| Jn 14, 27-31a |
Cuando creo que voy por buen camino y estoy a punto de lograr cierta estabilidad, de repente surge algo inesperado… y todo se viene abajo.
La vida está llena de tormentas: algunas nos superan; otras, con esfuerzo y paciencia, logramos atravesarlas. Pero entre unas y otras la vida se vuelve dura y, a veces, casi insoportable.
Carmelo no encontraba paz. Se sentía amenazado por las tempestades de este mundo, que no son pocas, y que le mantenían en vilo.
Mientras tomaba un café en la terraza de Santiago, buscaba sosiego, intentando recobrar fuerza para seguir luchando.
Estaba levantándose cuando le paró un saludo de un buen amigo.
—Hola, Carmelo, ¿cómo andas? —le dijo afectuosamente Manuel.
—¡Oh!, Manuel, me alegra verte; precisamente ya me iba.
Le miró con cara de preocupación y añadió:
—Hace un tiempo que vivo angustiado. A veces, no sé por qué causa me surgen problemas inesperados; otras vienen de la vida misma o de mis propias decisiones y…
Meneando la cabeza negativamente, dijo:
—Pierdo la paz y me siento amargado.
Manuel, que lo contemplaba atentamente, le tomó del brazo, le invitó a sentarse y comentó:
—En este mundo la paz condiciona nuestra vida.
Puso la Biblia sobre la mesa y agregó:
—Jesús, en el evangelio de Juan 14, 27-31a, nos dice: La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.
Y clavando los ojos en él, añadió:
—La paz que nos ofrece Jesús no es como la del mundo. Nos invita a no dejarnos perturbar por las tormentas, que no faltan.
—Pero… ¿Y cómo eludo las dificultades…? —replicó Carmelo.
Manuel, mirándole y poniendo la mano sobre el hombro, le dijo:
—Jesús lo tiene claro: hacer lo que pida el Padre, por amor…
Hizo una pausa y concluyó:
—Y esa debe ser nuestra tarea: vivir nuestras circunstancias desde y con Dios, arraigados en su Paz.
Carmelo se sintió conmovido y su semblante parecía fortalecido.
Tras unos breves segundos, Manuel, mirándole con cariño, añadió:
—Esto no impide las tormentas, pero sí cambia cómo las afrontamos.
Pidamos al Señor esa paz que no depende de las circunstancias, sino de su presencia en nosotros.