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martes, 10 de agosto de 2021

¿QUÉ SIGNIFICADO TIENE MORIR?

 

Morir a tus vicios, a tus apetencias consumistas, placenteras y desmesuradas. Morir significa negarse, negación a todo aquello que con apariencias buenas, gozosas y felices te destruyen y te dejan vacíos. Por eso, para dar buenos frutos hay que morir a nuestras propias apetencias y dejar nuestra alma liberada para amar dándose y entregándose al bien de los demás. Porque, no se trata de ayudar y servir, sino de buscar el bien de los demás, que, a veces, consiste en decir que no y en desengañarles de buscar sus propias satisfacciones.

En algunas ocasiones Jesús abroncó a los apóstoles :!Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuando los tendré que soportar? - Mt 17, 14-20 -; quítate de mi vista Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios .Mt 16, 13-23 -.

Solo negándote a ti mismo podrás dar frutos, porque el fruto nace del esfuerzo, del cultivo y de la buena tierra que se cuida de estar bien abonada y regada. Y nunca nacerán frutos del descuido, del mal abono y de la mala tierra que se jacta de sí mismo, se hunde en su propia vanagloria y se satisface de su propio egoísmo narcisista. Ese es el verdadero significado de morir. Morir para dar frutos, y frutos buenos que dan entrada a la Vida Eterna.

sábado, 10 de agosto de 2019

VIVIR PARA DAR FRUTOS

Resultado de imagen de Jn 12,24-26
Por experiencia nos sabemos tentados e inclinados de forma egoísta a las pasiones, a las satisfacciones y a atesorar bienes y riquezas. Buscamos ser mejores que otros y nos sentimos esclavos de un deseo de vanidad y avaricia. Tratar de interrumpir esas inclinaciones nos resulta misión harto difícil, por no decir imposible, y nos someten a una batalla a muerte cada día. 

Queremos casi siempre responder de otra manera a esos impulsos animalizados humanamente y egoístas, pero se nos hace cuesta arriba. Pablo lo expresaba muy bien cuando decía que no hacía lo que quería y sí lo que no quería - Rm 7, 15 -. Ante esta realidad se nos presenta la disyuntiva de morir a nuestros egoísmos o vivir para ellos. Tú eliges. 

Creo que esa es la clave y la batalla que se nos presenta cada día. Porque, mucha atención , cada día libramos una batalla diferente que no tiene nada que ver con la del día anterior. Partimos de cero y empezamos un nuevo día con sus tentaciones, dudas, retos y desafíos en respuesta al seguimiento del Señor. Creo que ahí está escondida nuestra respuesta al sígueme al que te invita Jesús. Supongo que esa fue la elección de aquel joven rico a la invitación de Jesús a seguirle. Posiblemente, prefirió quedarse instalado en sus cumplimientos ante de emprender un camino lleno de inseguridades y riesgos que comporta seguir al Señor. Pero, un camino garantizado y apoyado en su Palabra de Vida Eterna.

Ahí, supongo, descansa también nuestra cuestión, dejar todo y abandonarnos en Manos del Señor o optar por nuestras seguridades y comodidades. Cuestionar nuestro tiempo y ponerle condiciones o dejarlo todo en Manos del Señor y entregárselo totalmente. Se trata de ponernos en actitud de servicio a los demás por amor y respuesta a Jesús. No resulta nada fácil porque eso nos presenta una lucha a muerte cada día. No hay descanso. 

Una lucha que consiste en ir muriendo a nuestro yo, a nuestros egoísmos para dar nuevos frutos consecuencia del amor en el servicio a los demás. Un morir para resurgir a una vida nueva que esconde la plenitud de gozo y eternidad.

lunes, 10 de agosto de 2015

MORIR ES VIVIR

n (Jn, 12,24-26)


La muerte es algo inaceptable. Nadie quiere morir, pero todos se resignan a ese suerte cuando, en el mejor de los casos, llegan a una edad muy avanzada. El cuerpo no resiste el tiempo y tiene su hora. Sin embargo, tenemos sobre la mesa la mejor oferta que podamos encontrar, la Resurrección y la Vida Eterna.

