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domingo, 12 de julio de 2026

UNA SEMILLA A CULTIVAR

Algo se nos escapa a nuestra mirada. No llegamos a entender por qué una semilla se seca y otra da fruto.

Es verdad que, según el terreno donde caiga, unas, abrazadas por el sol, por la poca profundidad de la tierra o los abrojos; otras, bendecidas por la tierra buena, darán o no fruto.

En nuestro mundo sucede algo parecido. Mientras unos miembros de la familia dan fruto, otros solo generan problemas. Y, sin embargo, todos pertenecen a la misma familia y a la misma generación.

—¿Qué está pasando? —se preguntó Hermes— con gesto de enfado consigo mismo.

Mirando a Manuel, no pudo resistir y, preocupado, le rogó una respuesta al respecto.

Manuel, sin apenas inmutarse, sosegadamente le dijo.

—Seguramente la cuestión está en nuestra manera de sentir y escuchar. La siembra ya está hecha y llega a todos. Ahora…

Hizo una pausa, miró con ternura a Hermes y puntualizó.

—¿Estás tú atento, abierto y dispuesto a esforzarte para recoger esa semilla —tus talentos— y ponerlos a producir?…

Se cruzaron las miradas y, tras un silencio que duró unos segundos, Manuel continuó.
—En el evangelio de Mateo 13, 1-23, Jesús nos presenta la parábola del sembrador y nos descubre cómo responde cada corazón a la siembra de su Palabra…

Cerrando la Biblia que mantenía en las manos, concluyó.

—Conviene leerla detenidamente y tratar de sentir y escuchar qué hacemos nosotros con esa semilla sembrada en nuestro corazón…

Dándose la vuelta y dejando la mirada fija en el horizonte, comentó.

—¿La dejamos al borde del camino para que se la coman los pájaros? ¿No le damos profundidad suficiente y permitimos que el sol la marchite? ¿O la cultivamos, con la Gracia de Dios, para que dé fruto abundante? 

Las palabras de Manuel iban conmoviendo el corazón de Hermes y de los que le acompañaban.

Sí, verdaderamente, Dios siembra la semilla; pero el fruto dependerá de cómo cuidemos el terreno de nuestro corazón y cooperemos con su gracia.

La tierra nos la ha regalado Dios, y la ha dejado en nuestras manos para que seamos nosotros los que la preparemos para, tras ser sembrada la semilla, dé fruto.

viernes, 30 de enero de 2026

EL MISTERIO DE LA SEMILLA

Mc 4, 26-34

Cada vez que Antonio salía a dar un paseo por el campo, se quedaba admirado de cómo, apenas caían unas gotas de agua, la tierra se engalanaba con un manto verde que la hacía más bella y hermosa.

¿Quién ha sembrado esas semillas para que, con el contacto con el agua, despierten, germinen y crezcan hasta dar frutos?

Precisamente, Antonio se veía interpelado por ese cambio tan hermoso que se producía cuando el agua refrescaba la árida tierra. Y eso le llevaba a buscar razones que le pudieran justificar tan prodigioso cambio.

Un día, tomando un café con su amigo Manuel y otros compañeros en la terraza de Santiago, hizo esa pregunta que tanto le inquietaba.

—¿No se han sorprendido ustedes, amigos, cómo se transforma la tierra apenas le caen unas gotas de agua? ¿Y se han preguntado por qué sucede eso?

—La ciencia explica el porqué de ese cambio: la activación biológica, pero la realidad, al menos para mí, es un misterio —respondió Leopoldo, uno de los tertulianos.

No hubo uniformidad con la explicación que dio Leopoldo. Unos estaban de acuerdo, pero otros disentían de su respuesta.

En esa confusión y diversidad de interpretación, Manuel tomó la palabra y dijo:

—Antes de la explicación de la ciencia, en el evangelio de Mc 4, 26-34, Jesús compara el reino de Dios con un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va…

Cerrando la Biblia y mirando a todos, dijo:

Detrás de la ciencia está el poder de Dios, creador de todo lo visible e invisible. Ayer como hoy, el Reino de Dios crece en el mundo de manera misteriosa y sorprendente, mostrando el poder escondido en la pequeña semilla y la vida que de ella brota.

sábado, 20 de septiembre de 2025

UNA SEMILLA CULTIVADA CON PERSEVERANCIA

Lc 8, 4-15

   Siempre me ha llamado la atención el misterio de la semilla. ¿Cómo es posible —me pregunto— que de una simple semilla, aparentemente muerta, broten frutos? ¿Dónde está la fuerza que haga germinar a esa semilla?
   
    En esos pensamientos se debatía Pedro, hasta el extremo de preguntarse: ¿dónde está ese poder, al que llamamos Dios, que obra ese milagro?
 
