Julio no se atrevía a
compartir lo que creía. Sentía, además de timidez, que no sabía qué decir.
Paralizado, su lengua no se movía ni articulaba palabra alguna.
Aquello le entristecía y
no le dejaba avanzar en su fe. Porque de eso se trataba: de su fe. Creía en
Jesús, según las palabras de Juan Bautista (cf. Jn 1,29-34), pero no era capaz
de anunciarlo ni siquiera de darlo a conocer.
Apesadumbrado y perdido
en sus pensamientos, se sentó en una terraza.
No se le iba de la
cabeza esa sensación de opresión, de no sentirse libre para dar rienda suelta a
su fe.
Julio se movía
nerviosamente. No dejaba sus manos quietas y su cabeza giraba como si temiera
que alguien lo estuviera observando.
Santiago se dio cuenta
de su intranquilidad y, queriendo ayudarle, le hizo un gesto a Manuel para que
lo observara.
Después de unos minutos,
Manuel se le acercó y le dijo:
Manuel lo miró
afectuosamente y, con paciencia, le respondió:
—La mejor manera de
relajarse es soltar lo que uno lleva dentro. Mientras no salga, la angustia se
queda habitando en el corazón.
Julio agachó la cabeza.
Permaneció unos segundos en silencio. Luego alzó el rostro y, mirándolo con
calma, dijo:
—Tiene usted razón. He
notado cierto alivio desde que, tras sus palabras, he decidido sacar afuera lo
que llevo dentro.
Santiago esbozó una
suave sonrisa de satisfacción y, dirigiendo sus ojos hacia lo alto, hizo un
guiño al Espíritu Santo.
—No hay duda —continuó
Manuel— de que, cuando uno decide compartir lo que cree para bien de todos, el
alma descansa y goza en paz.
Hizo una pausa,
contempló a Julio —ya sereno— y concluyó:
—Eso fue lo que hizo
Juan Bautista: proclamar lo que vio y señalar al Mesías esperado. Y eso mismo
es lo que estamos llamados a hacer nosotros: ser testigos de lo extraordinario
en lo cotidiano, de encuentros que transforman, de dar a conocer su Nombre.