| Mt 6, 1-6.16-18 |
Armando se movía con verdadero entusiasmo. Gozaba al verse rodeado de gente que admiraba su generosidad y su forma de relacionarse.
A veces, advertimos que lo que nos impulsa a hacer algo bueno es el lucimiento y los aplausos. Son apariencias que ocultan nuestra verdadera realidad, una realidad que nos traiciona y nos seduce.
—En muchos momentos —dijo Pedro—, me pregunto si hago las cosas porque las siento o, simplemente, para que me vean.
Manuel le miró con recriminación y añadió:
—Todo depende de tu intención…
Guardó unos breves segundos en silencio, bajó la voz y dijo:
—Si lo haces para que te vean, mala señal. Eso no tiene ningún valor delante de Dios…
Hizo una pausa y, mirándole con ternura, agregó:
—Pero, si tu intención es desinteresada y procuras pasar lo más inadvertido que puedas, llegando incluso a ocultar tu acción, la cosa cambia.
Pedro, algo confuso, comentó:
—¿Cómo que la cosa cambia? ¿A qué te refieres?
Manuel, con una suave sonrisa, le miró agradablemente y le dijo:
—No es cosa mía, lo dice Jesús en Mt 6, 1-6. 16-18, cuando habla de que nos cuidemos de no practicar nuestra justicia delante de los hombres para ser vistos…
Abrió la Biblia y, leyendo, concluyó:
—Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno no lo noten los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido…
Cerró la Biblia y elevando la voz, proclamó:
—Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
Armando permanecía mudo, y Pedro reconocía que sus actos no eran consecuencia de su buena intención, sino de su deseo de honores y reconocimientos.
Cuando se ama de verdad, no se busca el reconocimiento; se procura poner buena cara ante la adversidad, mudando el rostro en sonrisa y contento.
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