    —¿Te parece acertado este razonamiento, Manuel?
   —Estoy de acuerdo. Es verdad que la ciencia puede explicarte cómo la semilla muere (se pudre) y da origen a una nueva vida: raíz, tallo y hojas, que forman una planta. Pero, también, yo me pregunto: ¿Quién hace posible que la semilla reaccione, se rompa y dé una nueva vida vegetal?
   —Para mí —replicó Pedro— es un milagro que nos descubre la presencia de Dios.
  —Pero, ¡aparte!, es un ejemplo del camino que recorre nuestra vida. Jesús nos lo describe de forma admirable en la parábola del sembrador. Está en —Lc 8, 4-15—. Nos habla de la siembra, y de lo que le puede suceder a cada semilla sembrada.
   —Parece interesante ese relato —comentó Pedro—, muy interesado.
   —Es un buen retrato de lo que nos puede pasar con nuestra vida. Unos escuchan, pero se quedan en la superficie; otros, al principio, se entusiasman, sin embargo, no echan raíces, y a la menor contrariedad abandonan. Hay algunos que oyen, pero les pueden más los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
   —Entonces, ¿quiénes son los que pueden dar buenos frutos? —replicó Pedro con perplejidad
  —Aquellos donde la semilla encuentra tierra buena. Son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
   Entonces, Manuel —dijo Pedro en tono afirmativo—, creo que yo mismo debo ser esa tierra buena. 
   —Sí, la semilla está en ti … no la dejes sin cuidado.

   La palabra de Dios no actúa de forma automática, cautivando y doblegando las voluntades. Cae leve sobre el interior de cada persona, esperando la acogida de una tierra mullida y fértil en la que poder crecer. Es semilla y tiene todo el potencial para brotar, desplegarse y dar fruto, pero precisa del cuidado de quien la recibe para poder hacerlo.

viernes, 31 de enero de 2025

LA GRACIA DE DIOS

Escuchas la Palabra; lees la Palabra y también la reflexionas pero, quizás no te das cuenta como, sin apenas notarlo, la Gracia de Dios, crece y madura dentro de ti. No adviertes como vas avanzando y mejorando en tu vida personal y de relación. Apenas te enteras de nada y sin embargo, a lo largo del camino vas observando y experimentando que creces, maduras e incluso empiezas a dar frutos.

Es la Gracia de Dios, tal y como hoy Jesús, nuestro Señor, nos lo dice en el Evangelio: (Mc 4,26-34): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el …

De la misma manera, ya lo hemos dicho al principio, tú vas experimentando esto que Jesús ha dicho en el Evangelio. Como la semilla, sin nadie advertirlo crece hasta dar frutos, tu vida, abierta a la Gracia de Dios por y en el Espíritu Santo – venido a ti en la hora de tu bautismo – crece y da frutos. Porque, no eres tú, ni tus esfuerzos – que son necesarios – ni tu trabajo. Es, simplemente, la Gracia de Dios.

Y, esa semilla, crece dentro de ti, sin apenas percibirlo, hasta el extremo que llega a ser tan grande que anidan las aves del cielo. Con esta metáfora, Jesús, nos dice que nuestros frutos, por su Gracia, pueden llegar a ser tan grades hasta el punto de iluminar la vida de muchos otros que andan extraviados, ciegos o perdidos.

domingo, 17 de marzo de 2024

LA CRUZ, CAMINO DE AMOR Y SERVICIO (Jn 12, 20-33)

No se trata de sacrificio, ni de interiorización, ni de tener bien atendida nuestra huerta interior. Se trata de hundirse en la tierra de tu corazón, morir y dar frutos para que otros los coman. Tal y como hace la semilla a ser sembrada. En otras palabras, se trata de salir de ti mismo para darte a los demás.

El panorama no es nada fácil. Es más, demasiado difícil. Diría imposible para uno mismo, lo que nos abre la necesidad de contar con el Espíritu Santo. Sin Él seremos reos y víctimas del mundo, demonio y carne. Solo esa unión en el Espíritu del Señor nos puede dar la fortaleza y sabiduría para poder vencernos.

Porque, se trata de una lucha interior contigo mismo. Eres tú contra tú, contra tu egoísmo, tu soberbia, tu suficiencia, tu envidia, tu satisfacción, tu venganza, tu avaricia, tu poder, tu riqueza, tu ser más que los demás, tu … Una lucha a muerte hasta que desapareciendo tú queden solo tus frutos y puedan servir para el bien de otros. Ese fue el resultado de la Vida de nuestro Señor Jesús: la Cruz lo resume todo. Su entrega fue tal que se dio íntegramente hasta el último suspiro.

Evidentemente, lo único que nos puede glorificar es dar la vida por amor para el bien del otro, incluso si es el enemigo. Y confieso que me siento muy lejos de todo eso, pero también sé que la Gracia de mi Padre Dios me puede transformar y cambiar mi vida, mi trayectoria y todo lo que me impide darme y morir como el grano de trigo.

Cada instante, momento, día o semana puede ser Semana Santa. Momento en el que tú eres capaz de morir a ti mismo y darte por amor a los demás. Eso fundamentalmente es el significado santo de esos días en el que Jesús nos dejo el resumen de su Vida crucificado en la Cruz. Por eso, la Cruz resume muy bien todo el camino que tengo que recorrer. Y es que si mi vida no termina en la cruz, posiblemente he equivocado el camino. Posiblemente, he sembrado y cultivado muchos frutos, pero se han quedado para mi provecho y beneficio. No han sido ofrecido con y por amor a los demás.

viernes, 28 de julio de 2023

LIMPIA, ESPÍRITU SANTO, TODO LO QUE DE CAMINO DURO, PEDREGROSO Y ABROJOS HAY EN MI CORAZÓN.