El problema es que no lo queremos aceptar, o nos vendamos los ojos ante las ofertas de este mundo caduco y enfermo. De cualquier forma tendremos que morir, pero no es lo mismo que lo hagamos de una forma o de otra. Morir, sin dar frutos, es no abrirse a la acción del Espíritu Santo y permanecer en la muerte al estar alejado de Dios. 

Vivir es renacer a la Vida al morir a tus pasiones y egoísmos, para ponerte en servicio de los demás y entregarte por amor. Cada día es una nueva oportunidad de dejar morir tu grano de trigo. Hay muchas cosas sencillas y pequeñas que te exigen colaboración y que te mortifican al realizarla, pero que son pruebas de amor, porque amar es eso, un compromiso en ayudar y colaborar por hacer el bien.

Y ese esfuerzo exige salir de uno mismo para mostrarte a los demás. Muchas veces nos quedamos pasivos y dentro de nosotros mismos, y perdemos la oportunidad de mostrarnos atentos, serviciales y cercanos a los demás. Y esos simples detalles ayudan, acercan y dan frutos de amor y servicio. Hay mucha tela que cortar y sobre la que reflexionar. Pero para ello debemos abrirnos a la Gracia del Espíritu Santo, porque solos no llegaríamos a buen puerto.

Hay mucha gente que está dando su vida por ser fiel a Jesús. Muchos cristianos perseguidos y martirizados sufren en sus propias carnes todo tipo de improperios y vejaciones. En el Evangelio de hoy termina diciendo
Jesús: "A quien me sirva, el Padre le premiará".

Hay dos caminos, el camino de la comodidad, del bienestar, de trabajar para procurarte una vida placentera y cómoda, o el camino del servicio, del esfuerzo por estar atentos a las necesidades de los más pobres y necesitados. El primero sería el de renunciar a morir y no dar sino tus propios frutos para tu provecho; el segundo sería el de morir a ti mismo y dar frutos para el bien de los demás.

lunes, 15 de noviembre de 2010

NO SON COSAS DEL PASADO, PASAN AHORA.



No son cosas que ocurrieron en una época pasada, o historias que no sabemos si han ocurrido, son cosas que están pasando en estos momentos, y que seguirán pasando hasta que el mundo acabe, porque el hombre de buen gusto responde a la llamada de DIOS.

Y responde porque la pregunta que guarda en lo más profundo de su corazón es alcanzar la felicidad eternamente, pues para eso ha sido creado y a eso está llamado. Es, por lo tanto, lo lógico que responda afirmativamente y si no lo hace hay que pensar que está esclavizado y sometido por otros dioses cuyos reinados sólo están en el mundo y perecerán como él.

Porque el mundo es caduco y finito. Sí nosotros aspiramos a un mundo eterno y feliz perpetuamente, tenemos que concluir que este mundo no es nuestro destino y que de no descubrirlo significa estar ciego y desviado, por lo tanto, como expresamos coloquialmente, no tener buen gusto o tenerlo enfermo.

Les dejo con una reflexión que nos puede ayudar a este respecto:

 
Sábado, 6 de Noviembre de 2010
Santa María, Reina de los mártires
"También fueron detenidos siete hermanos con su madre, y el rey quiso obligarlos, haciéndoles azotar con correas de cuero, a comer carne de cerdo prohibida por la Ley. Uno de ellos tomó la palabra en nombre de todos y dijo: «¿Qué exiges y qué quieres saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que desobedecer a la Ley de nuestros padres». Furioso, el rey ordenó poner en el fuego ollas y sartenes. En cuanto estuvieron calientes, ordenó que le cortaran la lengua al que había hablado en nombre de todos, que le arrancaran el cuero cabelludo y le cortaran las extremidades ante los ojos de sus hermanos y de su madre… Mientras el humo de la sartén se expandía a lo lejos, sus hermanos y su madre se daban ánimo unos a otros para morir valientemente, diciendo: «El Señor Dios que nos mira tendrá seguramente piedad de nosotros, según la palabra de Moisés en el Cántico que pronunció frente a todos. Allí se dice: Tendrá piedad de sus servidores» … Después de él trajeron al sexto. Cuando estaba a punto de morir, dijo: «No te hagas ninguna ilusión, porque si hemos atraído sobre nosotros estas desgracias y si nos tocan ahora pruebas poco comunes es porque pecamos contra nuestro Dios. Pero tú, que te atreves a hacerle la guerra a Dios, no creas que quedarás sin castigo». ¡Esa madre que vio morir a sus siete hijos en el transcurso de un solo día fue realmente admirable y merece ser famosa! Lo soportó todo sin flaquear, basada en la esperanza que ponía en el Señor… Al último murió la madre, después de sus hijos."
(2 Macabeos 7,1-41)

