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viernes, 25 de febrero de 2022

INDISOLUBILIDAD

 

El amor es indisoluble, no se acaba ni muere nunca. Hemos sido creados por amor y nuestro destino es la Vida Eterna. Otra cosa es que la rechacemos por el pecado y no queramos darnos cuenta. Igual ocurre con el matrimonio, decimos querer y amar al cónyuge y, de repente, le odiamos. ¿Es eso posible? Dios no nos ha creado así. Nos ha dado un corazón para amar y no para odiar. ¿Qué ocurre entonces?

El pecado trastorna nuestro corazón y, por la libertad que se nos ha dado, odiamos en lugar de amar. Igual que rechazamos nuestra felicidad eterna eligiendo la condenación eterna. Es eso lo que ocurre en el matrimonio. Cuando el amor es puro, es maduro, es cuidado, cultivado y responsable, la unión de un hombre y una mujer es para siempre. No hay alternativa, porque, de haberla, ese amor habría sido construido sobre arena movediza y sobre el falso y egoísta lodazal de la mentira y la pasión.

Es el hombre el que se empeña en cambiar el Plan de Dios para con la unión del hombre y la mujer. Es el hombre quien, por el pecado, se somete a las pasiones, a los deseos y egoísmos que le separan del cónyuge y rompen el vínculo sacramental. Y, cuando hablo del hombre, entiéndase que también donde digo hombre, digo mujer. Ambos tienen la misma responsabilidad, las mismas tentaciones y los mismos pecados. Por eso, necesitamos el sacramento del matrimonio. Invitar a Dios a que nos asista, nos auxilie y nos fortalezca en esa unión necesaria y vital para también fortalecernos en la educación de los hijos.

Miremos como nos ama el Señor. A pesar de nuestros rechazos, de lo que le decepcionamos, de nuestros fallos, de nuestra actitud de volverle la espalda, de nuestra indiferencia y…etc. Nuestro Padre Dios sigue amándonos y manteniendo su propuesta de amor eterno invitándonos a compartir eternamente su Gloria. ¿Y nosotros nos empeñamos en romper nuestros matrimonios por pequeñas diferencias egoístas? ¿Es qué no entendemos que el amor se prueba y se comprueba cuando necesariamente exige esfuerzo, comprensión, abnegación, despojamiento y…? - pon tú lo demás -.

Las Palabras de Jesús son tajante y claras: Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

Y, tras la insistencia de sus discípulos, quizás porque, como nosotros nos cuesta entenderlo, les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio». Ahora, saquemos nosotros nuestras conclusiones.

sábado, 21 de noviembre de 2020

DIOS DE VIVOS, PORQUE HEMOS NACIDOS PARA LA VIDA ETERNA


Imaginar que la vida eterna en el cielo tiene algún paralelismo con la que vivimos aquí en la tierra es de ignorancia y demuestra que nuestra imaginación no puede abarcar ni imaginar - valga la redundancia - lo que sucederá en la otra vida. La vida que Dios Padre nos tiene preparada. Porque, Él, Creador de todo lo visible e invisible no ha creado al hombre y la mujer, semejantes a Él, para luego abandonarlo a la muerte.

Es de sentido común y muy razonable que, Dios Padre nos ha creado para que vivamos la Vida Eternamente junto a Él y en plenitud de gozo y felicidad. Por tanto, Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Quiere para nosotros la Vida Eterna, pero nos ha dejado libres para que lo decidamos por nuestra cuenta. Y, para eso, ha enviado a su Hijo, nuestro Señor Jesús, para anunciarnos esa Buena Noticia de Salvación.

Por tanto, dependerá de nosotros que le escuchemos y le sigamos haciendo esa Voluntad que el Padre nos manda a anunciar por y con su Hijo. Él nos da testimonio con su Vida y sus Obras para que le creamos y hagamos la Voluntad del Padre. Sin embargo, muchos se empeñan en discutirle sus enseñanzas y pensar con sus razonamientos limitados y envueltos en tinieblas. Los saduceos negaban la resurrección y ponen un ejemplo - el de la mujer con siete maridos - planteando con quien vivirá en la otra vida.

