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jueves, 25 de diciembre de 2025

¿QUÉ SENTIDO TIENE LA NAVIDAD?

Jn 1, 1-18

    La ciudad estaba llena de luces; se notaba que el ambiente era diferente al de otros días. Había bullicio, cantos, algarabía y una atmósfera de alegría.

   Juan caminaba entre la gente y se sentía atraído por ese clima festivo que lo envolvía. Sin embargo, se resistía a entregarse. Algo le decía interiormente que ese no era el modo de celebrar lo que él intuía que todos celebraban.

     Se detuvo y se preguntó:

  ¿Qué celebran realmente? Porque lo que veo no se corresponde con lo que verdaderamente deberíamos celebrar.

     Ante los ojos de Juan, el mundo, obnubilado por luces de artificio y engañado por guiños de deseos insaciables, parecía celebrar el poder, la fuerza, el deseo narcisista y la codicia de bienes, responsables de tanta marginación y tanto olvido.

     Con tristeza pensó: «No era eso lo que, al menos para él, significaba la Navidad».

   Siguió su camino con el deseo de huir de tanto ruido. Entonces vio un lugar más tranquilo, donde apenas unas pocas luces alumbraban tenuemente a un pequeño grupo de personas que se calentaban alrededor de una hoguera.

    Silenciosamente, y con cierta timidez, se acercó. Alguien, al notar su proximidad, levantó el brazo y le invitó a unirse al grupo.

   Juan, movido por un impulso interior, aceptó la invitación y se incorporó. Todos lo recibieron con alegría, saludándolo con la paz.

   Celebraban la natividad del Niño Jesús, una ventana abierta a la esperanza, especialmente para quienes viven en la oscuridad, para quienes experimentan la soledad o el abandono, para los descartados del mundo.

    Si este Niño que nace en un pesebre tiene futuro —y lo tiene—, entonces hay futuro para todas las personas que sufren. Si es acogido y amado, habrá acogida y ternura para todos, incluso para el último de los excluidos.

    El corazón de Juan quedó iluminado.

   Esta noche nos recuerda que no hay nadie que carezca de dignidad humana, nadie que pueda darse por amortizado.

   A todos, en Jesús, se nos promete acogida, bendición y plenitud.

sábado, 25 de diciembre de 2021

HOY TAMBIÉN NACE EL NIÑO DIOS

 

Lo que nos aprestamos a celebrar esta noche nos habla de lo que sucedió hace ya más de dos mil años. Pero, esta celebración, a diferencia de las demás, no es algo que recordamos y celebramos, sino algo que es actual y Vive entre nosotros. Ese Niño-Dios, nació en este mundo, pero existía desde el principio de los tiempos y sigue vivo entre nosotros.

Por lo tanto, este acontecimiento que esta noche celebramos se realiza cada día en la medida que tú, y también yo, abrimos nuestro corazón y le hacemos hueco – posada – para que se instale en nuestro corazón, sea el centro del mismo y viva en nosotros transformando nuestro corazón en un Corazón como el suyo.

Celebrar la Navidad es, en consecuencia, tratar y permitir que ese Niño-Dios nazca en nosotros y – por nuestra parte – dejarle que se hospede en nuestro corazón y nos transforme, de ese hombre viejo instalado en el pecado, a un hombre nuevo con un corazón limpio, apoyado en la humildad, generosidad y en la pobreza de un espíritu en sintonía con la Voluntad de Dios.

Sabemos que lo que ocurrió impidió que Jesús naciera en una digna posada y, en consecuencia, se viese obligado a nacer en un pesebre. Nadie se prestó a darle posada. Supongo que tampoco lo hubiésemos hecho nosotros. Esa es la cuestión, hoy, pasa ese acontecimiento por nuestra vida, y nos preguntamos: ¿Estamos dispuestos, hoy, a darle posada al Señor? ¿Advertimos que Él es ese Niño-Dios que necesitamos y que nos salva? Si realmente esa es nuestra actitud y deseo, estamos celebrando dignamente la Navidad.

