martes, 13 de enero de 2026

ENSEÑANZA CON AUTORIDAD

Mc 1, 21b-28

La soberbia cierra nuestro corazón, tapa nuestros oídos y nubla nuestros ojos. Esa es la actitud de quien cree saberlo todo y no admite consejos ni sugerencias.

La mañana era espléndida. Una suave brisa y un sol cálido adornaban el día con el agradable perfume de las flores que, abiertas por el calor, desprendían sus vaporosos aromas.

La terraza invitaba a disfrutar de aquel hermoso momento. Al sabor de un buen café todo parecía mejor y hasta el corazón lo agradecía. Sin embargo, el ambiente empezó a enturbiarse cuando las palabras de Severino irrumpieron con fuerza.

—Todo lo que soy lo he logrado gracias a mi esfuerzo, voluntad e inteligencia. Me tengo en gran estima y no necesito consejos de nadie. Mi sabiduría me basta.

Así hablaba Severino a los tertulianos que lo escuchaban. Se jactaba de sus conocimientos, se creía en posesión de la verdad y blindaba su corazón y sus oídos a todo lo que viniera de otros.

Harto de tanta habladuría, Manuel levantó el brazo como señal de réplica y dijo:

—La autoridad no viene del que solo propone cosas con palabras, sino de aquel que vive lo que dice.

—¿A qué se refiere? —preguntó Severino, desafiante, frunciendo el ceño.

Manuel abrió el Evangelio y, señalando con el dedo, respondió:

—La Palabra de Jesús no solo se oye, sino que se cumple. Así lo leemos en Mc 1, 21b-28: En la ciudad de Cafarnaúm, un sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas…

Cuando terminó de leer, cerró el evangelio, miró con compasión a Severino y añadió:

—La gente se preguntaba: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen.

Y levantando los brazos hacia el cielo, con profunda convicción, exclamó:

—¡Jesús habla y cumple lo que habla!  

Pidamos al Señor un corazón dócil, capaz de escuchar su Palabra y ponerla en práctica cada día.

El rostro de Severino se enrojeció. Todas las miradas se dirigieron hacia él y, con un gesto, intentó ocultarse. Había comprendido que su arrogancia no era el camino correcto.