| Mt 11, 25-30 |
Aquella mañana, Enrique tenía mala cara. No parecía conforme con lo que le estaba pasando y, desesperado, dio un golpe con el puño sobre la mesa.
Santiago, el camarero, lo miró con extrañeza, sin aprobar aquel modo de reaccionar.
Manuel, sorprendido, se acercó y le preguntó:
—¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan nervioso?
Enrique escondió la cabeza entre los brazos, sin decir nada.
Manuel se sentó a su lado y, con calma, le dijo:
—Cuando tenemos que afrontar dificultades y preocupaciones, el cuerpo se nos descompone… y terminamos liándonos nosotros solos.
Le puso la mano sobre los hombros y añadió:
—Pero hay algo muy importante: saber mirar lo esencial. Dejar a un lado lo que hoy es… y mañana deja de ser.
Con ternura, continuó:
—Todo lo de aquí abajo tiene su tiempo y su medida. Haz silencio por dentro y por fuera. Mira a Jesús… y todo cobra otra perspectiva; relativizas… y llega el sosiego.
Sacó la Biblia y, señalando el Evangelio de Mateo (11, 25-30), dijo:
—Jesús nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».
Hizo una pausa y continuó:
—«Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas».
Poco a poco, Enrique se fue calmando. Los problemas seguían ahí, pero la vida ya no se veía igual. Porque lo verdaderamente importante no son las cosas de aquí abajo, sino los bienes de arriba.
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