| Mc 2, 13-17 |
A pesar de las apariencias, y aunque todos lo tenían por una buena persona, Félix sabía que estaba engañando a quienes se relacionaban con él. Sin embargo, disimulaba bien su verdadera personalidad soberbia y egoísta.
A veces solía pasar largo tiempo mirándose al espejo. Su bien parecido y su esbelta figura le ayudaban a caer bien entre los demás. Su postín y su carácter escondido le permitían parecer lo que realmente no era.
Se disponía a dar un paseo cuando, antes de salir, repasó su apariencia bien cuidada, asegurándose de que toda su figura cumplía con su representación de persona de bien. Eso le importaba hasta el extremo de cuidar hasta el más mínimo detalle.
Su elegancia al ritmo de sus cuidados pasos llamaba la atención por donde pasaba. Muchos le saludaban con cierta reverencia y admiración, lo que le llenaba de satisfacción y gozo.
Al pasar por un lugar, le llamó la atención lo concurrido que estaba. Incluso le molestó que su figura pasara desapercibida y que todos le ignoraran. Eso le enfadó y detuvo sus modélicos pasos.
Giró su cabeza hacia la concurrencia y, acercándose, descubrió que un grupo de personas debatía sobre la personalidad y autenticidad.
—Hay muchos —llevaba la voz cantante Pedro— que esconden sus mentiras bajo la apariencia de revestirlas de verdad. Prometen, hablan para luego dejar todo en palabras incumplidas.
—No descarto que eso suceda —respondió Fernando, uno de los tertulianos que debatía—, pero también hay muchos otros que viven lo que hablan y, aunque en algunos momentos fallan, no se esconden ni pretenden aparentar. Es más, reconocen sus fallos y procuran corregirse.
La mayoría de las personas que escuchaban atentamente irrumpieron con aplausos y aclamaciones que expresaban estar de acuerdo.
—Es posible —añadió Pedro—; sin embargo, son más los que no reconocen sus fallos e incluso tratan de imponerlos a los demás. Y con su obrar empeoran la vida de los demás.
Aquella réplica había dejado en el ambiente una atmósfera de incertidumbre y un pesimismo que entristecían a los allí congregados.
Fue entonces cuando se levantó Manuel, que como siempre mediaba en las tertulias. Llamó la atención de los tertulianos y, con cara compasiva y una suave sonrisa, dijo:
—«No he venido a llamar justos, sino a pecadores», dijo Jesús en el evangelio de Marcos 2, 13-17. Y esto me consuela tanto, porque creo que Jesús ha venido por mí.
Hizo una pausa, miró a ambos tertulianos y, dando un rodeo con sus ojos a todos los que estaban presentes, entre ellos Félix, concluyó:
—¡Claro!, desde el momento en que me excluyo considerándome justo y no pecador, le impido a Jesús su perdón misericordioso.
Hizo una pausa. Esperó a que todos estuvieran atentos y se hiciera silencio. Entonces dijo:
—Sería conveniente reconocer que todos somos pecadores, estamos manchados por el pecado original y necesitamos la misericordia que nos regala y ofrece el Señor.
Aquellas palabras resonaron como una sacudida en el corazón de Félix. Sintió que él era ese pecador que no reconocía su pecado. Por primera vez se vio a sí mismo sin disfraces.