¿Acaso somos tan necios que pensamos que la otra vida es como esta? ¿Cómo podemos pensar así? ¿No nos damos cuenta de nuestras limitaciones y de que no podemos comprender lo que nuestro Padre Dios piensa y nos prepara? ¿No hemos visto y experimentado todo lo que ha hecho con sus obras en los demás? La respuesta de Jesús queda muy clara en el Evangelio: (Lc 20, 27-40) «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son...

viernes, 12 de junio de 2020

NO CODICIARÁS LOS BIENES AJENOS

MATEO 5, 27-32 | Mensajes, Decir no y Citas bíblicas
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No cabe duda que en el momento de celebrar, de forma correcta, voluntaria y libre, el Sacramento del matrimonio, el hombre y la mujer se comprometen fidelidad y pertenencia. Y el romper este vínculo supone infidelidad y deseos impuros. No sólo se incumple contra el noveno, "no consistirá pensamientos ni deseos impuros", sino también contra el decimo: "No codiciarás los bienes ajenos", entendiendo que el hombre y la mujer, una vez unidos por el sacramento del matrimonio, son pertenencia corporal y espiritual bendecida por Dios para ambos y no pueden ser deseados ni desear a otros.

Y eso no está limitado por el hecho que se consuma ese deseo interior para ser acto de culpa, sino que sólo dejarlo entrar en tu pensamiento y aceptar ese deseo te señala ya como culpable de haber cometido tal delito. Por tanto, la lucha interior de no dejar asentar ese pensamiento en mi corazón, y menos desearlo, es la lucha de cada día y a la que tenemos que estar dispuesto.

No es cuestión de atormentarnos ni de tampoco desesperar por experimentar esas tentaciones a diario o con mucha frecuencia, propias de nuestra naturaleza humana, sino de esforzarnos en no consentirlas ni dejarlas entrar en nuestros pensamientos y menos gozar con ellas. Se trata de la lucha por cerrar la habitación de nuestros deseos y ponernos en actitud de cumplir la Voluntad de Dios tratando de ser fiel a nuestra promesa matrimonial y a la de los demás.

Y para ello debemos despojarnos de todo aquello que nos impide mantenernos fieles a nuestro compromiso sacramental, sea nuestros ojos o nuestros brazos, significando con ello que siempre será más valioso entrar en el Reino de Dios con un brazo que ir al infierno con los dos. Se trata de valorar más nuestra fidelidad que dejarnos llevar por nuestras pasiones y concupiscencias.

viernes, 16 de agosto de 2019

MATRIMONIO, UNA VOCACIÓN

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No todos están llamados al matrimonio. Realmente es una vocación porque su misión tiene sus exigencias y sus compromisos. La familia está detrás de esa vocación matrimonial y ella constituye la Iglesia domestica que reunida forman la Iglesia. De su vocación sacramental la Iglesia espera todo, pues de ellas salen tanto las vocaciones sacerdotales y consagradas como las laicas.

Formar una familia exige unas condiciones especiales que no todos pueden ofrecer. Esas condiciones pasan por perder parte de tu individualidad e integrarte en el otro u otra para formar entre ambos la unidad conyugal bajo la gracia del Sacramento matrimonial injertados en Xto. Jesús. Y esa no es tarea fácil, pues presenta muchas dificultades que nacen del propio ser de los mismos contrayentes.

Casarse no es simplemente vivir bajo el mismo techo, ni siquiera estar juntos, sino compartir lo que se es y lo que se tiene. Unirse en santo matrimonio es dejar de ser tú para ser nosotros. Comienzas a darte cuenta que ese paso presenta muchas dificultades y que no estás preparado para afrontarlo tú solo. Necesitas la ayuda del Señor que, para eso lo has invitado a tu matrimonio al pedirle a la Iglesia el sacramento matrimonial.

Ese es el secreto, abrirse al ofrecimiento que nos brinda el Señor en el Sacramento. Jesús viene a nuestra presencia. Nos lo ha dicho: cuando dos o tres se reúnen...-Mt 18, 19-20- y viene para auxiliarnos, para fortalecernos, para alumbrarnos, para darnos toda la capacidad que necesitamos para vencernos y permanecer unidos.  Viene, si nos abrimos a su Gracia, para ablandar nuestros corazones e irnos transformando según su Voluntad, que no es otra que buscar nuestro bien y nuestra unidad.