Siempre tendremos al causante de que nuestra tierra no esté lo suficientemente limpia atento a ensuciarla, contagiarla y hacerla infértil, el pecado. Y siempre tendremos al tentador aprovecharse de nuestras debilidades y precipitarnos a la tentación.

Y siempre tendremos que estar atentos, ávidos y dispuestos a no desfallecer y estar injertados en el Espíritu Santo para que ese camino duro, terreno pedregoso y abrojos no nos seduzcan y sequen nuestra fe, esperanza y caridad. Un camino endurecido por nuestra pereza, nuestros esfuerzos desesperanzados, baldíos y cómodos. En esa calidad de tierra la semilla sembrada por la Palabra de Dios tiene pocas o ninguna posibilidad de germinar. Los pájaros de la vida – nuestras propias seducciones – la devoran y nuestra inquietud de germinar y dar frutos desaparece.

Es evidente que la Palabra de Dios nos gusta, nos llega al corazón, nos alegra y da esperanza. Cuando lo escuchamos con paciencia y tranquilidad nuestro corazón despierta y exulta de paz y gozo. Nos sentimos bien, a gusto, alegres y renovados. Experimentamos fortaleza y deseos de hacer esa Palabra vida en nuestra vida.

Pero, observamos que nuestro camino sigue igual de duro y difícil. Incluso hasta se empeora en muchos momentos. Aparecen las dificultades, enfermedades y problemas que nos invitan a reflexionar y pensar que antes, quizás, estábamos mejor. Nos desencantamos y pensamos en regresar y, casi sin darnos cuenta, nos olvidamos de esa Palabra – buena semilla – que había encendido nuestro corazón y darle sentido a nuestra vida. Ese terreno pedregoso no ha permitido que nuestra semilla eche raíces y pueda dar frutos. Y nos quedamos estériles y vacíos.

Por otro lado siempre vamos a encontrar cizaña en nuestra vida. El pecado la ha sembrado en nuestro corazón y permanece junta a la Buena Semilla que la Palabra de Dios ha derramado en nuestros corazones. Nos damos cuenta qué la lucha es a diario. Nuestra naturaleza contagiada y herida por el pecado establece una lucha diaria que, sin la asistencia y ayuda del Espíritu Santo, nos será imposible sostener y vencer.

Es evidente, llega el momento de la gran decisión: Abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios y dejar que el Espíritu Santo – venido a nosotros en nuestro bautizo – are, abone, limpie y riegue nuestra tierra para que purificada de toda dureza, piedras y abrojos germine y dé frutos. Entonces entenderemos esa Buena Noticia y, por la Gracia de Dios, daremos frutos. Unos cientos, otros sesenta y otros treinta.

miércoles, 26 de julio de 2023

INCLUSO DONDE HAY DIFICULTADES PARA GERMINAR ESTÁ LA PRESENCIA DE DIOS.

El sembrador esparce la semilla por todas partes. Es decir, no la siembra simplemente en tierra buena sino que la deja en toda clase de tierra: tierra de camino, pedregosa, abrojos o buena. A cada una le da la oportunidad de que permitan a la semilla germinar hundiendo sus raíces en la tierra y dar frutos.

¿Qué sucede entonces? Que las condiciones de cada tierra serán determinantes para que la semilla pueda hundirse en la tierra, germinar, echar raíces y dar frutos. Una tierra camino y dura impedirá que la semilla pueda echar raíces; una tierra pedregosa ahogará las raíces y secará la semilla. Una tierra de abrojos robará la savia y dejará débil y sin frutos a la semilla sembrada. Solamente una tierra buena dejará que la semilla eche raíces y dé frutos.

Nosotros somos esa tierra y en nuestros corazones tenemos tierra buena, pero también dura, pedregosa y con abrojos. Nos tocará a cada uno poner todo lo que tenemos de bueno para limpiarnos, abonarnos y quitarnos todo aquello que molestará a esa buena semilla sembrada – Palabra de Dios – en nuestros corazones para que dé frutos. Y eso el Sembrador lo ha dejado a nuestra libertad y esfuerzo. Tomaremos el camino estrecho o ancho según queramos y nos apetezca. Será nuestra decisión la que determine el camino a seguir.

Y esto lleva su tiempo, su proceso y su recorrido. Tenemos toda una vida para llenarnos de paciencia, de tranquilidad y, sobre todo, de fe. No podemos perder de vista que el Sembrador quiere que la semilla sembrada dé frutos y que nosotros debemos evitar que esa semilla se quede en terreno baldío. Pero, sobre todo, que cuando las cosas se ponen muy difíciles tengamos muy presentes que el Sembrador está dispuesto a ayudarnos, a preparar nuestros corazones, a sembrarlos arándolos y limpiándolos con su Palabra hasta el extremos de que den frutos. Otra cosa es que no le dejemos hacerlo y que nos cerremos a su intervención.

