| Mc 6, 30-34 |
La tarea era ingente, pero Eusebio se bastaba para realizarla. Presumía de su gran capacidad para abarcar muchas cosas y se lucía ante los más débiles y necesitados de ayuda.
Cuando muchos necesitaban descansar, él eludía el reposo y continuaba exhibiéndose, cargando incluso con el trabajo de los demás. Era, sin duda, un buen gesto y muchos se lo agradecían; pero, en el fondo, se escondía una sutil intención de lucimiento.
A la hora de compartir con sus amigos, alardeaba de sus fuerzas y de que no necesitaba detenerse a relajarse o descansar. Su fortaleza —decía— era suficiente para afrontar toda la tarea que le pusieran delante.
Nada ni nadie lograba convencerlo de que el descanso, no solo físico, sino también mental, era necesario, aunque no se advirtiera su urgencia. Incluso algunas voces cercanas intentaban prevenirlo, sin éxito.
Un día, cuando se sentía especialmente pletórico, se encontró con una gran algarabía. Una parte del lado oeste de la ciudad se había inundado y muchos ciudadanos —sobre todo mujeres de cierta edad— tenían serias dificultades para pasar al lado este.
Eusebio se lanzó a la acción y, sin pensarlo, se entregó a la faena. Ayudaba a trasladar a unas y otras personas de un lado a otro, sin concederse pausa alguna. De pronto comenzó a sentir la fatiga; sus fuerzas flaquearon y el cuerpo ya no respondía como antes. Alguien que lo advirtió corrió a su lado, lo sostuvo en pie y, ayudándolo, lo retiró a un lugar donde pudiera descansar.
El rostro de Eusebio, que tantas veces había reflejado orgullo por su fortaleza, se tornó rojo. Él, que tanto se había jactado de su capacidad, ahora estaba rendido y débil, necesitado de ayuda.
Alguien que lo vio abatido se le acercó despacio y, con tono sereno, le dijo:
—Amigo, no se disguste ni se deprima. Todos necesitamos descansar, detenernos para reponer fuerzas, relajarnos y caer en la cuenta de que somos simples criaturas, y que nuestras capacidades y energías nos han sido regaladas.
Sacando una pequeña Biblia de su agenda, leyó el Evangelio de Mc 6, 30-34:
«En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Vengan ustedes a solas a un lugar desierto a descansar un poco”».
Al terminar la lectura, añadió:
—Y a Él, a nuestro Padre Dios, debemos dar gracias. Sin Él nada podemos.
El rostro de Eusebio fue recobrando poco a poco su color natural. Hizo falta pasar por la experiencia de la debilidad para comprender que nuestras fuerzas vienen de Dios, y que a Él debemos entregarlas, también cuando necesitamos detenernos.
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