El ser humano es un ser religioso por naturaleza, crea o no crea en Dios. Pues si dice ser ateo, otras cosas o personas o el mismo, se colocarán en el lugar de Dios: Dinero, poder, sexo, juego … Pero lo admita o no siempre tiene un dios. Y cuando este dios no es el Dios verdadero es capas de cualquier cosa por “adorarlo”, aún hacer sufrir a los demás por conseguirlo.

Este domingo XXXII del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos propone meditar sobre el misterio del martirio, de la muerte y la resurrección. Y para ello la Liturgia de la Palabra comienza con esta situación narrada en el segundo libro de los Macabeos. Lectura que, si vivimos “desprevenidos” nos puede resultar extraña … Una madre que anima a sus hijos a dar la vida por Dios. El mundo, en medio de tanto ruido mediático, nos ha hecho creer que el martirio es cosa de siglos pasados, es cosa de las brumas de la historia.

Pero si no vivimos desprevenidos (o distraídos, o engañados…) habremos leído que en esta semana un ataque terrorista mató a 58 católicos en un ataque terrorista en al Catedral de Bagdad en Irak, de los cuales tres eran Sacerdotes. Y unos días después la misma organización criminal amenazó al Vaticano y a las Iglesias Coptas de Egipto con matar cristianos “allí donde estén”. Hubo una discreta difusión de la primera noticia y casi nula de la segunda … A occidente no le importa ni el mensaje ni la seguridad de los cristianos. Y si estos son católicos menos aún.

Debemos tomar conciencia de que los tiempos del martirio continúan. A tal punto ha sido esto verdad, que el Siglo XX tuvo más mártires cristianos, es decir que murieron a causa de su fe, que todos los siglos anteriores. Y el Siglo XXI sigue la misma curva ascendente.

¿Porqué da la impresión de que a los católicos de occidente nos resulta lejana esta realidad? Porque nos hemos dejado diluir, no todos obviamente pero si demasiados, por una cultura y una sociedad que le escapa al sacrificio, al sufrimiento, al dolor, a la cruz, a la muerte …

La sociedad paganizada modernista nos embrutece continuamente tratando, y consiguiendo, de convencernos de que lo más importante es divertirse, pasarla bien, disfrutar, satisfacerse … Un mundo que le encanta asustarse con cuentos de terror hollywoodenses y cómodamente sentados en butacas de cine pero que en realidad vive aterrorizado por la realidad ineludible de la muerte. Donde halloween y su supuesto “reírse de la muerte” no es más que una manera de distraernos de la Santidad y la Oración por los difuntos que nos enseña la Iglesia. El mundo ni quiere orar ni quiere ser santo ni quiere saber nada de la muerte, sólo le importa el aquí y el ahora. (Leer 2 Timoteo 3)

Y por otro lado, organizaciones criminales que “dicen” ser creyentes, matan salvajemente a aquellos que se interponen en su camino por conseguir el poder y el dinero, o pensando que glorifican a Dios (cfr. Juan 16,2-3),  por medios aberrantes como un atentado en plena Misa.

¿Cómo no va a sonarnos extraña esta lectura propuesta? Esa madre admirable y famosa debe ser un ejemplo para nosotros. Pues quizá en nuestra realidad no tengamos la Gracia (sí, la “Gracia” he dicho) de defender nuestra fe con nuestra propia sangre, pero día a día el cristiano que desee realmente ser Santo (de lo contrario no serás nada…) vive lo que Juan Pablo II y otros llaman “el martirio de lo cotidiano”. Porque si de algo podemos estar seguros es que estos últimos tiempos son los de las decisiones importantes y radicales: Si, No. Fríos, Calientes. Lo tibio, lo del medio, lo que ni es fu ni fa, en definitiva lo mediocre, no es pasta de santo ni de demonio (Apocalipsis 3,16). Basta ya del mediocre mundanismo-cristianizado o cristianismo-mundanizado de bautizados que no son ni chicha ni limonada.