Conclusión: Pongamos nuestra tierra a su disposición y dejemos que Él meta el arado de su Amor Misericordioso y la prepare para que abonada por su Gracia demos 30, 60 o 100 % de los frutos que Él espera de cada uno de nosotros.

domingo, 16 de julio de 2023

NOS TOCA SER TIERRA FERTIL PARA QUE MUERA LA SEMILLA Y DÉ BUENOS FRUTOS .

No te fijes en los resultados porque te desanimarás. No nos corresponde calcularlos ni cosecharlo. Los frutos los recogerá nuestro Padre Dios, Señor de la Creación. A ti y a mí nos toca ser tierra buena para que la semilla sembrada por el Sembrador muera y dé los frutos esperados desde la gratuidad y la perseverancia, desde el esfuerzo sincero y humilde entregado plenamente. Lo demás será cuestión del Señor.

El Sembrador sabe que la semilla corre peligro: tierra de camino, pájaros, calor, vientos, abrojos, terrenos pedregosos, zarzas y otras dificultades amenazan con no dejar que la semilla germine, muera y dé frutos. Así y todo el Sembrador sale a sembrar en todo terreno sea de la condición que sea. A pesar de todo sale a sembrar y esparce la semilla independiente de que pueda tocarle alguna de esas tierras u orillas del camino donde sea presa del peligro que la amenaza.

Evidentemente, los frutos dependerán del Sembrador que quien esparce y siembra la semilla. A nosotros nos toca ser tierra y dependiendo de la condición que sea esforzarnos en limpiarla y prepararla para que sea tierra buena, tierra limpia de durezas, de abrojos y piedras para que fertilizada y abonada dé buenos frutos.

Es evidente que el Sembrador no se fija en su rentabilidad, acepta de antemano el fracaso de que muchas queden ahogadas o engullidas por tierra de camino, pájaros, abrojos, pedregales, zarzas, vientos, calor, profundidad…etc. Sin embargo sigue adelante sin mirar el resultado ni los frutos. Observamos que su Misericordia es Infinita.

Algo parecido nos ocurre también a nosotros. Nosotros, la tierra a la que es echada la semilla necesita prepararse, limpiarse, dejarse abonar – Sacramentos – y estar siempre abierta y disponible a, recibida la semilla – Palabra de Dios -, a dejarse empapar como la lluvia y nieve hasta germinar y dar frutos.

Ahora, tengamos en cuenta que nuestra no es tanto dar frutos como poner las condiciones para que los frutos se den. Si, nosotros, la tierra, posibilitamos que la semilla muera, los frutos nacerán por la Gracia de Dios. Porque es Él, el Sembrador, quien recogerá los frutos derivados de la siembra de su Palabra.

viernes, 27 de enero de 2023

EL REINO DE DIOS

Últimamente he tenido muy presente la forma que Jesús utilizó para expandir y dar a conocer el Reino de los Cielos de su Padre. Supongo que sabía que lo primero que debe tener en cuenta un escritor, comunicador o portavoz es saber que auditorio tiene delante y su alcance intelectual. Y según lo que quieras comunicar tendrás que adaptarte a los que les dirige el mensaje.

Jesús sabía bien su cometido y su misión. Y sabía, sobre todo, que su Mensaje era para todos los hombres. Un mensaje de salvación universal. Supongo que conociendo las diferencias y debilidades de unos frente a otros sabía desde siempre que el mandato prioritario era descubrirle a los más dotados la necesidad de ayudar y proteger a los más débiles. Y, por supuesto, eso solo se puede hacer con amor. No hace falta decir mucho más para saber que Dios nos quiere y nos salva por su Infinita Misericordia amorosa. Fuera del Amor Infinito de Dios no tendríamos ninguna posibilidad ni esperanza de felicidad eterna.

Su peculiar manera de explicar y comparar el Reino de Dios con parábolas tan sencillas que están al alcance de todos y que hasta los más pequeños pueden entender es admirable y de signo milagroso. Nadia ha sabido exponer un mensaje cargado de tanta profundidad y valor de manera tan sencilla como ha hecho Jesús, el Señor, en el que creo profundamente. Y no solo exponerlo sino al mismo tiempo vivirlo, darle sentido con sus obras y actos de cada día. Todo lo expuesto por Jesús en parábolas serían aplicables hoy al mundo actual que vivimos.

sábado, 17 de septiembre de 2022

LA SEMILLA ESTÁ DENTRO DE TI

Desde tu nacimiento, en el mismo instante de tu concepción, la semilla de la Palabra de Dios ha sido sembrada en tu corazón. Una semilla de verdad, de justicia y de amor. Una semilla llamada a dar frutos de amor sin condiciones ni exigencias. Una semilla que si no muere no dará frutos. Y muere cuando dándose en todo su ser se entrega al servicio de los demás por amor.