FELIZ NAVIDAD

lunes, 25 de diciembre de 2017

HOY NUESTRA VIDA ENCUENTRA SU SENTIDO

Lc 2,1-14
Hoy nace la esperanza en nuestro corazón. El hombre, perdido por y en el pecado, encuentra la misericordia que necesita para liberarse de la esclavitud del pecado. Estaba ya prometido y proclamado por el profeta Isaías -Is 7, 10-14- "La Virgen está encinta y da a luz a un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa 'Dios-con-nosotro'"

Y hoy se cumple esa profecía. Es María la puerta por donde entra la esperanza de salvación de todos los hombres. María, la elegida deja su seno para que el Verbo se haga carne y habite entre nosotros. No es un día de comilonas y festejos desencarnados, sino que nos alegramos, celebramos y nos felicitamos con alegría y fiestas brindando porque Dios, hecho Hombre, ha nacido de María para liberar a todos los hombres de la esclavitud del pecado. Nuestro gozo, alegría y fiesta están justificadas.

Pero, al margen de esta alegría desbordante y exultante, debemos buscar espacios de reflexión y de deponer todas nuestras actitudes y proyectos para ofrecernos totalmente desnudos a recibir el plan de Dios. En esto, María, es ejemplo y referencia. Ella, despojada de todas sus actitudes e intenciones, se ofreció como la esclava del Señor para que su Voluntad se realizase en ella. Quizás sea esa nuestra mejor actitud ante la celebración de la Navidad. Permitir y dejar que verdaderamente el Señor nazca entre nosotros.

Posiblemente haya mucho ruido a nuestro derredor. Será difícil evitarlo. Son fiestas familiares y en la familia, como comunidad de amor que es, hay actitudes encontradas y dispares. Y el Amor que hoy debe nacer en nuestro corazón respeta las diferencias y une los corazones. Por tanto, desde una convivencia de respeto, soportada desde el amor, debemos hacer presente el nacimiento del Señor en nuestro corazón estando con todos, allanando y enderezando el camino que nos permita tomar conciencia de la presencia del Señor entre nosotros.

Simplemente, aceptar la paz que, quizás entre las guerras, las diferencias, los egoísmos y vanidades que tratan de separarnos, nos esforcemos en construir la unidad, la justicia y el amor entre los hombres.

FELIZ NAVIDAD

domingo, 25 de diciembre de 2016

Y LA PALABRA SE HIZO CARNE... (Jn 1, 14)


Jn 1, 1-18

Hoy es Navidad, y lo más importante es pensar que estamos salvados. La Palabra, el Hijo de Dios, se hace carne y habita entre nosotros. Jesús se hace hombre y nos manifiesta el camino de salvación. Y lo hace naciendo de mujer, de María y de forma muy normal y humilde. El Evangelio nos relata como sucedió todo, y como el acontecimiento más importante del mundo, apenas hizo ruido y fue destacado en su momento.

El mundo no se percató de nada. Unos simples pastores fueron avisados y alertados de lo que estaba sucediendo y poca cosa más. Jesús viene en silencio y sin hacer ruido. Quizás nosotros hacemos demasiado ruido, pero no para festejar que Jesús nace, sino para celebrar no sé qué fiesta, comidas, bebidas, regalos y diversiones. 

Creo que la Navidad se celebra en pocos lugares. Me refiero a la verdadera Navidad, y te ves cogido y desubicado de lo que realmente es la Navidad. En todo este tinglado de fiestas y celebraciones de qué se yo, pidamos que no perdamos el norte y que sepamos vivir con paciencia y fe este acontecimiento de salvación al que muchos celebran con indiferencia o desarraigo sin más.

Se hace duro y duele vivir como si estuvieras en tierra extraña. El Evangelio de Juan lo expresa claramente y muy bien: En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió Jn 1, 4-5. Y sucede eso. Se celebra la Navidad, pero hay muy poco de verdadera Navidad. Pero creo que lo mejor es levantarse y hacer que tú seas Navidad y des luz por todos tus costados y alumbres todo lo que puedas.

DESDE ESE ESPÍRITU Y DESEO FELIZ NAVIDAD.

viernes, 11 de diciembre de 2015

¡Y AHORA NAVIDAD!

Mt 11, 13-19

Este tiempo de Navidad me revuelve, me revuelve porque me siento atrapado en un mundo, este, mío, donde vivo y muchos, quizás la mayoría, proclaman algo que no entienden, y peor, no quieren entender. Experimento como un puñal en mi corazón cuando oigo felicitaciones navideñas desencarnadas de la realidad. ¡Felicidades!, pero, ¿felicidades por qué? ¿Ha ocurrido algo?