Necesitamos superar nuestros egoísmos, nuestras apetencias, nuestras individualidades y todo aquello que tiende a separarnos y a destruir nuestro amor. Porque, ¿qué es realmente amar? ¿Cómo realmente me han queridos mis padres? Pensemos, ¿cómo será entonces el amor de mi Padre Dios?

viernes, 1 de marzo de 2019

ENSÉÑAME A OÍR LO QUE TU DICES Y NO LO QUE A MÍ ME GUSTARÍA OÍR

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Mc 10,1-12
La pregunta ronda mi cabeza, ¿quiero que lo que dice Jesús sea de mi agrado y, sin darme cuenta, acomodo sus enseñanzas a mis intereses? Esa es la cuestión, porque de esa forma me estoy creando yo un dios de acuerdo con mi imaginación y con mis intereses. Lo del matrimonio es duro, porque vivir en comunidad y en fidelidad es duro. Sobre todo cuando ese estado toca mis instintos sexuales, mi propia vanidad, mi ego personal y mis satisfacciones egoístas.

El amor es una batalla diaria y, a veces, ingrata, dura, costosa e incómoda. Mantener esa fidelidad, a veces no sostenida en la atracción sexual o mortificada y asediada por  tus propias pasiones; las diferencias y luchas con la orientación a los hijos y la propia estructura familiar hacen de tu vida un calvario, una cruz que cuesta cargar cada día. No hay otro camino, amar significa todo eso y todo eso es darte, olvidarte de ti y entregarte al otro y a los otros. 

La familia es espacio de gozo y cruz, de penitencia y de salvación. El amor exige eso, pues cuando todo empezó e iba sobre rueda no hacía falta buscar el amor, se amaba sin esfuerzo e incluso daba gozo vivirlo y hacerlo. Pero, llegan momentos de prueba y de sacrificio, y entonces es cuando hay que demostrar que realmente se amaba. Es lo que espera Dios de ti y de mí, y es lo que podemos dar a Dios, la prueba de nuestro amor amando en familia.

Es el plan que Dios ha pensado sobre nosotros y no pongamos pegas, porque sólo Dios sabe lo que nos conviene y lo que realmente es bueno para nosotros. No perdamos de vista que Dios nos ama así y así nos lo demostró Jesús en su Vida en este mundo. ¿No tendría Dios motivos para dejarnos a cada uno de nosotros? Sin embargo, no sólo no nos ha dejado sino que ha enviado a su Hijo para darnos la posibilidad de recuperar esa dignidad que tenemos por ser sus hijos. Tengamos fe y paciencia.

domingo, 7 de octubre de 2018

CONOCIMIENTO Y COMPROMISO

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Mc 10,2-16
La unión de dos personas puede realizarce por diversos intereses y conveniencias. Pueden relacionarse por asuntos económicos, mercantiles o deportivos, pero también, caso de tratarse de hombre y mujer por un compromiso de amor. Y digo, hombre y mujer, porque fuera de ese parámetro estamos hablando de desviaciones o intereses humanos donde el hombre quiere meter la mano y dirigir la creación.

Hay un sólo Creador y desde el principio, ante la pregunta que hacen los fariseos refiriéndose a que Moisés les permitió repudiar a la mujer, Jesús les responde: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

El matrimonio es una vocación a la comunidad por un compromiso amoroso. Es una vocación al compartir todo desde los sentimientos hasta la pasión y a prolongar ese compromiso de amor en los hijos. Abiertos a la vida. Es la escuela de amor donde los esposos maduran su compromiso y donde tienen la oportunidad de darse, de soportarse, de entenderse, de sacrificarse, de crecer como personas y de ser un ejemplo para sus hijos. Es la unidad familiar célula de los pueblos, pues ellos están formados por familias que se establecen en un lugar formándolos. 

Y dependiendo de como sean esas familias serán también los pueblos. La importancia del matrimonio es fundamental para la justicia, la verdad y la paz en los pueblos. Es un importante reflexión la que debemos hacer a este respecto, porque de ello dependerá el futuro de nuestros hijos. Y, por cierto, de ellos podemos aprender mucho, porque de su ternura, transparencia, pureza e inocencia necesitamos llenarnos, pues, «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él».

viernes, 17 de agosto de 2018

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

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Mt 19,3-12

A la hora de plantearnos el matrimonio planteamos también primero nuestros proyectos y nuestros planes. Y, ¿cuáles son nuestros proyectos y nuestros planes? Sin lugar a duda que ahí entran en gran medida nuestras apetencias y apetitos y nuestros intereses. Entre otras cosas porque no podemos separarnos de nuestra naturaleza humana, carnal, egoísta, débil y pecadora. Estamos sometidos y esclavizados a nuestras tendencias e inclinaciones puramente carnales y humanas. Liberarnos no es cosa que podamos hacerlo nosotros solamente.