Sin embargo, sucede que el mundo, diablo y carne nos seducen y, pronto, a las primeras tentaciones, entregamos nuestra semilla sin apenas abrirla. Se la comen los pájaros. Otros se mantienen algo más de tiempo, pero las primeras dificultades ahogan su perseverancia y abandonan su semilla dejándola sin sembrar ni cultivar. Hay otros que llegan a sembrar sus semillas, pero los afanes, riquezas y placeres que el mundo les ofrece terminan por impedirles madurar y dar frutos. Y, por último, los que perseveran, soportan las tentaciones y hunden sus semillas en sus corazones y, escuchando la Palabra, son los que maduran y dan frutos. Unos 30, otros 60 y otros 100 por ciento. Cada cual según los talentos recibidos.

La pregunta se cae por su propio peso: ¿Dónde te encuentras tú? ¿Qué tierra eres y donde estás sembrando tu semilla? Responder a esas preguntas te corresponde a ti. Nadie va ni puede responder por ti. Tú sabrás que haces con esa semilla – Palabra de Dios – que ha sido sembrada en tu corazón.

 

—Creo que lo importante es descubrir donde tengo que sembrar mi semilla —dijo Manuel. Buscar una tierra buena para que pueda echar raíces y dar frutos.

—Sí, esa es la cuestión —respondió Pedro. Pero ¿cómo buscar esa tierra?

—Jesús, que sabe de nuestras dificultades, dejó, precisamente para eso, la Iglesia. En ella podemos escuchar la Palabra y encontrar ayuda para perseverar.

—Sí, supongo que ese será el camino.

 

Diríamos que la Iglesia es el lugar donde podemos dejar nuestra semilla para que, desde allí buscar la mejor tierra donde sembrar esa Palabra de Dios que nos convierta y nos de la fortaleza y Gracia para dar frutos de amor. No olvidemos que allí recibimos el Espíritu Santo – en la hora de nuestro bautismo – y en Él encontraremos inteligencia, sabiduría, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios para dar los frutos de amor que nuestro Padre Dios espera de nosotros.

miércoles, 10 de agosto de 2022

COMO UNA SEMILLA

Si miramos sobre nosotros mismos observaremos que nuestra vida viene a ser como si de una semilla se tratara.  Nacemos y nos desarrollamos, pero, si nuestro corazón se cierra a toda llamada de amor y se vuelve sobre sí mismo de manera egoísta, tu vida – cerrada al amor – queda vacía y estéril.  Lo mismo ocurre en la semilla que, tirada sobre la tierra, no se abre y muere, queda baldía y no da frutos. Porque, para que tu vida, como la de la semilla, dé frutos necesita abrirse y perderse a sí misma para, muriendo, dar frutos.

Levantemos la mirada hacia nuestro Señor Jesucristo. Se hizo hombre, despojándose de su gloria celeste ha venido a este mundo y, abierto a todos por amor ha entregado su Vida para rescate de nuestra dignidad de hijos de Dios y liberación de la esclavitud del pecado. Jesús es la Semilla que, sembrada en la tierra de nuestro corazón, nos invita a despojarnos de nuestra vida para entregarla en servicio y por amor a los demás.

Simplemente, la solución de este mundo no pasa por las ideologías y propuestas de los hombres, sino por la entrega – por amor – de cada hombre a su prójimo. Es lo que nos transmite Jesús cada día en y con su Palabra y su Vida. Pero, al parecer, este mundo, sobre todo los poderosos, como los de su tiempo, siguen ciegos y endurecidos su corazones.

 

—La solución —dijo Manuel— es tan sencilla y clara que no verla supone estar sometido al pecado. Se experimenta muy palpablemente que no somos libres. Estamos sometidos y esclavizados a nuestra propia naturaleza herida por el pecado.

—Sencilla pero difícil de hacer vida en la propia vida —respondió Pedro.

—Sí, difícil será siempre. Es esa cruz de la que se habla muchas veces. Pero, no imposible de vivir. ¡Claro, nunca solos sino injertados en Jesús!

—De ahí la gran importancia —dijo Pedro— de nuestro bautizo. En él recibimos al Espíritu Santo que nos fortalecerá y auxiliará para llevar a cabo esa lucha de cada día.

 

Animados y fortalecidos en el Espíritu, Manuel y Pedro, siguieron su camino en la esperanza de, en el Espíritu Santo, ir ganando la batalla de cada día en esa guerra de su propia vida hasta el día, la hora y el instante de presentarse ante el Señor.

sábado, 18 de septiembre de 2021

LA SALVACIÓN, EL SEÑOR, LA HA DEJADO EN TUS MANOS

 

Eres libre. El hombre siempre ha luchado por la libertad y Dios lo ha creado libre. Libre para que pueda elegir el camino apetecido. Y es verdad que ese camino de felicidad y de vida eterna está escrito en tu corazón. Ahora, el camino no será fácil encontrarlo. Tendrás que luchar, que hacer renunciar y que descubrir las apariencias, engaños y seducciones que, posiblemente mundo, demonio y carne te van a tender. Esa es la historia de nuestra vida, un camino de salvación que Dios te ha regalado y que tú tienes que descubrir.

