sábado, 3 de enero de 2026

ESTE ES EL HIJO DE DIOS

    Julio no se atrevía a compartir lo que creía. Sentía, además de timidez, que no sabía qué decir. Paralizado, su lengua no se movía ni articulaba palabra alguna.

    Aquello le entristecía y no le dejaba avanzar en su fe. Porque de eso se trataba: de su fe. Creía en Jesús, según las palabras de Juan Bautista (cf. Jn 1,29-34), pero no era capaz de anunciarlo ni siquiera de darlo a conocer.

    Apesadumbrado y perdido en sus pensamientos, se sentó en una terraza.

    No se le iba de la cabeza esa sensación de opresión, de no sentirse libre para dar rienda suelta a su fe.

    —¿Desea algo el señor? —le dijo Santiago, acercándosele.
    —¿Cómo? ¡Ah! Perdone. Sí, póngame un café solo. Y agua, por favor.
    —Enseguida, señor —respondió Santiago.

   Julio se movía nerviosamente. No dejaba sus manos quietas y su cabeza giraba como si temiera que alguien lo estuviera observando.

    Santiago se dio cuenta de su intranquilidad y, queriendo ayudarle, le hizo un gesto a Manuel para que lo observara.

    Después de unos minutos, Manuel se le acercó y le dijo:

    —Perdone mi atrevimiento, señor, ¿le ocurre algo?
    —No, nada. Estoy algo nervioso, pero nada grave. Trato de relajarme y descansar.

    Manuel lo miró afectuosamente y, con paciencia, le respondió:

   —La mejor manera de relajarse es soltar lo que uno lleva dentro. Mientras no salga, la angustia se queda habitando en el corazón.

   Julio agachó la cabeza. Permaneció unos segundos en silencio. Luego alzó el rostro y, mirándolo con calma, dijo:

    —Tiene usted razón. He notado cierto alivio desde que, tras sus palabras, he decidido sacar afuera lo que llevo dentro.

    Santiago esbozó una suave sonrisa de satisfacción y, dirigiendo sus ojos hacia lo alto, hizo un guiño al Espíritu Santo.

    —No hay duda —continuó Manuel— de que, cuando uno decide compartir lo que cree para bien de todos, el alma descansa y goza en paz.

    Hizo una pausa, contempló a Julio —ya sereno— y concluyó:

    —Eso fue lo que hizo Juan Bautista: proclamar lo que vio y señalar al Mesías esperado. Y eso mismo es lo que estamos llamados a hacer nosotros: ser testigos de lo extraordinario en lo cotidiano, de encuentros que transforman, de dar a conocer su Nombre.