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(Lc 13,1-9) |
No viene el castigo de Dios, sino de mi mismo por mis desvíos y alejamiento de Dios. Pensamos que porque hacemos cosas malas Dios nos castiga. Nuestros criterios llegan a pensar eso. A mal comportamiento se impone castigos y penas. Pero el pensamiento de Dios no es ese. No se entendería como envía y ofrece a su Hijo a una muerte de Cruz para redimirnos y pagar, sin culpa alguna, por nuestros pecados.
No cabe en ninguna cabeza, ni en ningún razonamiento con sentido común. La lógica no funciona así. Dios nos busca porque nos quiere y desea salvarnos. Salvarnos del pecado al que estamos sometidos, pero no entregados. Sin lugar a duda que no nos lo merecemos, porque el pecado cometido voluntariamente, pecado original, nos ha dejado a merced de la inclinación de la carne y del propio Maligno que se aprovecha de nuestra debilidad.
Pero la Misericordia de Dios nos redime y nos salva. Nuestras propias miserias y castigos no vienen de Dios sino de nuestros propios pecados. Así, en la medida que nos alejemos de Dios, nuestro vacío y sin sentido será mayor y terminará por hundirnos en la perdición.
Pidamos al Señor descubrir su Misericordia, y la grandeza de darnos y entregarnos para poder recibir, por su Gracia, el premio de los frutos que nos lleven a la Vida Eterna. Amén.