| Mt 10, 1-7 |
Hay cosas ocultas dentro de nosotros que no ven la luz si algo no las empuja al exterior. La vida avanza por contagio. Las personas crecen cuando el ejemplo de unos impulsa a otros.
Los que adelantan retan a otros a hacer lo mismo. Incluso la envidia, aunque sea un sentimiento dañino, puede despertar en algunos el deseo de mejorar.
Lo bueno, lo que salva, no se puede guardar. Se experimenta la necesidad de darlo a conocer, de transparentarlo y que otros lo conozcan y se puedan beneficiar de ello.
—Piensas, Manuel —dijo Pedro— que lo bueno se puede ocultar.
Manuel, con una mirada amable y segura, respondió.
—Lo bueno no solo no lo puedes ocultar, sino que sientes la necesidad de transmitirlo para que otros también disfruten de ello…
No pudo evitar abrir la Biblia y señalar el evangelio de Mateo 10, 1-7, y con gran regocijo, dijo:
—Jesús envió a sus discípulos a proclamar que ha llegado el reino de los cielos…
Y alargando la mano y señalándolo, añadió.
—Como aquellos primeros discípulos, todos los bautizados estamos llamados a anunciar el reino de Dios. Y quien no lo haga no da a los demás lo que ha recibido.
La tertulia guardó silencio. En la atmósfera se respiraba un ambiente de compromiso y de fraternidad. El bien es patrimonio de la humanidad.
No cabe duda de que desde la hora de nuestro bautismo estamos comprometidos, llegado el tiempo de nuestra madurez, a dar testimonio de la Buena Noticia.
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