miércoles, 22 de abril de 2026

EN OTRO MUNDO

Jn 6, 35-40

Si fuésemos conscientes de la mejor oferta —sed y hambre saciadas—, nos enfrentaríamos a la realidad de otra manera, mucho más humana.

De esta manera pensaba Manuel mientras tomaba su café en la terraza de Santiago.

—¿Alguno de ustedes conoce una oferta mejor que la de la plenitud de la vida eterna? —preguntó Manuel a sus amigos tertulianos.

Todos quedaron en silencio.

La realidad era esa: buscamos la felicidad… pero, ¿qué felicidad?

¿Una que nos deja con la sensación de no quedar nunca satisfechos?
¿Una que, cuando parece alcanzarse, se evapora en pocos minutos?
¿Una que nos obliga a estar siempre persiguiéndola?

Pasados unos segundos, se oyó la voz de Pedro:

—¿Y qué es lo que nos ocurre? Porque sí, todos buscamos la felicidad… pero, ¿no nos damos cuenta de que no está en este mundo?

—Al menos, no plenamente —dijo Roberto.

—Eso es —añadió Pedro—. Entonces, ¿por qué no la buscamos donde está?

—Pero… ¿Dónde? —preguntó Francisco, siguiendo con interés la conversación.

Manuel, que esperaba esas preguntas, se levantó; con una suave sonrisa, señaló la Biblia que sostenía en su mano y dijo:

—En el Hijo, que se nos ofrece como Pan de Vida eterna. En el evangelio de Juan (6, 35-40) nos dice: «Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Dios es Padre —y también Madre en su ternura— que anhela la plenitud para cada uno de nosotros.

Una oferta que nadie debería rechazar: la plenitud… la Vida, con mayúscula.

Ahora, ¿dónde estoy yo buscando hoy la felicidad?