| Jn 19, 25-34 |
«¿Acaso alguien se apunta al dolor? Se supone que nadie quiere sufrir, y eso de cargar con la cruz no suena nada bien», pensaba Sergio.
Uno de los obstáculos que encuentran muchos cristianos es ese camino de cruz que se les propone en su conversión. Da la impresión de que ser cristiano es comprometerse a aceptar el sufrimiento.
Con estos interrogantes, Sergio caminaba hacia la terraza con la intención de encontrarse con Manuel y plantearle aquellas dudas que no lograba comprender.
Allí estaba, como de costumbre, saboreando su café y tertuliando con los amigos.
—Buenos días a todos —saludó Sergio muy decidido.
Miró a Manuel y, señalándolo con el dedo, dijo:
—Venía con la intención de preguntarte sobre el dolor. ¿Por qué los cristianos tienen que aceptar la cruz y, por consiguiente, el sufrimiento?
Manuel quedó algo extrañado, pero, muy tranquilo, enderezó el cuerpo y respondió:
—En los momentos de dolor es cuando la prueba del amor se vuelve auténtica. Solo descubres realmente que tus padres te quieren cuando te acompañan y sostienen en el sufrimiento.
En ese instante, Sergio comprendió que la mayor prueba del amor es la cruz.
Manuel lo miró con complacencia y añadió:
—Mira a nuestra Madre, la Virgen. Ella experimenta mucho dolor a lo largo de su vida…
Guardó un breve silencio y continuó:
—Tendría razones para dudar y dejar de seguir adelante, pero confía en el Señor y, aun sin comprender muchas cosas, pone su esperanza en Dios…
Miró hacia el cielo y concluyó:
—Su fe queda probada junto a la cruz de su Hijo.
Todo había quedado aclarado. Sergio comprendió entonces que el dolor muchas veces nos ayuda a descubrir el verdadero valor de las cosas.
Solo cuando pasas sed entiendes el valor de un vaso de agua. Y únicamente cuando amas estás dispuesto a entregar tu vida.
La cruz es el símbolo del verdadero amor. Jesús entrega en ella su vida para manifestarnos su infinito amor.