| Mt 22, 34-40 |
Podemos visibilizar nuestras oraciones, nuestros sacrificios y privaciones, y hasta nuestro silencio contemplativo, pero nunca mostrar nuestro amor. Porque solo se hará visible con hechos y obras.
Y eso solo está al alcance de aquellos que demuestran su amor a Dios amando al prójimo. Por eso, el primero es el principal: Nos une al Señor, del que recibimos las fuerzas para amar. Y con el segundo, amando al prójimo, se confirma el primero.
—Se comprende y es fácil decirlo, pero se hace muy difícil cumplirlo y vivirlo —dijo Pedro— frunciendo el ceño y con cara de desafío.
Manuel lo miró con paciencia y añadió:
—Estoy de acuerdo, la tarea es casi imposible teniendo en cuenta nuestra naturaleza, pero eso solo nos descubre que sin el Señor nada podemos.
Hizo una pausa y siguió:
—De ahí que primero está el Señor y, después, con y por su Gracia, recibiremos las fuerzas para amar a los demás. Sobre todo a los que más nos cuesta.
Pedro, dándose cuenta de que lo que le decía Manuel tenía sentido y coherencia, levantó su dedo pulgar en señal de estar de acuerdo.
Entonces, Manuel abrió la Biblia y comentó:
—No son palabras mías, sino que las dice Jesús en Mt 22, 34-40: En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
Guardó un breve silencio y, mirándolos, continuó:
—«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero.
Se incorporó, levantó la cara y, elevando la voz, prosiguió:
—El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Entonces, alzó los brazos y, cerrando la Biblia, añadió:
—En estos dos mandamientos se sostiene toda la ley y los profetas.
Había quedado claro. Mientras haya un hermano o una hermana a la que cerremos nuestro corazón, estaremos todavía lejos de ser discípulos como Jesús nos pide.