Porque dan la espalda al hecho de la venida y el nacimiento del Niño Dios; porque son indiferentes a lo que significa Navidad; porque lo único que están festejando es la lotería, la paga extra, las comilonas y el final de año que se acaba. Este año tendremos como telón de fondo las elecciones. Una cortina de humo que esconderá, más si cabe, el verdadero acontecimiento que provoca esta fiesta.

Realmente somos una generación disparatada, que justificamos nuestro proceder con razones escondidas en la hipocresía y la mentira. Sí, es bueno y necesario alegrarse y festejarlo, pero no porque es Navidad, sino porque la Navidad es el nacimiento del Señor, y todo debe estar centrado en su nacimiento. Él es el verdadero protagonista. Y te sientes impotente y atrapado. Sobre todo en la familia, cuando la fe no es compartida o se es indiferente.

Deseas gritar que celebramos el nacimiento del Señor, y que nos alegramos y hacemos fiesta porque el Señor nace y viene a salvarnos. Y compartimos con aquellos que no tienen porque el amor del Señor nos mueve y nos llena de Gracia y de gozo, no porque nosotros realmente lo sentimos. Podemos amar porque recibimos el Amor de Dios y porque somos perdonados por su Misericordia. Por eso existe la Navidad, no porque algunos la hayan inventados. Navidad es tiempo de salvación.

Jesús ya nos retrató:« ¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras».

Y realmente sucede así. Tenemos excusas y justificaciones para todo. La demagogia, diría, es el arte de escapar del atolladero cuando eres señalado por la mentira o la hipocresía. Nunca estamos conformes, y más cuando la Palabra de Dios nos compromete y exhorta a vivir en la Verdad y la justicia, y, por supuesto, en el amor.

jueves, 6 de enero de 2011

TIEMPO DE NAVIDAD


LAUDES
 (de la Epifanía del SEÑOR)

Reyes que venís por ellas,
no busquéis estellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.
Aquí parad, que aquí está
quien luz a los cielos da:
DIOS es el puerto más cierto,
y si habéis hallado puerto
no busqueis estrellas ya.

No busquéis la estrella ahora:
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido
en eta Virgen Aurora.

Ya no hallaréis luz en ellas,
el Niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el sol se enciende.

Aquellas lágrimas bellas
la estrella oscurecen ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas. Amén.

I VÍSPERAS
(La Epifanía del SEÑOR)

confiada mira la luz dorada
que a ti hoy llega, Jerusalén:
de tu Mesías ve la alborada
sobre Belén.

El mundo todo ve hoy gozoso
la luz divina sobre Israel;
la estrella muestra al prodigioso
rey Emmanuel.

Ya los tres magos, desde el Oriente,
la estrella viendo, van de ella en pos;
dan sus primicias de amor ferviente
al niño DIOS.

Ofrenda de oro que es Rey declara,
incienso ofrece a DIOS su olor,
predice mirra muerte preclara,
pasión, dolor.

La voz del PADRE, CRISTO, te llama
su predilecto, sobre le Jordán.
DIOS en los hombres hoy te proclama
valiente Juan.

Virtud divina resplandecía
del que del agua vino sacó,
cuando el anuncio de eucaristía
Caná bebió.

A darte Gloria, SEÑOR, invita
la luz que al hombre viniste a dar,
luz aque nos trae gloria infinita
 de amor sin par. Amén. 

lunes, 27 de diciembre de 2010

ENCONTRAR Y LLAMAR AL VERDADERO TESORO

Sólo cuando se descubre que mi verdadero tesoro está en darme, ...


ENCONTRAR,
la magia de los pequeños milagros de tu día en el día a día de tu vivencia. Cada día es un milagro, porque nuestra vida se sostiene en el SEÑOR. ¡Sí ÉL dejase de sostenerla desapareceríamos! Y, como niños inocentes en brazos de su PADRE, nos preocupa más el juguete o la urgencia que tenemos delante, antes que sentirnos amado y queridos por nuestro PADRE, junto al cual no debemos temer nada.

Sin embargo, no nos apercibimos de su venida, de su estancia entre nosotros, y, como ignorantes criaturas corremos y desesperamos detrás de la urgencia económica olvidándonos de ÉL, "nuestra verdadera salvación".