Ser católico en el Siglo XXI implica una cotidiana dosis de martirio, de sufrimiento, de renunciar y morir, como dice San Pablo, al hombre viejo (cfr. Col 3,9-10). Morir a ciertos programas, a ciertas amistades, a ciertas lecturas, a ciertos pasatiempos, a ciertas músicas, a ciertos pensamientos, a ciertas miradas, a ciertos deseos, a ciertos objetivos y a ciertos medios por alcanzarlos.

Y como madres y padres debemos, como aquella madre del Antiguo testamento, ayudar a nuestros hijos a fortalecerse en ese mismo “martirio de lo cotidiano”. Debemos ayudarlos cada hora y cada día a no dejarse envolver por las vanidades, las esclavitudes y la mediocridad imperante en la sociedad actual. Somos discípulos de un Maestro perseguido, calumniado y martirizado hasta morir. ¿Qué esperamos para nuestras vidas si queremos seguir sus huellas manchadas de sangre? El nos lo advirtió: “Quien quiere seguirme tome su cruz de cada día” (Lucas 9,23), asuma el martirio de ser cristiano en lo cotidiano.

Que nuestra Madre Santísima, fiel a su Hijo aún al pie de la Dolorosa y cruenta Cruz donde fue clavado por amor a todos nosotros, Pura, Santa e Inmaculada Virgen María, Reina de los mártires, proteja a los cristianos del mundo entero y a todos nos ayude a crecer en santidad y a nunca jamás renegar de nuestra fe, cualquiera sea la circunstancia que el Padre Eterno permita en nuestra vidas.

Que Dios los bendiga y Santa María les sonría.
- Claudio* -

martes, 9 de noviembre de 2010

NOVIEMBRE, UN TIEMPO PARA REFLEXIONAR SOBRE LA MUERTE.


 Haciendo un repaso por mis reflexiones encontrarán siempre un denominador común: "El problema de la trascendencia y del tesoro escondido", porque de nada vale el tener éxito, prestigio, riquezas y...etc., para luego perder lo verdaderamente importante.

Siempre, por la Gracia de DIOS, he querido ver lo verdaderamente importante, el tesoro que no se marchita y lo que vale la pena conseguir. Todo lo demás, aun siendo necesario, lo estimo basura, como dice Pablo, porque de nada me vale gozar por unos días si pierdo el gozo eterno.

Por eso he creído conveniente y necesario pasarles este correo sobre la misma temática, con la intención de ayudarles a reflexionar y profundizar en un tema de vital importancia, y que nada vale el obviarlo y esconderlo, pues tarde o temprano toparemos con él. Sin más les dejo con la reflexión:

Amigo lector: permíteme que te haga una confidencia personal. ¿Sabes? A mí me gusta mucho meditar sobre la muerte. Y no por ser un tipo melancólico, pesimista o lunático, ni de carácter fúnebre o taciturno. Francamente no. Más bien, me considero una persona alegre y optimista, amante de la vida y de la aventura. Lo que sucede es que nos hemos acostumbrado a considerar la muerte como algo tétrico y negativo, y cuyo pensamiento debemos casi evitar a toda costa. Y, sin embargo, si tenemos una certeza absoluta en la vida es, precisamente, que todos vamos a morir.

Pero a mí, en lo personal, esta certeza no me atemoriza, para nada. Al contrario. Me hace pensar con inmenso regocijo y esperanza en el “más allá”, en lo que hay después de la muerte. Y también me ayuda a aprovechar mejor esta vida. Pero no para “pasarla bien”, sino para tratar de llenar mi alforja de buenos frutos para la vida eterna.

Alguien dijo: “Morir es sólo morir; morir es una hoguera fugitiva; es sólo cruzar una puerta y encontrar lo que tanto se buscaba. Es acabar de llorar, dejar el dolor y abrir la ventana a la Luz y a la Paz. Es encontrarse cara a cara con el Amor de toda la vida”.