Es verdad que Dios te va a ayudar a encontrarlo. Un Padre, más tratándose de Padre Dios, no te va a dejar abandonado. Te ayudará, pero, esa ayuda estará condicionada a tu colaboración. Solo si tú accedes y quieres, desde la hora de tu bautismo, el Espíritu Santo te asistirá y auxiliará para que puedas encontrar ese camino que clama a gritos dentro de tu corazón.

La parábola que hoy nos narra Jesús nos lo explica muy claramente. Nos ayuda a descubrir donde estamos nosotros. ¿Soy semilla que cae en el camino o en tierra pedregosa? ¿Acaso crezco entre zarzas que me ahogan y desvían? ¿O, por el contrario soy tierra buena que acojo la semilla, dejo que eche raíces profundas y dé buenos frutos? ¿Dónde me encuentro? 

Porque, estés donde estés, la Misericordia y el Amor de Dios es Infinito y te ayuda, contando con tu esfuerzo - para eso has sido creado libre - a salir de ese borde del camino, de ese terreno pedregoso o de entre las zarzas  e ir a la tierra buena. Esa tierra buena que se abre al Amor y la Misericordia de Dios y da frutos.

lunes, 26 de julio de 2021

EN LO PEQUEÑO ESTÁ ESCONDIDO LO GRANDE

 

Todo tiene un principio y, por supuesto y lógico, ese principio nace pequeño hasta hacerse grande. Esa es la  comparación que nos pone Jesús hoy en el Evangelio: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».

La fe se hace presente de esa forma, de lo pequeño a lo grande. No aparece de repente, sino que va creciendo lentamente hasta el punto de no darnos cuenta. Muchos nos preguntamos, ¿por qué no tengo fe? Pero, quizás la respuesta sea, ¿realmente tú la buscas? Porque, para encontrar y tener hará falta buscar, y, sobre todo, pedir. La fe la tendremos que pedir, desear y buscar escondida en los Sacramentos y en la Gracia de Dios.

La fe es la consecuencia de una siembra que tu crazón abona, cultiva y cuida con su esfuerzo, su perseverancia, su obediencia y apertura a dejarse labrar y cultivar para que dé frutos. Solo la Gracia de Dios nos la da gratuitamente, pero, eres tú, y también yo, quienes tendremos que abrirnos para que la masa y la semilla sembrada en nuestro corazón crezcan se desarrolle y fermente.

sábado, 10 de abril de 2021

SEMILLA DE FE

 

La fe es un proceso, lento y perseverante. No se produce, al menos normalmente, de repente y de forma espontánea. Es como una siembra, que empieza de pequeña y, poco a poco, va creciendo hasta llegar a dar frutos. Es un camino en el que, la semilla sembrada, germina y crece. Podemos equiparar la siembra como un encuentro con Jesús, en el que escuchando su Palabra - abono y riego - va creciendo en nuestro corazón esos frutos de amor que la Palabra de Dios produce en nuestro corazón - nuestra tierra buena -.

Una tierra - nuestro corazón - que con la frecuencia de los sacramentos - Eucaristía y Reconciliación - va germinando y creciendo hasta dar frutos. No cabe ninguna duda que las dudas persistirán y estarán siempre presente en nuestro camino. El diablo se encarga de eso y busca siempre la forma de seducirnos, engañarnos y tentarnos. El mundo está a sus pies y le ofrece muchos recursos. Él busca que nuestra semilla no eche raíces, no muera y, en consecuencia, se seque y no dé frutos.

En contrapartida, necesitamos perseverar unidos al Señor y a los hermanos en la fe. La parroquia es un lugar donde podemos fortalecernos y sostenernos firmes para que nuestra semilla de fe persevere y dé frutos. No tengamos miedo. Posiblemente, el riesgo, la incertidumbre e inseguridad nos ayudan a mantenernos cerca del Señor y a pedirle su auxilio. 

Experimentamos esa necesidad, como los apóstoles, de descubrir su presencia, de saber que está Vivo entre nosotros y que, caminando a su lado, podemos resistirnos al pecado y, por consiguiente, dar frutos.

sábado, 19 de septiembre de 2020

LA SIEMBRA DE TU VIDA

 Lc 8,4-15

 

Quieras o no, tu vida es una siembra, porque, en tu camino irás dejando la huella de tu vivir y los hechos con los que vas construyendo tu vida. Esa es tu siembra y de ella obtendrás los frutos que, en tu camino y con el tiempo, la tierra de tu corazón va produciendo. Ni que decir tiene que, la calidad de esos frutos dependerá del amor con el que se haya ido cultivando.

Posiblemente, muchas de tus pequeñas semillas no caerán en la tierra que tú deseas y, arrastradas al camino serán pacto de las pisadas de los que por allí pasan y de la comidas de los pájaros. Son semillas fugaces que de la misma manera que caen en la tierra, son devoradas por las palabras que se lleva el viento enviado por el diablo. Otras, quedarán atrapadas entre pedrusco que le impedirán crecer y desarrollarse, y, aunque por algún tiempo creen y se entusiasman, pronto terminaran desencarnadas y sin raíces que les impedirán crecer y dar frutos. También están aquellas que, crecidas entre zarzales escuchan la Palabra, pero, seducidos por los afanes, ambiciones y placeres del mundo, terminan abandonando.