No significa esto que, siendo seres humanos y necesitados de satisfacciones materiales, nos quedemos impávidos y quietos ante las dificultades y carencias que la vida nos presenta, pero en el esfuerzo y la lucha de cada día y momento, tengamos presente que JESÚS está con nosotros y nos ayuda a resolverlas o aceptarlas. No nos dejemos llevar por estas secundarias necesidades para, por sus causas, abandonemos la Primera, Única y Principal.

Esa fue la voz que oímos en el desierto y la que muchos, ¿estaremos nosotros también?, han desoído y olvidado. Hagamos memoria y acerquémonos al Belén de nuestro corazón para que en medio de tanto ruido y luces no nazcan otras preocupaciones en nuestro pesebre sino el Verdadero Niño que colma mis esperanzas y dicha.

 LLAMAR,
a esa persona de tu familia con la que menos hablas y con la que te cuesta esfuerzo hablar. Se hace muy cuesta arriba, sobre todo cuando esa persona está en una actitud agresiva y de malas intenciones. Te sientes impotente e incapaz de servirle porque no se deja servir sino su inminente deseo es servirse y aprovecharse de ti.

Es el momento que experimentas el amor que JESÚS tiene y da por ti cada segundo del tiempo. El te ama y ha muerto por ti, pero tú lo rechazas o te muestras indiferente, si no siempre, sí en muchos momentos del día. Sólo desde ahí puedes llegar a comprender que lo importante es aceptar y aguantar incluso aquello que no se comprende.

Es el momento de encender la luz en tu corazón y dejar un hueco, el mejor y principal, para que se acomode el Niño DIOS en él y nazca de nuevo una vida nueva en ti. Es el momento de hacer Navidad en tu particular pesebre y derramar toda la luz de tu Belén entre los que te rodean y se acercan a tu lado.

Porque contigo hace lo mismo JESÚS, y ÉL espera pacientemente a que tú puedas reaccionar y darte cuenta. Tengo en mi vida, ahora hablo personalmente, algún caso de estos y me ayuda a superarlo, al menos a aceptarlo con paciencia, esta idea de saberme perdonado y querido por mi PADRE del Cielo a pesar de mis rechazos e indiferencias.

Tomar conciencia, y sentirme esperanzado de que JESÚS vendrá de nuevo a  oír  mi decisión y recoger todos mis frutos de amor, como ÉL me ha enseñado y me enseña diariamente, me hace retomar fuerzas y deseos de superarme y vencerme para, olvidándome de mí, aceptar  darme a los demás, incluso en esos casos ininteligibles por mi razón.


Un fuerte abrazo en XTO.JESÚS.

domingo, 28 de noviembre de 2010

HOY, 28 DE NOVIEMBRE EMPIEZA EL TIEMPO LITÚRGICO DEL ADVIENTO

¿cómo y cuándo empieza a vivirse?

EL ADVIENTO
 
 TIEMPO LITÚRGICO QUE PREPARA LA NAVIDAD
Expectación penitente, piadosa y alegre

Corona de Adviento
La venida del Hijo de Dios a la Tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos (…).
Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.
(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 522 y 524
Con el tiempo de Adviento, la Iglesia romana da comienzo al nuevo año litúrgico. El tiempo de Adviento gravita en torno a la celebración del misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.
 
A PARTIR DEL SIGLO IV





El origen y significado del Adviento es un tanto oscuro; en cualquier caso, el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos de la vida de la Iglesia, y probablemente se acuñó a partir de su uso en la lengua latina clásica.
La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (durante el siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne –encarnación- y advenimiento glorioso –parusía-.
La tensión entre uno y otro significado se encuentra a lo largo de toda la historia del tiempo litúrgico del Adviento, si bien el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.
Quizá la misma amplitud de las realidades contenidas en el término dificultaba la organización de un tiempo determinado en el que apareciera la riqueza de su mensaje. De hecho, el ciclo de adviento fue uno de los últimos elementos que entraron a formar parte del conjunto del año litúrgico (siglo V).

