| Jn 7, 40-53 |
Se sentía perseguido. Sus palabras, bien recibidas por unos, eran motivo de duda y rechazo para otros. Mientras unos lo defendían y reconocían en su decir verdad y justicia, otros trataban de prenderle y apartarlo del pueblo.
Su presencia llegaba a molestar y ponía en peligro su vida. Rodolfo, consciente de ello, decidió no callar, sino seguir adelante. Estaba decidido a cumplir con lo que creía que debía hacer: decir la verdad y defender al más pobre y vulnerable.
Aquel día se entabló una disputa por su causa en la tertulia del pueblo. Un grupo estaba a su lado, pero otros trataban de apartarlo de la gente.
—Este hombre, lo que dice tiene sentido y llega al corazón de quienes lo escuchan —decía uno de los que le defendían—. No hemos oído hablar a nadie así en defensa de los más vulnerables.
—Pero sus palabras generan confusión —respondían otros—. No nos parece fiable y está confundiendo al pueblo.
El ambiente se fue enrareciendo y las voces se elevaron hasta el extremo de estar a punto de llegar a las manos.
Fue entonces cuando alguien de entre los dos bandos se levantó. Alzó sus manos con autoridad y dijo:
—¿Acaso la ley permite juzgar a alguien sin escucharlo primero y averiguar qué es lo que dice o ha hecho?
Abrió la Biblia que mantenía en la mano y leyó:
Evangelio según San Juan, capítulo 7, versículos 40-53: En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: «Este es de verdad el profeta».
Cuando terminó de leer, se hizo un silencio. Muchas miradas se cruzaron entre ambos bandos. Nadie se atrevió a responder. Todos enmudecieron.
Muchos comprendieron entonces que participar en la discordia, incluso creyendo defender lo bueno, puede alejarnos de la verdad si no escuchamos primero desde el corazón.
Escuchemos antes de juzgar. Protejamos al más frágil. Busquemos comprender antes de condenar. Y abramos el corazón a la posibilidad de que, incluso en medio de la discordia, podamos encontrar un camino hacia la verdad.