Por último, están aquellas semillas que caen en tierra buena y hunden sus raíces en la profundidad de sus corazones hasta fortalecidas con la Gracia de Dios, mueren y dan frutos. Abundantes frutos buenos que perseveran hasta entregar sus vidas. Ahora, la cuestión es preguntarnos, ¿dónde han caído las semillas que, a lo largo de mi vida, he ido sembrando durante mi camino?

Responder a esa pregunta irá clarificando la siembra de mis semillas y los frutos que he dado. Bien está confesar que soy consciente de que muchas de mis semillas han caído a la orilla del camino; otras entre pedruscos y zarzales y, quizás las menos en tierra buena. Ese es mi propósito, esforzarme en que las semillas que restan a mi vida vayan cayendo en tierra buena y dando buenos frutos.

viernes, 31 de enero de 2020

POR LA GRACIA DE DIOS

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Mc 4,26-34
A veces nos empeñamos en ser nosotros los protagonistas de nuestra conversión y hasta de nuestra santidad y crecimiento Y nos equivocamos. El Reino de Dios ha sido plantado en nuestros corazones por la Gracia recibida en la hora de nuestro bautismos y, queramos o no, irá creciendo sin darnos cuenta.Como crece la semilla en la tierra. Claro está que si no la cuidamos, no la regamos con agua y la abonamos debidamente su crecimiento será malo, deficiente y hasta llegará a secarse. Pero, independiente de lo que nosotros hagamos, la semilla irá creciendo sin estar nosotros presente.

Nuestra libertad nos hace responsables y, por nuestra parte, tendremos que colaborar. Sin lugar a duda que quien nos salva es el Señor. Nos salva y nos convierte y nos hace santos, pero, porque así Él lo ha querido, necesita nuestra disponibilidad y nuestra libertad. Dada voluntariamente esta, la semilla plantada en nuestros corazones irá creciendo mientras vivimos y cubrimos las etapas de nuestra vida. Tal y como crece la semilla en la tierra mientras el labrador descansa y duerme.

Todo empieza desde muy pequeño y casi imperceptible a la vista humana. Nuestros corazones de niños se irán transformando en corazones jóvenes hasta madurar por la Gracia de Dios. Nuestra labor será cuidarnos de dejarnos intoxicar por las tentaciones del mundo y por las impurezas de nuestras pasiones y apetencias: soberbia, envidia, riquezas, placeres, venganza, poder...etc.

El Reino de Dios se irá construyendo dentro de nosotros para, madurado y arraigado en nuestro corazón, contagiar en el exterior hasta el punto de irlo regando y cultivando en el mundo que nos rodea.

miércoles, 29 de enero de 2020

SEMBRAR Y RECOGER

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Mc 4,1-20
La vida es una siembra y nuestros corazones han sido sembrados en la semilla de la verdad y del amor. La Palabra de Dios impregna nuestros corazones y el hombre experimenta el amor y la verdad. No quiere un mundo de mentiras ni de injusticias, pero, herido por el pecado puede ir en contra de lo que desea. Pablo lo expresa claramente y muy bien cuando dice: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.” Rm 7, 15-20.

Estamos herido por el pecado y eso nos induce a cometerlos. Es decir, a desear lo prohibido, a satisfacernos en nuestras pasiones, a dar riendas sueltas a nuestra concupiscencia y egoísmos. Y a no dar frutos en verdad y justicia. Por lo tanto, esa siembra hecha en nuestros corazones queda infructuosa por el pecado si no ponemos en juego nuestra voluntad para hacer y vivir según nuestros deseos de amar.

Por lo tanto, la siembra hecha en mi corazón tiene que ser cuidada, no podemos dejarla a la inclemencias del tiempo o de la misma tierra donde haya caído. Tendremos que sembrar donde hay tierra buena, o, dicho de otra forma, proveer nuestros corazones de buena tierra, buena agua y abonos que la fertilicen para que den buenos frutos. En otra clave, la oración, la frecuencia del Sacramento Eucarístico, los buenos hábitos, la comunidad son los condimentos necesarios para sostenernos y hacer lo que esta impreso en nuestros corazones.

Dios nos ha puesto la semilla en nuestro corazón, pero corresponde a cada uno de nosotros cuidarla y regarla para que dé frutos. Sera necesario procurarle buena tierra para que la semilla pueda crecer y echar profundas raíces y desarrollarse. Pero, también hay que limpiarla separarla de las piedras y abrojos que crecen a su lado y amenazan con ahogarla y secarla. Estamos en un mudo hostil, enfermo y cómodo. Un mundo que nos presenta una propuesta tentadora de aparente felicidad en las riquezas, pasiones, poder...etc. Un mundo que nos aleja de Dios y nos acerca a la perdición que se esconde bajo la mentira y la falsa felicidad.