Parece ser que desde fines del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias particularmente, se empezaba a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de esas celebraciones.
Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la puesta en práctica de ese deseo la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza del año 380: "Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente" (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14). La frecuencia al culto durante los días que corresponden, en parte, a nuestro tiempo de adviento actual, se prescribe, pues, de una forma imprecisa.
 
UN TIEMPO DE PENITENCIA

 




Más tarde, los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos hablarán, ya concretamente, de unas observancias existentes “desde antiguo” para antes de Navidad. En efecto, casi a un siglo de distancia, San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) nos da testimonio de las mismas con una simple referencia.  Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes "deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días".
El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a todos los fieles, que "ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma" (Mansi, IX, 796 y 933).  Aunque la interpretación histórica de estos textos es difícil, parece según ellos que en sus orígenes el tiempo de adviento se introdujo tomando un carácter penitencial, ascético, con una participación más asidua al culto.
Sin embargo, las primeras noticias  a cerca de la celebración del tiempo litúrgico del Adviento, se encuentran a mediados del siglo VI, en la iglesia de Roma.
Según parece, este Adviento romano comprendía al principio seis semanas, aunque muy pronto -durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604)-  se redujo a las cuatro actuales.
 
 UNA DOBLE ESPERA
 
El significado teológico original del Adviento se ha prestado a distintas interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración litúrgica anual del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida- su significado se desdoblaría hasta incluir también la espera gozosa de la Parusía del Señor.
No faltan, sin embargo, partidarios de la tesis contraria: el Adviento habría comenzado como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, la superposición ha llegado a ser tan íntima que resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.
El Calendario Romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa: "el tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre" (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario

martes, 15 de diciembre de 2009

NAVIDAD ES COMPROMISO


Son tiempos de espera, de esperanza y de inquietud porque llegue lo esperado. Siempre se espera porque lo esperado nos es necesario y nos va a ayudar a cambiar para bien y mejor. La espera implica compromiso, pues todo cambio de rumbo lleva añadido un compromiso en cumplir y llevar a cabo el rumbo elegido.

DIOS, nuestro PADRE, ha querido hacerse hombre en el HIJO para que desde nuestra propia humanidad pudieramos comprenderle. Siendo hombre como nosotros no podemos verle lejos, ni tampoco parecernos incomprensible la vivencia de su vida y actitudes. Siendo hombre no podemos negarle la posibilidad de que podemos, como ÉL, imitarle y hacer su mismo recorrido.

Se hizo hombre como nosotros con todas nuestras mismas limitaciones, menos en el pecado, y sufriendo y padeciendo como nosotros, recorrió nuestro camino hasta el extremo de compartir nuestra muerte en la Cruz. Una muerte, la Suya, aceptada voluntaria desde el compromiso y el amor como rescate, ante el PADRE, por todas nuestras ofensas y rechazos al amor del PADRE.

Ese padecer y sufrir como cualquier hombre da sentido a nuestra vida en el dolor y las tristezas. Explica nuestra esperanza, desde una perspectiva diferente, frente al dolor y al sin sentido de muchas cosas que nos sobrecogen y nos sorprenden hasta el punto de no entenderlas ni explicarlas. Nos iluminan en el silencio del niño que no entiende los consejos de su padre, pero que intuye que es lo mejor para él.

Y esto nos lleva a entender que no puede haber amor si no hay compromiso. Navidad es la invitación a abrirnos desde el amor al compromiso de transformar nuestro corazón en este mundo que nos ha tocado vivir. Porque si nos quedamos sólo en el amor, en la intimidad con JESÚS, algo falla. Amor, decimos, son buenas obras y no sólo buenas razones. El amor no puede existir desencarnado del compromiso.

Por eso, JESÚS, nos enseñó a amar desde el compromiso del bien obrar. Y sólo cuando nos comprometemos en la vida, estamos en el camino de empezar y saborear el verdadero amor. Todo lo que sea amar desencarnado del compromiso es, no amor, sino egoísmo. Porque cuando el amor no sale hacia fuera se queda dentro y dentro sólo puede amarse a sí mismo. Y eso es puro egoísmo.

Eso fue lo que le ocurrió al joven rico, amaba el cumplimiento directo con DIOS, pero ignoró el cumplimiento con el hermano. Por eso estaba insatisfecho, triste, inquieto. Y pregunta, ¿hay algo más que hacer? La respuesta, venida de los labios del SEÑOR no puede ser otra que la de: "deja todo lo que tienes y sigueme". Es decir, renuncia a ti mismo y comprometete en servir y ayudar a los demás. Es decir, demuestra tu amor amando y amas cuando sirves.

