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sábado, 10 de agosto de 2019

VIVIR PARA DAR FRUTOS

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Por experiencia nos sabemos tentados e inclinados de forma egoísta a las pasiones, a las satisfacciones y a atesorar bienes y riquezas. Buscamos ser mejores que otros y nos sentimos esclavos de un deseo de vanidad y avaricia. Tratar de interrumpir esas inclinaciones nos resulta misión harto difícil, por no decir imposible, y nos someten a una batalla a muerte cada día. 

Queremos casi siempre responder de otra manera a esos impulsos animalizados humanamente y egoístas, pero se nos hace cuesta arriba. Pablo lo expresaba muy bien cuando decía que no hacía lo que quería y sí lo que no quería - Rm 7, 15 -. Ante esta realidad se nos presenta la disyuntiva de morir a nuestros egoísmos o vivir para ellos. Tú eliges. 

Creo que esa es la clave y la batalla que se nos presenta cada día. Porque, mucha atención , cada día libramos una batalla diferente que no tiene nada que ver con la del día anterior. Partimos de cero y empezamos un nuevo día con sus tentaciones, dudas, retos y desafíos en respuesta al seguimiento del Señor. Creo que ahí está escondida nuestra respuesta al sígueme al que te invita Jesús. Supongo que esa fue la elección de aquel joven rico a la invitación de Jesús a seguirle. Posiblemente, prefirió quedarse instalado en sus cumplimientos ante de emprender un camino lleno de inseguridades y riesgos que comporta seguir al Señor. Pero, un camino garantizado y apoyado en su Palabra de Vida Eterna.

Ahí, supongo, descansa también nuestra cuestión, dejar todo y abandonarnos en Manos del Señor o optar por nuestras seguridades y comodidades. Cuestionar nuestro tiempo y ponerle condiciones o dejarlo todo en Manos del Señor y entregárselo totalmente. Se trata de ponernos en actitud de servicio a los demás por amor y respuesta a Jesús. No resulta nada fácil porque eso nos presenta una lucha a muerte cada día. No hay descanso. 

Una lucha que consiste en ir muriendo a nuestro yo, a nuestros egoísmos para dar nuevos frutos consecuencia del amor en el servicio a los demás. Un morir para resurgir a una vida nueva que esconde la plenitud de gozo y eternidad.

viernes, 12 de julio de 2019

LA BATALLA DE CADA DÍA

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Mt 10,16-23

El camino es una guerra. Una guerra que libra cada día una batalla. Importa ganar la guerra aunque eso pase por perder varias batallas de cada día. Importa levantarse y luchar con audacia e inteligencia. En el Evangelio de hoy, el Señor nos invita a ser sagaces como serpientes y sencillos como palomas. La lucha es despiadada y hay muchos que se oponen a que el Reino de Dios se establezca en este mundo. Son reos de la ambición, del poder, del egoísmo y de todo lo que les impida satisfacer sus deseos y se oponen, presentando el mal, la violencia y la injusticia, al Reino de Dios.

En este mundo andamos y por él tendremos que avanzar. Avanzar con la verdad y el amor, pero con sagacidad como nos advierte Jesús hoy. Dignificar la vida y anunciar la Buena Noticia es una gran necesidad, porque, todos los hombres, incluso esos que abanderan el mal, buscan esa Noticia de Salvación, aunque lo hacen donde no se encuentra ni por los caminos que llevan a ella.

Y somos nosotros, los que creemos y seguimos a Jesús los que tenemos que anunciarla, a pesar de que eso conlleve sufrir, luchar contra las adversidades y librar una batalla cada día. El mal como expresión de las injusticias, de la violencia o de la ambición de poder está latente en el mundo. Hemos repetido muchas veces que,  mundo - demonio - carne, son los peligros que se levantan como murallas ante los que creemos y queremos seguir al Señor. Y este mundo, regido por su príncipe, el demonio y con la ventaja de la debilidad de nuestra carne presentan los mayores peligros para los creyentes.

Por eso, no debemos permanecer solos ni apartados de la comunidad, de la parroquia, de la práctica de los sacramentos, reconciliacion (confesión) y Eucaristía. También de la oración de cada día, sola y comunitaria. Son nuestras armas para la batalla de cada día. No tengamos miedo, el Espíritu Santo nos auxilia y pondrá en cada momento la audacia necesaria para superar, escapar y evitar que el enemigo pueda vencernos.