Y si queremos satisfacer nuestras pasiones y gustos a nuestra manera y según nuestra humanidad lo lógico y de sentido común es que caigamos en el error. Para botón de muestra la realidad que nos rodea, infinidad de matrimonios en crisis y separados. Por lo tanto, lo primero es escuchar lo que Jesús dice al respecto cuando le pregunta aquellos fariseos: 

«¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?». Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre». Supongo que todo queda meridianamente claro. Otra cosa es que yo quiera organizar mi vida a mi manera y a mis gustos. Que no son los gustos del Señor, y, por lo tanto, lo que no nos conviene. Porque, ¿quién sabe lo que mejor conviene al hombre? Desde ahí medimos nuestra fe.

El hombre sigue empeñado en hacer las cosas a su manera y no se calla. Vuelve a preguntar a Jesús y a echarle en cara lo que les había permitido Moisés: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?». Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no hablo de unión ilegítima- y se case con otra, comete adulterio».

El plan de Dios está claramente definido y el matrimonio es el núcleo donde el amor se hace visible y necesario, pues sin amor - ágape - no se puede alcanzar la máxima expresión de felicidad y gozo eterno. En eso manifestamos y descubrimos que somos semejante al Señor, en el amor. Y es el amor lo que realmente florece la vida y la convivencia en paz y verdad entre los hombres.

viernes, 12 de agosto de 2016

EL MATRIMONIO, UNA VOCACIÓN

(Mt 19,3-12)

Normalmente no se entiende el matrimonio y la familia como una vocación. Normalmente se va al matrimonio impulsado por el deseo sexual y no por el deseo vocacional de responder a la formación de una familia. La prueba de que eso sucede hoy es la baja natalidad en los matrimonios de hoy. Todo se pospone a la idea de la buena vida, del gozo y placer.

Y los hijos son un obstáculo y una lata. Se construyen las familias sobre arena y no sobre roca. No es extraño que suceda lo que vemos. Las familias, apoyadas en el sexo y comodidad, arena movediza, se derrumban a la menor tempestad. Y se buscan otras parejas, otras fuentes de gozo y placer. Placer efímero y de poco tiempo, porque el sexo se gasta. No es un amor puro, sino placentero y egoísta que se gasta pronto y termina.

Lo que nunca termina es el amor ágape, el amor que se entrega, que se da y que su gozo nace del servicio y de buscar el bien de la persona amada. Y de la familia, los frutos de su amor. Y desde ahí, lo lógico es permanecer en ese amor y no repudiarlo. Porque eso es lo que nos dice el sentido común, no el sentido egoísta. Los hijos padecen y sufren ese egoísmo de sus padres. Porque no consiste en llevarse bien, sino en convivir bien reflejando esa entrega, ese servirnos y amarnos.

Se trata de que los hijos encuentre en sus padres la orientación, los valores, el respeto, la fidelidad y todas aquellas actitudes que dignifican al hombre y lo hacen más perfecto, mejor y más hijo de Dios. No cabe duda que el mundo sería mejor, porque el mundo lo componen familias. Ese debería ser la primer medida y la primera regla de los gobiernos:  Una educación dirigida, basada y apoyada en las familias, porque son ellas las que construyen y edifican los pueblos, las ciudades y las naciones.

No olvidemos ni miremos para otro lado. Tu separación y la mía es consecuencia de nuestro egoísmo y satisfacciones placenteras. Nunca del sentido común ni del derecho a la verdad y la justicia. Son simples auto engaños que queremos justificarlos distorsionando la realidad y la verdad.

viernes, 10 de junio de 2016

LA VERDAD NO ADMITE IMPUREZA

(Mt 5,27-32)

Cuando algo es impuro entendemos que no es perfecto y que está mezclado de impurezas que lo desvirtúan. Así pasa con el amor, cuando no es fiel al compromiso contraído se desvirtúa y corrompe. Porque el amor no es simplemente la pasión o los sentimientos, es el compromiso y la palabra. 

