Jorge pensaba que la felicidad la daba el dinero. Si no plenamente, sí se aproximaba bastante, pues con él se conseguía casi todo.
La clave estaba en acumular todo lo que se pudiera. No le importaba de qué manera, sino poseer cada vez más.
Concentró su vida en alcanzar ese objetivo y, después de mucho trabajo, se había convertido en un hombre rico.
Fueron unos días felices y de gran alegría, pero a medida que pasaba el tiempo, el entusiasmo, poco a poco, fue decayendo. Jorge empezó a descubrir que, a pesar de conseguir muchas cosas con el dinero, no era del todo feliz.
Ocurrió que un día tropezó con un indigente que, acurrucado en una esquina, tiritaba de frío. Le miró con cierto desprecio, pero, tras unos pasos, se volvió y sintió compasión.
No sabía explicar, contaría más tarde, qué le impulsó, ni cómo se desprendió de su abrigo, y menos lo que le movió a ponérselo en la espalda de aquel indigente.
Pero lo que sí experimentó y nunca pudo olvidar fue esa sensación de gozo que le inundó todo su ser hasta lo más profundo de su corazón.
—Nunca había experimentado algo igual —comentaba Jorge entre los tertulianos—. Diría que fue el día más feliz de mi vida.
Todos lo escuchaban admirados. Conocían a Jorge y ahora comprobaban por sí mismos cómo había cambiado.
—Mi vida —siguió hablando Jorge— dio un cambio completo. De buscar dinero y riqueza, pasé a vivir las bienaventuranzas de las que habla Jesús en Mt 5, 1-12.
Hizo una pausa y, mirándolos, dijo:
—Bienaventurados —dice Jesús— cuando les insulten y les persigan y calumnien de cualquier modo por mi causa…
Con una sonrisa que mostraba su felicidad y levantando las manos, concluyó:
—Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo.
Todos estaban asombrados por el cambio que había dado aquel Jorge que ellos conocían y el que estaba delante de ellos ahora.
No hablaba de lo que le habían dicho, sino de su propia experiencia. Había encontrado la felicidad no en el dinero, como él pensaba, sino en el dar y darse.
Ahora, no solo era feliz, sino que se sabía «bienaventurado».
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