| Mc 4, 35-41 |
La noche se avecinaba. «¿Cómo le había ocurrido aquello?», se preguntó.
No supo responderse y, algo desesperado y temeroso, emprendió el camino de regreso. Su corazón comenzó a latir con más fuerza, mientras pensaba que la oscuridad acabaría por ganarle.
En poco tiempo se vio envuelto en tinieblas que le impedían orientarse y avanzar con seguridad. Se detuvo y, alzando los ojos al cielo, no encontró nada que iluminara su camino.
Apenas dio unos pasos más y perdió por completo la noción de dónde se encontraba. Los latidos de su corazón eran ahora intensos y constantes. El miedo y la oscuridad lo paralizaban; no se atrevía a dar un solo paso. Apenas alcanzaba a ver unos pocos metros.
De pronto, el silencio de la noche se quebró con ruidos que parecían venir de todas partes. Unos aullidos le encogieron el corazón. «¡Dios mío! ¿Serán lobos?», se dijo con voz temblorosa, a punto de llorar.
Tropezó con algo sólido y lanzó un alarido de terror. Tras un instante, logró distinguir que se trataba de un árbol robusto. Casi sin fuerzas y vencido por el miedo, se acurrucó apoyando la espalda en el tronco. Pero enseguida, al oír chasquidos semejantes a pisadas sobre hojas secas, le asaltó otro pensamiento: «¿Será una serpiente?»
Se levantó sobresaltado y se alejó unos pasos del árbol, intentando no ser sorprendido por aquella posible amenaza. No sabía qué hacer ni hacia dónde ir. No veía nada. Lleno de pánico y desesperación, se arrodilló. Juntó las manos y se encomendó al Señor:
—Dios mío, sácame de esta situación. Alúmbrame el camino de vuelta y líbrame de todo peligro. Tengo miedo, Señor.
Derrotado por el cansancio y la tensión, quedó profundamente dormido.
El canto suave de unos pájaros lo despertó con la luz del alba. Abrió los ojos y tuvo la sensación de encontrarse en un lugar maravilloso. ¿Le habría ocurrido algo? ¿Estaba en otro mundo?
De un salto se incorporó. ¿Qué era aquello? ¡Estaba en su cama! Miró hacia la ventana; de allí procedía aquel canto tan dulce y agradable. «¡Dios mío!», cayó entonces en la cuenta. ¡Había sido un sueño!
Después de asearse y antes de sentarse a desayunar, guardó unos minutos de silencio. Dio gracias a Dios por aquel despertar tan sereno y, al leer el evangelio del día, su rostro se iluminó con una grata sonrisa:
(Mc 4,35-41): Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Despidieron a la gente y lo llevaron en la barca, tal como estaba; y otras barcas lo acompañaban. De pronto se levantó una fuerte borrasca, y las olas irrumpían en la barca…
Al terminar la lectura, quedó profundamente conmovido. Alzó los ojos y dio gracias al Espíritu Santo.
Había comprendido que las tempestades desenmascaran nuestra vulnerabilidad y dejan al descubierto esas seguridades falsas y superfluas sobre las que tantas veces construimos la vida. Dios es nuestra fortaleza; sin Él, quedamos a merced de las tempestades que nos rodean.