¿Podríamos entender que Dios rompiera su Alianza y nos condenara a todos? ¿Podríamos entender que Dios nos retirara su Misericordia? Dios está comprometido con cada uno de nosotros, y, a pesar de nuestras infidelidades se mantiene firme en su compromiso. Él no retira su Palabra y sostiene su Amor. Pero quiere que cada uno de nosotros haga lo mismo. A pesar de nuestras pasiones, egoísmos, sentimientos y caprichos. 

Dios quiere que nuestro compromiso de amor con nuestra esposa sea modelo, testimonio y ejemplo de amor como el de Él. Por eso, Dios bendice el matrimonio y se compromete en el sacramento matrimonial a ayudarnos, a darnos su Fortaleza y Gracia para que podamos sortear y superar todas las dificultades que nuestra unión sufrirá. Dios quiere que nuestra unión sea para siempre, hasta que Él regrese, en su Hijo, para poner todas las cosas en su lugar.

Todos comprendemos que la unidad es el objetivo y que el amor es el pegamento de esa unidad. Pero nos falla el pegue, porque lo contaminamos, lo dejamos a la intemperie y lo estropeamos. Necesita cuidados, necesita compromiso y responsabilidad, pero, sobre todo, necesita oración. Jesús ha sido invitado, y si al invitado no se le pone cuidado, se le cuida y atiende, terminará por no estar o por perdérnoslo. Porque hay otro, que no habiendo sido invitado, está al acecho y nos tienta y estropea nuestra unión. Ya lo hizo con Adán y Eva.

La belleza no está en la pasión, en los gustos, en las comodidades, en las satisfacciones, sino en la verdad y en el compromiso de respuesta a lo autentico, a lo verdadero, a lo justo. Una persona es valorada no cuando se ha preocupado de sí misma y se ha dado la buena vida egoístamente, sino cuando ha sido responsable con sus compromisos y ha vivido de acuerdo con la verdad y la justicia. Lo que propone Jesús es lo más lógico y lo mejor. Su Palabra es Palabra de Vida Eterna.

viernes, 20 de mayo de 2016

EL AMOR ES ETERNO

(Mc 10,1-12)


Si Dios es eterno, el Amor también lo será, porque si Dios es Amor y Eterno, el Amor, por deducción, también será Eterno. Puro silogismo. De modo que el amor entre un hombre y una mujer, creados semejantes a Dios, también, por deducción, será eterno. Es decir, no se puede romper como nos dice Jesús en el Evangelio de hoy: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».

Se puede argumentar lo que se quiera y hacer demagogia. Hay para todos los gustos y salidas por la tangente de muchas formas, pero la Palabra del Señor queda clara. Y esa Palabra la Iglesia no puede cambiarla por mucho que quieran o insistan los hombres y mujeres. Que cada cual cargue con su cruz.

Sucede que, tanto el hombre como la mujer confunden el verdadero amor, semejante al de Dios, con su propia pasión, con sus propios sentimientos, con sus intereses y egoísmos, y esos sí son limitados, caducos y terminan, pero el compromiso de amor persistirá siempre, como persiste eternamente el compromiso, sin condiciones, del Amor de Dios.

Porque la esencia del Amor de Dios es contraria a los criterios del amor que propone el mundo. Mientras el mundo mide el amor con una medida de valor apoyada en el interés económico, placentero y egoísta, el amor que Jesús propone es un amor desinteresado, entregado, gratuito, incondicional y comprometido por Amor. Y un Amor así es eterno.

Por eso, los creyentes en Jesús se casan en su presencia, es decir, sacramentalmente. Y no hay ningún miedo a las tempestades y terremotos que puedan venir, que sabemos que vendrán, porque el compromiso está sostenido por Jesús y bendecido por el Padre. Amarnos como nos ama Dios es la aventura más hermosa y dichosa a la que el hombre y la mujer aspiran. Por eso y para eso ha venido Jesús, para, en el Espíritu, acompañarnos en ese compromiso de amor que dura para siempre.

domingo, 4 de octubre de 2015

MATRIMONIO: ¿ASOCIACIÓN O UNIDAD?

