| Jn 14, 7-14 |
Hay momentos en que mis fuerzas fallan. Todo se me viene abajo y siento que estoy al borde de un precipicio.
No encuentro salida y la desesperanza hace presencia. Busco en quién confiar y no encuentro palabras de esperanza donde apoyar mis sentimientos en esos momentos.
Todo se desmorona y la vida se hace cuesta arriba hasta el extremo de preguntarte:
¿Qué hago aquí?...
¿A dónde voy?...
¿Qué me espera?...
Al llegar a la terraza, Manuel quedó sorprendido al ver a Pedro desfallecido.
Sin poder remediarlo, le preguntó.
—¿Qué te ocurre? ¿Por qué esa cara depresiva?
Mirándole, casi sin darse cuenta de quién le hablaba, Pedro dio un suspiro y dijo:
—Estoy decepcionado y experimento que mi vida no tiene sentido.
Guardó un breve silencio y, levantando la cabeza, añadió:
—Me fallan las fuerzas para vivir y enderezar mi camino…
Hizo una pausa y continuó:
—No sé a quién acudir y en dónde recuperar mi energía.
Manuel, que se había mantenido en escucha, le puso la mano sobre la cabeza y, con ternura, le dijo:
—Estamos necesitados de una referencia que nos alumbre el camino…
Y mirándole con compasión, le invitó a fijarse en Jesús.
—Quien le conoce, conoce también al Padre, que permanece en Él y hace las obras.
Se paró un instante, abrió la Biblia y dijo:
—En este evangelio de Juan 14, 7-14, Jesús se identifica con el Padre y nos revela que quien le conoce, también conoce al Padre.
Y pronunció en alta voz las últimas palabras:
—Y lo que pidan en mi nombre, Yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo…
Y mirando hacia el cielo, clamó:
—Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré.
El rostro de Pedro parecía transfigurado. Era otro y su semblante transmitía paz. Ahora sabía en quién tenía que fijarse.