Es verdad. Lo importante de la muerte no es lo que ella es en sí, sino lo que ella nos trae; no es el instante mismo del paso a la otra vida, sino la otra vida a la que ella nos abre paso. Para quienes tenemos fe, la muerte es sólo un suspiro, una sonrisa, un breve sueño; y para los que vivimos de la dichosa esperanza de una felicidad sin fin, que encontraremos al cruzar el umbral de la otra vida, ésta no es sino un ligero parpadeo y, al abrir los ojos, contemplar cara a cara a la Belleza misma; es exhalar el más exquisito perfume -el de nuestra alma, cuando abandone el cristal que la contiene- para iniciar la más hermosa aventura y gozar del Amor en persona... ¡ahora sí, para toda la eternidad! La muerte no debería llamarse “muerte”, sino “vida” porque es el inicio de la verdadera existencia.

El libro del Apocalipsis nos dice hermosamente que allí, en el cielo, después de la muerte “ya no habrá hambre, ni sed, ni calor alguno porque el Cordero que está en medio del trono, Jesús, los apacentará -a los que han entrado en la gloria- y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 16-17). Ya no habrá tristeza, ni dolor, ni sufrimiento, sino amor completo y dicha sin fin. ¿No es emocionante y apetecible?

Nuestra Madre, la Iglesia, nos ha enseñado a ver con ojos muy distintos la realidad de la muerte, a mirarla con gran serenidad y a aceptarla con paz y esperanza; incluso con alegría y regocijo -si es viva nuestra fe- porque aquel bendito día será el más glorioso de toda nuestra existencia: el de nuestro encuentro personal con Dios, el Amor que nuestro corazón reclama.

¡Claro!, sólo es posible hablar así cuando tenemos fe. Por eso, los santos se expresaban de ella -de la muerte- con un lenguaje desconcertante para el mundo. San Francisco de Asís la llamaba “hermana muerte”, y deseaba que llegara pronto. San Pablo afirmaba que para él la muerte era una ganancia porque así podría estar ya para siempre con el Señor (Fil 1, 21-23); y santa Teresa de Jesús también se consumía por el anhelo de que ésta no se demorara tanto en venir: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero” -decía en uno de sus poemas místicos- que, en nuestro lenguaje común, podríamos traducirlo con un “me muero de ganas de morirme”. Y hallamos la misma experiencia en tantos otros santos y mártires, que veían en la muerte no precisamente un castigo o una maldición, sino el momento dichoso de su definitivo y eterno encuentro con el Señor.

Fue Jesucristo quien nos enseñó a ver así las cosas. Durante su vida pública muchas veces nos habló de este tema, y en el Evangelio encontramos páginas muy bellas que robustecen nuestra fe y alimentan nuestra esperanza. Como aquella parábola de las diez vírgenes, en la que nos exhorta a vivir “esperando la llegada del esposo” -o sea, de Cristo el Señor-. La parábola de los talentos, de las minas, de los invitados a la boda, del rico epulón y del pobre Lázaro y muchas otras enseñanzas tienen esta misma temática.

Y es que, si nos tomamos en serio esta meditación, la muerte nos enseña a vivir mejor y a valorar el poco tiempo del que disponemos para hacer méritos que perduren. Nos educa en la justa consideración de las cosas y de los bienes terrenos: a la luz de la eternidad aprendemos que todo es pasajero, relativo, accidental y caduco; y nos ayuda, en consecuencia, a no poner nuestro corazón y nuestras seguridades en cosas tan baladíes y efímeras. Nos da, en definitiva, la auténtica sabiduría, esa que no engaña y que nos hace vivir según la Verdad, que es Dios mismo.

Entonces, es muy saludable pensar de vez en cuando en la muerte. Y si la tenemos siempre presente en nuestra vida, tanto mejor. Ahora sí nos damos cuenta de que celebrar a los fieles difuntos tiene mucho sentido y de que, en vez de temer a la muerte, de rehuirla o de reírnos de ella, es mucho más provechoso aprender las lecciones de vida que ella nos ofrece.

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA DEVOCIÓN A LOS DIFUNTOS en los primeros cristianos


"Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo."
(Apocalipsis 7,13-15) 
 
HONOR Y RESPETO A LOS DIFUNTOS
La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.
El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.
Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.
Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.
En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.
Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.
 
LAS CATACUMBAS
En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.
Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.
Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.
Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.
Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.
Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.
En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?
Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.
Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.
Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.
Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.
 
FUNERALES Y SEPULTURA
Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos.
De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.
Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo.
Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.
San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).
Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.
Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.
 
