miércoles, 7 de enero de 2026

CONVERSIÓN Y COMPASIÓN

Mt 4, 12-17. 23-25

    Llevaba siempre una linterna en su bolsillo para alumbrarse en la oscuridad durante sus largos paseos por el bosque. Conocía bien el poder de la luz cuando el camino quedaba en penumbra, tapado por los gigantes árboles que lo custodiaban.

    Un día de esos que Javier solía salir a caminar y que tanto le gustaban, no reparó en su linterna. Eso sí, la llevaba, pero olvidó revisar su batería.

  Sucedió que, al cruzar por un frondoso sendero, sus guardianes gigantes no dejaban pasar la luz del sol. La noche apareció como una magia imprevisible y el camino se tornó oscuro.

   Instintivamente echó mano al bolsillo y sacó su linterna, dibujando una agradable sonrisa en sus mejillas. Pero su cara cambió como un relámpago: se frunció y sus ojos se abrieron como lámparas de asombro al comprobar que la luz no aparecía.

    —¡Dios mío, las pilas están agotadas! ¡No veo nada! —gritó desesperado.

    Se había olvidado de cambiarlas, y también de traer repuesto.

    «¿Qué hago ahora?», pensó. «Se ha hecho tarde y no veo el camino de regreso».

    Algo desesperado y temeroso de no poder avanzar, Javier no quería pensar que tuviera que pasar la noche en el bosque. El frío era insoportable y no había venido preparado para afrontar una situación así.

    Entonces, dejando caer sus rodillas sobre la ya húmeda espesura, abrió los brazos en cruz y dijo:

    —¡Oh, Dios, Tú que alumbras a los pueblos el camino de salvación, dame ahora, en este momento en que las tinieblas oscurecen mi camino, la luz suficiente para encontrar el sendero de regreso a mi casa!

    Permaneció unos minutos arrodillado, con la cabeza recogida entre los brazos. No se atrevía a mirar; la oscuridad le daba miedo. La noche caía irremisiblemente sobre el silencioso bosque.

    Pasado un largo rato, apartó lentamente los brazos y abrió uno de sus ojos. Miró y todo seguía igual. Sin embargo, al mover la cabeza, ya con ambos ojos abiertos, le pareció distinguir un rayo de luz que venía de la luna. Eso, al menos, quiso imaginar.

    Vacilante, pero movido por un deseo interior que le animaba, comenzó a caminar en la dirección que ese débil pero orientador haz de luz le indicaba. No sabía si era el camino correcto, pero era lo único que veía, y un sentimiento profundo lo empujaba a seguir.

    Varias veces se detuvo y, tembloroso, susurraba:

    —¿Eres Tú, Señor?

    Experimentaba que alguien lo impulsaba a caminar, y así continuó durante un buen trecho.

   El cansancio empezaba a apoderarse de él. No sabía si se acercaba o se alejaba. Estaba a punto de romper en lágrimas y gritos de desesperación cuando divisó una luz tenue a lo lejos. Su corazón retumbó de esperanza y un impulso interior lo movió a seguir.

    Al cabo de un buen rato, sollozando de alegría, gritó:

    —¡Es mi casa, es mi casa!

    Se arrodilló y dio gracias a Dios.

    Había sucedido lo que Mateo proclama en su evangelio (cf. Mt 4, 12-17. 23-25):
«El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande».