| Lc 5, 27-32 |
—Le gustaba observar y discernir sobre lo que veía. Pero, cuando adoptaba una actitud biempensante, no dejaba títere con cabeza: todo le parecía lejano, distante de la realidad.
No consideraba oportuno acercarse a los demás y, menos aún, compartir mantel, reunirse comunitariamente, dialogar y reconciliarse con quienes pensaban distinto o pertenecían a otros grupos.
Ese es el personaje de nuestra historia. Se llama Alfredo. No ve con buenos ojos nada que le suene a comensalidad, comunidad, diálogo, reconciliación, diversidad, comunión, justicia, apoyo mutuo, sanación, inclusión, igualdad, hospitalidad, acogida, aceptación… e incluso algo de desafío y Eucaristía.
Sin embargo, ni se le pasa por la cabeza que precisamente él, y quienes viven gozándose en la crítica, sean de los que más necesitan del Médico.
Hizo un silencio, tomó el Evangelio y, señalando el pasaje de Lc 5, 27-32, leyó:
—En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban…
Al terminar la lectura, añadió:
—No vino a condenar, sino a salvar. Pensemos en nosotros: cuántas veces condenamos… cuántas veces buscamos chismes sobre los demás.
El problema no era Leví, sino los que creían no necesitar conversión.
Con estas palabras cerraba Manuel su historia de hoy en la tertulia.