Podemos asegurar ser
fieles y no fallar, y asegurarlo una y mil veces. Y hasta dar pruebas de ello.
Pero, queramos o no, tendremos que reconocer nuestra fragilidad, nuestra
debilidad y nuestra condición humana y pecadora. Posiblemente, en este diálogo
de Jesús con Pedro se esconde el descubrirle esa condición pecadora y la
garantía, a pesar de sus pecados, de la siempre fidelidad del Señor. Pedro lo
experimentará en esa noche irrepetible de sus tres negaciones a reconocerse amigo
y fiel al Señor.
Y eso nos sostiene
a cada uno de nosotros y, en su conjunto, a la Iglesia. No nos salvamos por
nuestras obras, por nuestros méritos ni por todo el bien que hagamos. Si,
verdaderamente eso vale, pero nunca será suficiente para una salvación plena
junto al Señor. Nunca lo mereceremos. Si lo logramos será por la Infinita
Misericordia de nuestro Padre Dios, puro regalo gratuito por Amor. Un amor que
solo entenderemos cuando estemos en su presencia.
Y sabernos amado misericordiosamente nos fortalece, nos renueva, nos da ánimo para empezar de nuevo, para seguir en la lucha a pesar de la cruz que siempre estará tentándonos y probándonos. Ese es el camino y esa es la esencia de sentirnos Iglesia, camino sinodal que nos sostiene unidos, fortalecidos y, sobre todo, amados por el único que nos ama de verdad, nos perdona misericordiosamente y nos salva.