miércoles, 18 de marzo de 2026

LLEGA LA HORA

La discusión adquiría cada vez más fuerza. Bernardino seguía muy obstinado en mantener su teoría. No admitía otra versión.

—No se puede sostener algo que se apoye en la mentira —dijo Julio—, muy enérgico.

—Estoy de acuerdo —replicó Fernando—. Si no partimos de la verdad, todo se derrumbará como un castillo de naipes.

Todos volvieron sus miradas hacia Bernardino, que, sorprendentemente, se mantenía tranquilo y hasta con una aparente indiferencia.

—Vamos a ver, lo que se dice y se oye es lo que cada cual piensa o cree —comentó Bernardino. La verdad es relativa, la que cada cual cree y defiende.

Levantándose de su asiento, Julio clavó su mirada en Bernardino y le dijo:

—Eso no es serio cuando se trata de descubrir la verdad. En este caso, lo que tú defiendes y lo que defendemos otros…

Hizo un breve silencio y con una mirada complacida hacia Bernardino dijo:

—Hay que partir del objetivo de que la verdad es la adecuación de nuestra mente a la realidad objetiva, no la imposición de gustos personales o intereses subjetivos.

Bernardino, refugiado en un lenguaje abstracto y sin reglas claras, trató de salirse por la tangente, pero Julio, decidido a poner las cosas en su punto, lo paró y añadió:

—El diálogo verdadero busca revelar verdades, lo que implica estar abierto a cambiar de opinión ante nuevas evidencias, incluso si resulta difícil de aceptar.

Manuel, que contemplaba toda la disputa con interés, en búsqueda de la verdad, levantó su mano para intervenir.

Aceptada esta, y puesto de pie, dijo:

—La vida tiene dos opciones: la verdad y la mentira. La verdad, el bien y la justicia, lo que todos queremos. ¿No es así?

Después de una pausa, y mirando a todos a la cara, continuó:

—La mentira se disfraza de verdad con la intención de engañar y hacer trampa. Diríamos que es egoísta y hace el mal con el fin de salir con la suya.

Entonces, sacando su Biblia, siempre a mano, leyó:

Evangelio según Jn 5, 17-30: En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo». Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.

Al terminar de leer todo el pasaje evangélico mencionado de Juan, cerró la Biblia y con voz suave y dulce, comentó:

—Jesús busca el bien. Sus milagros y preocupación por evitar el sufrimiento se ponen de manifiesto en su vida. Esa es la labor de Dios, incluso en sábado. «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo», nos dice.

Moviendo las manos y con el rostro emocionado, concluyó:

—Dios sostiene constantemente su creación, y el Hijo también la hace, tanto entonces como ahora. Su Verdad está delante de nosotros para que todo el que crea en Él tenga vida eterna en plenitud.

En la atmósfera flotaba la convicción de que:

«Quien busca la verdad termina encontrando a Dios».