| Mt 9, 1-8 |
No se trata de cómo vemos las cosas, sino de cómo realmente son. Es cierto que solo las conocemos desde nuestra realidad, con nuestras capacidades y limitaciones; precisamente por eso debemos permanecer abiertos a otras perspectivas y a la verdad que también puede habitar en los demás.
Se suele decir que nadie posee toda la verdad y que todos podemos aportar una parte de ella. Sin embargo, con frecuencia actuamos como si fuéramos sus únicos dueños.
—¿Qué opinión tienes tú, Manuel, al respecto? —preguntó Pedro lleno de curiosidad.
Manuel, acostumbrado a esos planteamientos, no se turbó ni se inquietó. Simplemente y con mucha paciencia, dijo:
—La vida con el tiempo va poniendo todo en su sitio. Lo que nos toca a cada uno es permanecer abiertos a la verdad. Una verdad que está repartida entre todos los que la buscamos…
Guardó un breve silencio, miró para los allí reunidos y, con mucha claridad y llamando la atención, exclamó:
—Pero… solamente en aquellos que tratan de hacer el bien, vivir en la verdad y la justicia. Porque…
Volvió a mirarlos con firmeza y puntualizó:
—Porque quienes alimentan malos pensamientos o esconden dobles intenciones terminan cerrándose a la verdad y nunca llegan a encontrarla.
Pedro y los que lo rodeaban comprendieron que, cuando el corazón está dominado por prejuicios y malas intenciones, la verdad queda oscurecida por la mentira.
Buscar la verdad exige limpieza de corazón y buenas intenciones y deseos de justicia.
Manuel, observando el silencio del auditorio, concluyó:
—En el evangelio de Mateo 9, 1-8, Jesús descubre claramente la mala intención de los que allí estaban presentes y la cerrazón de sus corazones…
Entonces, llamando la atención y elevando la voz, añadió:
—Y con la intención de abrirles a la verdad, le ordena a aquel paralítico que se ponga en pie, coja su camilla y se vaya a su casa.
Pedro y los que lo rodeaban comprendieron que, cuando el corazón está dominado por prejuicios y malas intenciones, la verdad queda oscurecida por la mentira.
En nuestras relaciones podemos acoger, aceptar o rechazar a los demás. Cuando el corazón está cerrado, casi siempre acabamos rechazando aquello que cuestiona nuestra manera de pensar.
Y cerrados a la verdad de los otros, siempre elegimos la actitud de rechazar. Nos preguntamos: ¿Estamos nosotros también en esa actitud?