(Mc 10,2-16)


Se hace difícil hablar del matrimonio, porque dependerá de la fe en nuestro Señor el tratamiento que le demos a nuestra unión matrimonial. Las cosas son tratadas según con la mirada que les mire. Los contratos tienen unas condiciones, pero muchos se rompen sin cumplirlas.

Vivimos en estos momentos una crisis de justicia. Hay muchas leyes constitucionales que, al parecer, no se cumplen, y cada cual trata de aplicarla según sus intereses. El resultado es la separación y la desunión. Y eso mismo ocurre en el matrimonio. Si das la espalda a lo que dice Jesús, para ti el matrimonio es cosa de prueba y de experimento. Si me va mal, o no me satisface, lo dejo y a formar otro.

El sentido común no parece que apruebe eso. La fidelidad nos dice, en lo profundo de nuestra conciencia, que cuando se promete debe cumplirse. Y el amor, el verdadero y auténtico, es un amor que se descubre en los momentos y circunstancias más difíciles y duras. Y es cosa de dos, porque de lo contrario esclaviza y somete, y se convierte en egoísmo dejando de ser amor.

Por lo tanto, lo que induce a separar son amores contaminados, egoístas, placenteros, que miran sólo para sí mismos y que se olvidan del otro cuando no les satisface sus intereses. Y eso es lo que ocurre, buscan estar en la Iglesia, pero cumpliendo sus intereses y egoísmos. Y claro, chocan con la Palabra de Jesús, que nos invita a vivir un amor solidario, comprometido y desapegado que estabilice la convivencia, la educación, los cuidados y protección de los hijos y hagan de los pueblos espacios de convivencia, de justicia y de paz.

Y todos sabemos que el sostén de los pueblos se apoya en las familias. Familias construidas en el verdadero amor al que invita Jesús. Todo lo demás es demagogia, mecanismos de defensa que tratan de justificar lo injustificable.

Indudablemente, tendremos que ser como niños para darnos cuenta que seguir los caminos y las enseñanzas que Jesús nos indica es la mejor propuesta el mundo que vivimos.

viernes, 28 de febrero de 2014

LO UNIDO POR AMOR NUNCA SE SEPARA

(Mc 10,1-12)


Sé que hay separaciones y frustraciones matrimoniales. Sé que hay hasta razones por las que parecen justificadas algunas separaciones, y sé que las familias, por estas separaciones, están en peligro. Hay muchas situaciones que no entiendo y en algunos momentos me desoriento y me pierdo. Como tus discípulos, Señor, hoy quiero yo también preguntarte para que me lo aclares más y mejor.

Es claro que donde hay amor el separarse no tiene sentido, y también es claro que muchas separaciones están motivadas por un egoísmo utilitarista y placentero que, desaparecido este, la atracción desaparece y, demagógicamente, lo confunden, porque interesa y es lo más fácil, con amor. 

El amor que no es verdadero, y por lo tanto no es amor, está asentado en una conducta individualista desprovista y vacía de responsabilidad. Esto es todo lo contrario al amor, es la antítesis del amor, y en este sentido diría que todas las separaciones derivan de esa realidad. Cuando el amor es verdadero esto no sucede porque viene del Señor y está garantizado y unido por Dios.

Así, la familia, célula y fermento de la convivencia en el amor, hace justicia y genera paz. Y los pueblos, nacidos de familias juntas, garantizan la convivencia entre hombres responsables  y de buena voluntad. Es el ideal de todos los pueblos pero están ciegos por los egoísmos que el demonio alimenta entre ellos.

Sólo el Señor es la solución que nos dará luz y fuerzas para desterrar el libertinaje e irresponsabilidad y acoger el verdadero amor responsable que nos una en paz y justicia.

viernes, 13 de agosto de 2010

CREADOS POR AMOR Y PARA EL AMOR


DIOS, que es amor y que ha creado al hombre por amor, le ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, les ha llamado, en el matrimonio, a una íntima comunión de vida y de amor entre ellos; es a causa de ello que ya no son dos, sino uno solo.

Pero ese amor subyace detrás del propio egoísmo del hombre y la mujer, que se buscan en sí mismos dónde esperan encontrar la felicidad ansiada. Es por eso por lo que cuando se habla de amor no se trata de un amor eros ni ego, sino un amor que muere en el darse y desvivirse por el otro. Y,entonces, es cuando nace el inmenso gozo del verdadero amor, que nunca muere ni se acaba.