Será bueno reflexionar en la presencia de Dios y a la Luz del Espíritu Santo para descubrir que se hace necesario abonar nuestro corazón de buena tierra donde la raíz de nuestro amor puede dar buenos frutos.

martes, 30 de octubre de 2018

EN EL SILENCIO DE CADA DÍA

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La fe es un don de Dio y crece en nosotros como un regalo de su Voluntad. Pero, quizás no advertimos su crecimiento al igual que nos sucede con nuestro pelo o las plantas. Crecen sin darnos cuenta mientras estamos ocupados en otras cosas o dormimos. Sin embargo, experimentamos dentro de nosotros un deseo irrenunciable de amar y de realizar buenas obras. Experimentamos gozo en darnos y trabajar por construir un mundo mejor.

Sí, el Reino de Dios es como esa semilla insignificante por su tamaño y casi invisible a la vista, que, sin percatarnos de su presencia, va creciendo y transformando nuestro corazón hasta el punto de movernos, por la Gracia de Dios a entregarnos y darnos por y para el bien de los otros. Es también, nos dice Jesús, como esa pequeña porción de levadura que introducida en la masa la fermenta y la hace grande.

Desde lo pequeño a lo grande; desde la humildad al amor de dar por el bien de los demás. Todo empieza por aceptar nuestra pequeñez humildemente abriéndonos a la Gracia de Dios para que haga maravillas en cada uno de nosotros. Somos pequeñas semillas que sólo Dios transforma con nuestra disponibilidad y libertad a dejarle actuar en nosotros. Nos ha hecho libre y cuenta con nuestra participación. Así lo ha dispuesto y querido. También nosotros tenemos que colaborar.

Lo ha dejado a nuestro libre albedrío, pero necesita la tierra de nuestro corazón para abonarla con su Gracia y producir los frutos esperados. 

domingo, 17 de junio de 2018

A SU IMAGEN Y SEMEJANZA

Resultado de imagen de Mc 4,26-34 por Fano
Dios está en nosotros, pues nos ha creado a su imagen y semejanza y en nuestro corazón está la impronta de Dios. De tal forma que si lo cultivamos y cuidamos bien nacerán en nosotros frutos de Dios porque nuestra semilla es de Dios. Frutos que serán de amor, esencia de Dios.

Por eso, Jesús nos compara hoy el reino de Dios como aquel hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. Y así ocurre en nuestro interior. No nos damos cuenta, pero si nos abrimos a la acción del Espíritu Santo la fe va creciendo en nosotros sin saber cómo ni dónde. Y los frutos van saliendo a su debido tiempo por la acción del Espíritu.

Queramos o no hemos salido de Dios y al Él volveremos. Dios ha sembrado algo divino en nuestros corazones humanos y nuestro destino, queramos o no, es Él. Por eso, a pesar de nuestro rechazo y abandono a responder a su llamada, nuestros frutos tienen la semilla del bien y del amor. El hombre gusta de hacer el bien y, aun resistiéndose por su egoísmo, se siente feliz cuando percibe, entiende y experimenta que hace el bien.

Es entonces cuando descubre el gozo y la paz que da ese sentirse bien y que se llama felicidad, lo que precisamente buscaba de forma equivocada en el mundo y en las cosas del mundo. Ese tesoro descubierto es precisamente el reino de Dios. Él mismo que se te revela en tu propio corazón. Por eso, tus frutos llevan el sello, la marca y la naturaleza de Dios, porque nacen de Él. 

Porque, todo hombre que se precie de tener buen gusto y ser inteligente buscará y deseará parecerse a Dios, porque sólo en Él encontrará lo que busca, paz, gozo y felicidad. Y sus frutos serán frutos de Dios, porque salen de un corazón semejante a Dios.

viernes, 26 de enero de 2018

TODO CRECE AL MARGEN DE TU ESFUERZO

Mc 4,26-34
Es un misterio, y me lo he preguntado varias veces, que la semilla, hundida en la tierra, germina y crece sin saber por qué. Sabemos que hay explicaciones científicas de lo que sucede, pero en último término, ¿quién fabricó esa semilla para que germinará ella sola? Sí, tienen que darse unas condiciones, pero, dadas, nace y crece sin pedir permiso a nadie.

Hoy, Jesús nos habla, usando parábolas, del parecido del Reino de Dios:  «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

También en nosotros se ha plantado esa semilla en la hora del Bautismo. Y en él hemos recibido la Vida de la Gracia, para que, en la medida de nuestro crecimiento y desarrollo humano, vayamos también creciendo en Gracia de Dios. Y lo hacemos sin darnos cuenta, sin percatarnos que la Gracia de Dios nos va haciendo mejores personas hasta el punto de darnos y sacrificarnos los unos por los otros. Es decir, amarnos.

Todo consiste en estar abiertos a esa Gracia que nos purifica y nos riega de santidad y buenas obras. Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, y cuando permanecemos en Él, estamos en el Camino, pero también en la Verdad, y eso florece la Vida dentro de nosotros. Una vida que, sin darnos cuenta, va moviendo nuestro corazón y transformándolo más generoso, más suave y desprendido.

Todo es Gracia y nada por nuestros méritos. Por eso, no caigamos en el error de pensar que las cosas suceden por nosotros y que se deben a nuestros méritos. Todo crece y se transforma al margen de nuestro esfuerzo, porque todo es Gracia de Dios.