LOS DIFUNTOS EN LA LITURGIA
Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos.
Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos.
Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.
La Iglesia hoy en día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos. 

jueves, 4 de noviembre de 2010

EL PROBLEMA DE LA MUERTE


 Es la única realidad que existe, pues es cierto que un día moriremos. Sin embargo, aún siendo lo único seguro y cierto no le prestamos la debida atención ni le damos la debida importancia. Y lo más lógico es que fuese lo más importante de nuestra vida, pues nadie quiere morir y, de hacerlo, que es seguro, deberíamos preguntarnos que hay detrás de ella.

Tengo que confesar que, dentro de unos días cumplo 65 años, me acerco a una edad que entra dentro de la lógica pensar que estás bastante cerca, y según me acerco, en lugar de entristecerme, me alegro porque ya me falta menos para tener la esperanza de contemplar al SEÑOR. Sólo me preocupa de llenarme de todo el amor que me sea posible y presentárselo a ÉL, pues sé que de eso me va a juzgar.

Por lo demás estoy tranquilo. Confío en su Misericordia y en su Amor. Por todo ello, me ha parecido interesante traer aquí esta reflexión sobre el momento de nuestra muerte. Creo que nos puede ayudar mucho. Les dejo con ella.
Contar nuestros días
El cristianismo tiene algo bien distinto que ofrecer sobre el problema de la muerte
Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap | Fuente: www.cantalamessa.org

La conmemoración de los fieles difuntos es la ocasión para una reflexión existencial sobre la muerte. En la Escritura leemos esta solemne declaración: «No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes... Dios creó al hombre para la inmortalidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 1, 13-15. 2, 23-24). Comprendemos de ahí por qué la muerte suscita en nosotros tanta repulsión. El motivo es que ésta no nos es «natural»; así como la experimentamos en el presente orden de las cosas, hay algo ajeno a nuestra naturaleza, fruto de la «envidia del diablo». Por eso luchamos contra ella con todas nuestras fuerzas. Este insuprimible rechazo nuestro hacia la muerte es la mejor prueba de que no hemos sido hechos para ella y de que no puede tener la última palabra. Precisamente sobre esto nos aseguran las palabras de la primera lectura de la Misa: «Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno».

El temor a la muerte es conflicto en lo más profundo de todo ser humano. Hay quien ha querido reconducir toda actividad humana al instinto sexual y explicar todo con él, también el arte y la religión. Pero más poderoso que el instinto sexual es el del rechazo a la muerte, del que la propia sexualidad no es sino una manifestación. Si se pudiera oír el grito silencioso que brota de la humanidad entera, se oiría un bramido tremendo: «¡No quiero morir!».

¿Por qué, entonces, invitar a los hombres a pensar en la muerte, si ya está tan presente? Es sencillo. Porque nosotros, los hombres, hemos elegido suprimir el pensamiento de la muerte. Fingir que no existe, o que existe sólo para los demás, no para nosotros. Hacemos proyectos, corremos, nos exasperamos por nada, como si en cierto momento no tuviéramos que dejar todo y partir.

Pero el pensamiento de la muerte no se deja arrinconar o suprimir con estas pequeñas tretas. Así que no queda más que reprimirlo o huir de su gravedad con paliativos. Los hombres nunca han dejado de buscar remedios a la muerte. Uno de estos se llama la prole: sobrevivir en los hijos. Otro es la fama. En nuestros días se va difundiendo un pseudo-remedio: la doctrina de la reencarnación. La doctrina de la reencarnación es incompatible con la fe cristiana, que en su lugar profesa la resurrección de la muerte. «Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio» (Hb 9,27). La forma en que se propone entre nosotros, en Occidente, la reencarnación es fruto, entre otras cosas, de un gigantesco equívoco. En su origen la reencarnación no significa un suplemento de vida, sino de sufrimiento; no es motivo de consuelo, sino de terror. Con ella se viene a decir al hombre: «¡Ten cuidado, que si haces el mal, tendrás que renacer para expiarlo!». Es como decir a un encarcelado, al final de su detención, que su pena se ha prolongado y todo debe empezar de nuevo.

