—Oyes, Fernando —dijo Pedro—, a tu vida no la mancha lo que te puedan decir, sino lo que tú manifiestes interiormente…
Guardó unos segundos, le miró fijamente y añadió:
—De la abundancia del corazón habla la boca. Esa será la imagen que irás mostrando a los demás.
Fernando, que se sentía manchado por lo que otros decían de él, experimentó alivio y se le iluminó la cara.
—Me siento otro —respondió con alegría…
Y sin dejar de mirarle, agregó:
—Fortalece el alma oír esas palabras que dan sentido a tu vida y te animan a confiar en lo que haces y vives.
Manuel, que había llegado hacía un rato, experimentó un gozo interior que le movió a intervenir:
—No basta con aparentar ser bueno; la bondad verdadera termina reflejándose en la manera de hablar y de vivir. …
Hizo una pausa y continuó:
—Eso obliga a que lo que hay dentro ha de reflejarse fuera. Si no es así, no estamos siendo coherentes, sino hipócritas.
Pedro y Fernando asintieron levantando el dedo pulgar.
Es de sentido común que escandalizar no está bien. Muchas veces callamos para evitar controversias, pero no cualquier paz merece la pena si no está alineada con el espíritu de las cosas de Dios.
Tus palabras, Señor, (Mt 15, 1-2.10-14) confrontan nuestras seguridades y comodidades. «Lo que sale de la boca es lo que mancha al hombre».
Lo esencial está en el interior; a eso hemos de atender, reconociendo el riesgo de «caernos en un hoyo» y hacer caer a otros con nosotros.
Profundidad y no ceguera.