen camino.
Es fácil perderse cuando optamos por mirarnos el ombligo en exceso y creernos suficientes y mejores.
Es ahí cuando necesitamos la cercanía de un padre que nos aleccione, nos asista y nos proteja desde la cercanía.
—¿Te parece necesario —preguntó Pedro— la compañía del padre en el recorrido de la vida del hijo?
Manuel, que estaba a su lado, levantó la mirada y con firmeza dijo:
—Me parece importantísimo. El padre es una figura que da seguridad y confianza al hijo. A su lado se superan muchas dificultades que la vida misma le pone en su camino.
Después de unos breves segundos, y observando que todos permanecían en silencio, Manuel añadió:
—Precisamente, Jesús (Mt 9, 36-10, 8) parte de esta realidad. Al ver a la gente cansada y abatida, como ovejas sin pastor, les muestra la cercanía de Dios…
Guardó unos breves segundos y continuó:
—Hay momentos en nuestra vida en los que sentimos necesidad de acompañamiento, consejo y protección; alguien que nos ayude a centrarnos y a retomar el buen camino.
Entonces, con una suave sonrisa y alegría, dijo:
—Nos abrimos al amor, crecemos en el bien y sentimos la necesidad y la alegría de anunciar.
Hizo una pausa y, con compasión, agregó:
—Si queremos ser buenos apóstoles, debemos ser como los niños: sentarnos en las rodillas de Dios y desde ahí mirar el mundo con confianza y amor.
Ahora ese silencio se transformaba en aceptación. Flotaba en el ambiente un sentimiento de acompañamiento, de compasión, de confianza y de, simplemente, permanecer a su lado.
No se trata de venir a darle solución a los problemas, sino de hacerse prójimo del otro y acercarse a él.
Un aproximarse desde el corazón que muchas veces solo podrá acercarse para que el otro o la otra sientan que alguien está a su lado, y además, gratis.
La cercanía al Padre no nos encierra en una seguridad cómoda, sino que nos impulsa a la misión.