lunes, 8 de junio de 2026

BIENAVENTURADOS

Jorge pensaba que la felicidad la daba el dinero. Si no plenamente, sí se aproximaba bastante, pues con él se conseguía casi todo.

La clave estaba en acumular todo lo que se pudiera. No le importaba de qué manera, sino poseer cada vez más.

Concentró su vida en alcanzar ese objetivo y, después de mucho trabajo, se había convertido en un hombre rico.

Fueron unos días felices y de gran alegría, pero a medida que pasaba el tiempo, el entusiasmo, poco a poco, fue decayendo. Jorge empezó a descubrir que, a pesar de conseguir muchas cosas con el dinero, no era del todo feliz.

Ocurrió que un día tropezó con un indigente que, acurrucado en una esquina, tiritaba de frío. Le miró con cierto desprecio, pero, tras unos pasos, se volvió y sintió compasión.

No sabía explicar, contaría más tarde, qué le impulsó, ni cómo se desprendió de su abrigo, y menos lo que le movió a ponérselo en la espalda de aquel indigente.

Pero lo que sí experimentó y nunca pudo olvidar fue esa sensación de gozo que le inundó todo su ser hasta lo más profundo de su corazón.

Todos estaban asombrados por el cambio que había dado aquel Jorge que ellos conocían y el que estaba delante de ellos ahora.

No hablaba de lo que le habían dicho, sino de su propia experiencia. Había encontrado la felicidad no en el dinero, como él pensaba, sino en el dar y darse.

Ahora, no solo era feliz, sino que se sabía «bienaventurado».

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