Desde esa verdadera y auténtica visión del amor no tiene sentido la separación ni la ruptura del matrimonio, porque no da lugar a que se produzca ni se conoce tal posibilidad. Los dos, por amor, se convierten en uno y cada sentimiento del uno pertenece al otro. Cada diferencia del uno es asumida y aceptada por el otro; cada bien del uno es procurado por el otro; cada momento de dolor o sufrimiento del uno es compartido y sufrido por el otro, hasta el punto de no saber dónde empieza el uno y termina el otro. Han quedado fundidos en uno solo.

Juan Pablo II afirmaba que "el hombre llega a ser imagen y semejanza de DIOS no sólo a través de su humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el hombre y la mujer forman desde el principio. el hombre llega a ser una imagen de DIOS más perfecta en el momento de la comunión que en el momento de la soledad".

La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad, y nada puede reemplazarla totalmente. Ella misma se apoya, por encima de todo, en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa que se sostiene gracias al afecto y comprensión mutua. Es pues de vital importancia protegerla porque de su permanencia depende el bienestar y la convivencia de los pueblos y naciones.

JESÚS muere para que, de su muerte entregada voluntariamente, florezcan los frutos del amor que darán la verdadera vida, gozosa y eterna, para todos los hombres. Nuestro destino es el amor, porque hemos sido creados por amor y, nuestra meta es amar, porque hemos sido creados para amar. Sólo cuando amamos estamos siendo fieles a nuestro fin, y, por supuesto, estamos alcanzado el máximo ideal que buscamos: "SER FELICES ETERNAMENTE".






lunes, 6 de octubre de 2008

QUIENES FORMAN LOS PUEBLOS









En el camino de nuestra propia educación se nos dice que la familia, comunidad de amor abierta a la vida, está apoyada en nuestra propia razón social y de relación. Es decir, la base de la formación de los pueblos son las familias.

No necesitamos mucho que pensar para comprender que, al margen de lo que nos digan, es verdad tal sentencia, y hasta podemos formular nuestro propio silogismo:

“Si la persona pertenece y nace en la familia,
Y los pueblos los forman muchas personas,
las familias, unas juntas a otras, forman los pueblos”.

No hay ninguna duda, sólo por motivos de guión, he empezado esta reflexión dejando como una señal la referencia del sustento y pilar fundamental de quien compone los pueblos. En esta yuxtaposición familiar, pronto nacen problemas como origen de la convivencia entre las mismas. Hay que educar a los hijos, hay que vigilarlos, hay que darles de comer, hay que ganarse el sustento, ¿cómo y qué hacer?

Y se funda el origen del Ayuntamiento, gobierno y cuidado de la comunidad formada por las familias. Y así llegamos al Gobierno, tan complejo hoy, de Comunidades, Municipios, Estado…etc. Y ahora en esta carrera tan vertiginosa y compleja se diluyen la raíz para lo que fueron creadas tales instituciones. Llegamos a una verdad: “sólo en nuestros propios orígenes encontraremos respuestas en el horizonte de nuestras preguntas”.

Responder a nuestros problemas y dar respuesta a nuestro verdadero camino es mirar a nuestro pasado e indagar la razón de los problemas qué y por qué se fueron planteando en cada momento de nuestra propia historia y cuales fueron nuestra respuestas a los mismos.

Hoy surgen nuevos problemas, los que nos pertenecen a nuestro tiempo y en nuestro propio camino, y desde nuestros orígenes debemos responder a los mismos. La verdad hay que buscarla en la razones y comportamientos de nuestros abuelos: su concepción del amor, su respeto a la libertad, su autoridad en la familia, sus diferentes roles familiares… etc., sin descartar ni perder de vista que es un camino de perfección donde a nosotros hoy nos toca poner y cribar el mal transmitido y el bien común percibido y alumbrado por el tiempo, la experiencia y la ley natural. Permítame decir que para un creyente, yo lo soy, contamos con la asistencia del ESPÍRITU SANTO que nos asiste e ilumina el camino hacia nuestro propio bien.

Sin embargo, no quiero sólo apoyarme en mi fe, sino en, para los que no creen, la razón. Toda persona de buen gusto se precia de elegir el bien; les revela que lo bueno está barnizado por la verdad, el respeto y la justicia, y eso sólo se consigue con la libertad de buscar la verdad y el bien común.

