No se trata de una
verdad humana legislada por los hombres. Se trata de su Verdad, de la Verdad
que Jesús trae de parte de su Padre para anunciarnos su Amor Misericordioso que
nos redime y nos salva por los méritos, precisamente, de Él, su Hijo predilecto
y amado. Porque, la Verdad que nos anuncia Jesús no es la verdad de este mundo.
Es la Verdad del Padre y que Él entregando su Vida cumple la Voluntad del Padre
y nos rescata de la esclavitud del pecado.
Por tanto, nos
hace libres. Libres para no quedarnos simplemente en creer sino en permanecer
en Él siguiéndole como discípulos. Porque no nos basta simplemente con creer,
hay que permanecer en su Palabra y convertirse en discípulos. Permanecer en el
pecado nos esclaviza y nos aleja de la Casa del Padre. Permanecemos cuando nos
liberamos del pecado y, libres para amar permanecemos en la Casa del Padre.
Se trata de renunciar a lo viejo, a lo que nos inmoviliza y nos paraliza. A todo aquello que ciega nuestros ojos, a nuestras verdades ya concebidas e inmaduras, a nuestros deseos de quedarnos en Egipto con nuestras seguridades antes que caminar, confiados en el Señor, por el desierto. Se trata de dejarnos abrir a la Verdad, a lo desconocido porque viene del Señor, y solo Él nos alumbra el verdadero Camino, Verdad y Vida.