| Mc 7, 1-13 |
No había norma que se le escapara. Para él, el cumplimiento de la ley estaba por encima de todo.
Esa era la forma de pensar de Eusebio; para él primaba el legalismo y el ritualismo, y lo demás pasaba por debajo de la mesa.
Un día observó que un grupo de personas se sentaron a la mesa donde él atendía y organizaba el reparto de alimentos y otras necesidades. Al observar que no se habían, previamente, lavado las manos, se enfadó notablemente y comenzó a amonestar a todos por no cumplir la norma.
Bastante irritado y con cara de pocos amigos, les dijo:
—La ley hay que cumplirla a rajatabla, así que ya se están levantando para lavarse las manos.
Muchas miradas se cruzaron con cierta perplejidad, pero la necesidad y el hambre mandaban a callarse la boca. Lentamente y disimulando discrepar un poco, se levantaron y accedieron a lavarse las manos.
Mientras tanto, algunas personas mayores, impedidas y necesitadas de atención, eran postergadas y olvidadas. Pero eso no lucía ni molestaba: la ley estaba primero. Además, quien no podía entrar no era incumbencia de él.
Observado todo lo que ocurría, tanto dentro como fuera, una persona levantó su mano y, poniéndose de pie, llamó la atención de Eusebio.
Este le miró con cara de desafío y le indicó si tenía algún problema.
—No me pasa nada —dijo aquel señor—, solo que me parece más importante atender a los que difícilmente se pueden mover que a nosotros, que podemos acudir con facilidad.
Hizo una pausa, miró para todos los que estaban sentados y, fijando sus ojos en Eusebio, concluyó:
—Ya que veo que usted es mucho de la ley y el cumplimiento, quiero decirle que el amor es la máxima ley. Si amamos, todo lo demás viene por añadidura. Y no son palabras mías, están muy bien dichas en el evangelio de Mc 7, 1-13.
Con cierta paciencia y dando un breve respiro, dijo:
—Las tengo muy metidas dentro de mí. Dejamos el mandamiento de Dios para aferrarnos a la tradición de los hombres.
Entonces hizo una pausa y, con firmeza y seguridad, añadió:
—Anulamos el mandamiento del amor por mantener nuestra tradición.
Y saliendo, ayudó a algunas personas con discapacidad a sentarse a la mesa y servirles.
Eusebio permaneció en silencio. Dentro de él comenzaba a abrirse una certeza nueva: el amor es lo primero.
No tenía palabras con que responder e interiormente comprendía que lo que le había dicho aquella persona tenía razón.
Evidentemente, el amor es lo primero, y porque Dios nos ama con un amor infinito y misericordioso, tenemos nosotros esa posibilidad de ser felices eternamente.