El cristianismo tiene algo bien distinto que ofrecer sobre el problema de la muerte. Anuncia que «uno ha muerto por todos», que la muerte ha sido vencida; ya no es un abismo que engulle todo, sino un puente que lleva a la otra vida, la de la eternidad. Y, con todo, reflexionar sobre la muerte hace bien también a los creyentes. Ayuda sobre todo a vivir mejor. ¿Estás angustiado por problemas, dificultades, conflictos? Ve hacia delante, contempla estas cosas como te parecerán en el momento de la muerte y verás cómo se redimensionan. No se cae en la resignación ni en la inactividad; al contrario, se hacen más cosas y se hacen mejor, porque se está más sereno y más desprendido. Contando nuestros días, dice un salmo, se llega «a la sabiduría del corazón» (Sal 89, 12).

lunes, 26 de mayo de 2008

PARA VIVIR HAY QUE MORIR

No es que lo parezca, sino que realmente lo es: "para ser feliz hay que renunciar a serlo". No cabe la menor duda que lo que afirmamos lleva implícito una contradicción. Si quiero ser feliz tengo que renunciar a serlo. ¿Me estoy diciendo que para ser feliz tengo que no serlo? Indudablemente que algo falla en lo que decimos, pues tal cosa no nos entra en la cabeza.


Y es que los criterios de DIOS no son los criterios del mundo. Bien dijo ÉL: mi Reino no es de este mundo. Sólo desde ahí podemos empezar a entender lo que tratamos de meditar y reflexionar. Podemos observar que no es tan descabellado lo que decimos cuando nos paramos a analizar la realidad que nos rodea. Cuantas veces decimos: ¡No hay nada como una madre! Y es que una madre da hasta su vida por el bien del hijo. Cuantas veces vemos reflejado la renuncia de sus padres a todo lo que han anhelado en sus vidas por lograr el bienestar de sus hijos. Cuantas veces se repite la renuncia para dar bien a otro. ¡Pues no estamos tan disparatado como creíamos al principio! Hay mucha renuncia a mi propio bien y mucha entrega al bien del otro.



Y en este darse y entregarse, aún sufriendo, se produce el milagro de encontrar lo que otros buscan buscándose a si mismo: "la felicidad". Porque la felicidad no consiste en darse a si mismo, ni en poseer, ni en engrandecerse. La felicidad consiste en darse al otro, en entregarse al otro, en desvivirse por el otro. La felicidad es amar gratuitamente.

Y esto es así porque DIOS, nuestro creador, es Amor y nosotros somos criaturas creadas por ÉL a su imagen y semejanza, por lo tanto somos amor también. De modo que, cuando amamos estamos haciendo lo correcto, para lo que hemos sido creado. Y sí hacemos lo que debemos hacer somos felices. No hay, pues otra razón ni otra manera de encontrar la felicidad. Sólo en la renuncia la podemos encontrar. Por eso dice el SEÑOR: él que quiere ser el primero, que sea el último. O lo que es lo mismo: el que quiere alcanzar la felicidad (el primero cree ser feliz por ser primero) que se ponga a servir (que sea el último de la fila, el servidor de todos).

No hay otro camino por mucho que nos empeñemos en buscar otras salidas y otras respuestas. Todo lo que encontraremos es caduco y finito. Nos sacia por unos momentos, pero vuelve a dejarnos insatisfechos y ansiosos. Sólo la renuncia y el amor colma nuestras ansias de felicidad. Y no trato de demostrarlo ni de imponerlo, sino de compartirlo desde mi experiencia vital y la de otros muchos que nos testimonian esta realidad. Y al decir, desde mi experiencia, quiero expresar la vivencia de encontrar el vacío y la desesperanza en las cosas que este mundo te puede ofrecer. Y, aunque muchos no estarán de acuerdo, que levanten la mano los que se consideran felices yendo por el camino egoísta de buscar su propio bien sin importarle el de los demás. En lo más profundo de su ser, en la soledad del encuentro consigo mismo aceptaran esta realidad, porque en este caminar no encontraremos nunca la plena felicidad, pues sólo en DIOS está la meta de la misma.

Nuestra esperanza nos presagia el empezar a saborear las mieles de sentirnos en paz, serenos y esperanzados en llegar un día al Centro de toda felicidad en su estado más puro. Y estar en paz, serenos, tranquilos es el preludio de sentirnos felices.