Nuestra amor se torna verdadero y auténtico cuando somos capaces de amar a nuestros enemigos; cuando estamos en la onda de morir a nosotros mismos por el servicio al que nos ha perjudicado y nos ofende. Amamos de verdad a JESÚS cuando estamos dispuesto a amar también a los hombres. De no existir esa dicotomía algo está fallando en nuestro amor. Posiblemente estaremos más cerca del joven rico que de la Voluntad del PADRE.

Cuando nuestra libertad no se orienta hacia el amor se vuelve egoísmo y en ese momento dejamos de ser libres para abrazar la esclavitud de vernos sometidos a nuestras propias apetencias y egoísmos. El amor es un compromiso serio, claro y contundente, y cuando no me comprometo es que no estoy amando. Fue lo que hizo el joven rico: "Agachó la cabeza y se fue triste".

Sólo hay dos caminos: "Libertad o egoísmo", y cuando no optamos por la libertad quedamos en manos del egoísmo. Y el egoísmo nos hace esclavos y nos quita la vida. La perdemos y nos convertimos en seres que deambulamos sin vida por el mundo. Sin esperanza, sin sentido todo lo que tenemos lo perdemos, hasta nuestro tesoro más preciado: la dignidad de ser hijos de DIOS y estar llamado a una vida gozosa en plenitud eterna.

Por todo ello, Belén significa dejar entrar la libertad en nuestro corazón que nos empuja a morir a nuestros egoísmos y nos hace libres para amar y desapegarnos de todos aquellos vicios y apetencias que nos impiden ser más solidario, capaces de entregarnos a una vida de servicio y amor, en JESÚS, por los hombres.


jueves, 25 de diciembre de 2008

BUSQUEMOS EL SENTIDO A LA NAVIDAD.


El tiempo de Navidad es un tiempo de amnesia. Se nos invita a olvidar todo aquello que nos disminuye y enferma. En toda comunidad hay roces y malos entendidos. Todos pasamos por muy malos ratos, con reacciones tan injustas como crueles hacia los demás. Todos somos heridos y heridores. Todos necesitamos olvidar. No solo perdonar desde lo alto de nuestra dignidad herida, cuando alimentamos con el recuerdo de nuestro perdón el recuerdo de la ofensa.

Hagamos en este tiempo un esfuerzo definido y sistemático para expulsar de nuestra memoria la convicción de que somos víctimas. Todos nos regocijamos hoy por el nacimiento de Jesucristo en la tierra. “¡Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado!” –canta alegremente la Iglesia en la misa de Nochebuena, con las palabras del profeta Isaías. Sí, Jesús ha nacido, y en Él “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” –nos dice san Pablo en la lectura de la carta a Tito–.

Y en el Evangelio escuchamos el mensaje jubiloso que el ángel anuncia a los pastores: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: ¡el Mesías, el Señor! Y aquí tenéis la señal: encontraréis a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. ¡Dios se ha hecho hombre! ¡El Verbo eterno del Padre se ha hecho carne para redimirnos del pecado, para abrirnos las puertas del cielo y darnos la salvación!

Es un misterio insondable, incapaz de ser abarcado ni comprendido suficientemente por nuestra pobre y oscura razón humana. El Dios infinito se hace un ser pequeñísimo; el Dios eterno se hace hombre temporal y mortal; el Dios omnipotente se hace un niño frágil, impotente e indefenso; el Dios creador de todo cuanto existe y a quien no puede contener el universo entero, se hace una creatura capaz de ser contenida en el vientre de María y luego envuelta en pañales...

¡Si, este niño es DIOS! Y nace en la más absoluta pobreza, en la más profunda humildad, silencio, desprendimiento, obediencia al PADRE...¿Por qué? Por amor a cada uno de nosotros. ¿Para qué? Para darnos la vida eterna.

Como bellamente nos dice san Ireneo, “el Hijo de Dios se hizo hijo del Hombre para que el hombre llegara a ser hijo de Dios”. Ojalá que en esta Navidad meditemos hondamente en el significado y en el sentido profundo de lo que estamos celebrando