| Lc 4, 24-30 |
Sigfredo sentía que se merecía todo lo que tenía. Estaba orgulloso de sus acciones y se sabía muy valorado por todo el pueblo.
Esperaba reconocimientos y honores por sus méritos, pero estos no llegaban. La intranquilidad comenzó a instalarse en su orgullo y terminó convirtiéndose en soberbia. No entendía cómo a él, que había hecho tanto por el pueblo, no se le daba el tributo merecido.
Indignado y rebozando ira, se alejó del pueblo. Cansado de vagar, se acomodó bajo la sombra de un árbol a descansar. Sin saber cómo y absorbido por sus pensamientos, cayó en un profundo sueño.
Alguien se le acercó y, viendo su corazón ensoberbecido, le dijo:
No porque creamos que somos quienes somos se nos aseguran honores.
Los honores que esperamos por nuestros méritos no siempre coinciden con las cosas de Dios.
La humildad no consiste en mostrarnos pequeños, que no servimos para nada, escondiendo nuestra soberbia. La verdadera humildad es decir la verdad y reconocernos pecadores.
Sintió un toque en su cara. Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba tendido bajo un árbol. Recordó que se había sentado allí y pensó: «¡Me he dormido!».
Desconcertado por lo que había percibido en el sueño, regresó al pueblo. Al pasar por la plaza, un extraño impulso le llevó a entrar en la iglesia.
Su corazón empezó lentamente a ablandarse y a limpiarse de toda esa ira acumulada, mientras oía al sacerdote explicar el evangelio de Lc 4, 24-30.
También nosotros dividimos: los otros, los buenos y los malos, los de dentro y los de afuera.
Y cuando el mensaje no coincide con lo que esperamos, nos puede la ira y nos sentimos tratados injustamente.
El Señor, al borde del precipicio, se abre paso desde el coraje, imperturbable, dejando atrás la incomprensión y el rechazo.