Y, indudablemente, llegar a eso exige esfuerzo, renuncia y sacrificio. El otro camino: lo fácil, lo apetecible, lo que me gusta, lo cómodo no es, casi nunca, lo correcto. Lo corriente, en muchas ocasiones, no es lo normal. Por lo tanto, se hace necesario y así está recogido en el sentir y en nuestra Constitución que la comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente:

la libertad de fundarle un hogar, de tener hijos y de educarlos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas;

La protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar;

La libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y las instituciones necesarios;

el derecho a la propiedad privada, a la libertad de iniciativa, a tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar.

conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia de las personas de edad, a los subsidios familiares;

la protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.;

la libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles.

Para un creyente, yo lo soy, el cuarto mandamiento ilumina las demás relaciones en la sociedad. En nuestros hermanos y hermanas vemos a los hijos de nuestros padres; en nuestros primos, los descendientes de nuestros antepasados; en nuestros conciudadanos, los hijos de nuestra patria; en los bautizados, los hijos de nuestra madre, la Iglesia; en toda persona humana, un hijo o una hija del que quiere ser llamado “PADRE nuestro”.

Así, nuestras relaciones con el prójimo se deben reconocer como pertenecientes al orden personal. El prójimo no es un “individuo”, (cosa), de la colectividad humana; es “alguien”, (persona), que por sus orígenes, siempre “próximos” por una u otra razón, merece una atención y un respeto singulares.

Las comunidades humanas están compuestas de personas. Gobernarlas bien no puede limitarse simplemente a garantizar los derechos y el cumplimiento de deberes, como tampoco a la sola fidelidad a los compromisos. Las justas relaciones entre patronos y empleados, gobernantes y ciudadanos, suponen la benevolencia natural conforme a la dignidad de personas humanas deseosas de justicia y fraternidad.

Y esto es lo que debemos, los ciudadanos que anhelamos el bien común, exigir y analizar en los programas electorales. Primero que se comprometan a ello; segundo que luego los cumplan, pues lo primero sin lo segundo sería engañarnos y aumentar el libertinaje y la irresponsabilidad.

Y para ello, debemos de renunciar toda tentación de soborno: fiestas, ayudas hipócritas y artificiales y sólo para algunos, mejoras intrascendentes, no prioritarias, y huir de resuelto mi problema que los demás arreglen el suyo. Tenemos y debemos ir juntos y solidarios, pues arreglar el problema del otro es también arreglar mi problema.

Somos seres relacionados y sí tu problema está arreglado, el mío saldrá beneficiado. Juntos saldremos todos mejorados, pero si mis hijos tienen su problema resuelto y no me preocupo por los demás, tarde o temprano entrará en contacto con los que no lo tienen y, el problema está servido. Saldremos todos perjudicados. Es lo que está pasando con los países del tercer mundo. El egoísmo de los ricos está cayendo sobre ellos mismos y todos salimos salpicados. Nuestras tierras son invadidas por los que buscan un horizonte más esperanzador. Sus problemas nos incomodan, nos molestan, nos exigen lo que hace mucho tiempo no quisimos darles; nos reclaman sus derechos a compartir un mundo mejor para todos. Siempre sus problemas deberían haber sido nuestros problemas.

Y ahora debemos tomar conciencia y preguntarnos: ¿vamos a seguir igual?; ¿esperamos que otros solucionen nuestros problemas?; ¿arrimamos el hombro? ¿cómo?

Creo que no hay soluciones rápidas ni completas; se trata de empezar a participar; a hablar y a ponernos de acuerdo para luego pasar a denunciar y exigir con, simplemente, nuestro voto. Al parecer, no es muy difícil y sí. Se trata de ponernos de acuerdo llenando nuestros ambientes de afirmaciones con valores, con verdades, con justicias, con sinceridad, con solidaridad, con respeto y libertad.

Eso sí, con capacidad de sacrificio y lucha. No se trata de mi problema y, resuelto, me voy a casa. Se trata también del tuyo. Así las cosas todo empezaría a cambiar como por arte de magia, porque los amigos del poder, sí quieren permanecer en él tendrían que escuchar la voz del voto ahora y, mañana, ellos mismos estarían contagiados por el buen gusto de hacer las cosas por el bien común.