| Mt 5, 17-19 |
Hay corrientes que consideran verdadero aquello que aprueban las mayorías o aquello a lo que los parlamentos dan luz verde
Y, en consecuencia, se legislan leyes que normalizan la ilegalidad o autorizan la muerte.
En muchos lugares se presentan como derechos prácticas que atentan contra la vida humana, y los gobiernos las legitiman. Esa, al parecer, es la ley, pero no es lo correcto ni la verdad.
No son las reglas las que rigen la vida de los hombres, sino el espíritu de esas leyes que se sostienen en Dios.
—No se trata —dijo Manuel— de vivir desde una serie de normas…
Guardó un breve silencio y, moviendo los brazos, dijo:
—Sino de poner pasión y corazón en las relaciones, desde el amor, la justicia y la misericordia.
Todos quedaron consternados y confusos. No sabían qué decir; mas no llegaban a entender la ley y la verdad.
—Entonces —dijo Leandro—, ¿la ley no siempre es lo correcto?
Manuel le miró con ternura y con una suave sonrisa, y añadió:
—La ley, cuando busca, desde la dignidad de la persona, la verdad y la justicia, el bien, va en la buena dirección…
Hizo una pausa, levantó la mirada y agregó:
—Pero cuando se desvía hacia intereses partidistas, se aparta de la verdad y del bien común. En ese momento deja de ser ley y se convierte en privilegio.
Tomó la Biblia en la mano, la abrió y señalando el evangelio de Mateo 5, 17-19, leyó:
—En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento…
Se puso de pie y, alzando la voz, concluyó:
—Y termina con estas palabras: El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
Había quedado claro que la aprobación de una mayoría no convierte automáticamente una ley en verdadera ni en justa.
El sentido pleno de la ley no está en seguirla al pie de la letra, sino en comprender el espíritu que la anima y la orienta hacia el bien.
La legitimidad de una ley no depende únicamente de su aprobación formal, sino de su conformidad con la verdad, la justicia y la dignidad humana.
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